
En 1511 salió impreso por primera vez Stultitiae Laus, el Elogio de la locura, de Erasmo de Róterdam. Esta obra fue enormemente influyente en la literatura occidental. Mordaz, crítica y acorde a los usos del Renacimiento, narra el nacimiento de la diosa Locura (a veces traducida como necedad) de los dioses Pluto y Hebe. Da cuenta de sus acompañantes: la Adulación, el Amor Propio, la Demencia, la Pereza, la Molicie, el Olvido y la Voluptuosidad. La propia diosa es la que canta sus alabanzas, habla de los niños y del matrimonio, de la amistad y de cómo solo gracias a la locura cualquier vínculo humano se puede hacer soportable (sin poder negársele la razón por lo vehemente de sus argumentos). Pero algunos de los pasajes más interesantes de la obra son los dedicados a reyes, príncipes y obispos, de cuya molicie hace una crítica descarnada.
Cuenta Erasmo que los príncipes y los reyes adoran la locura pues, de hacerse un juicio acertado de las cargas que deben soportar, su vida solo podría ser triste y desgraciada. Ser soberano implica trabajar noche y día por el bien común, no apartarse de las leyes, conocer la integridad de sus administradores, recordar que todos le miran y que el soberano puede, por sus costumbres, influir útilmente en los otros. De ser príncipes juiciosos, no podrían ni conciliar el sueño ni comer a gusto en sus banquetes. Ahora, gracias a que en el fondo son presos de la locura, dejan todo en manos del destino y de sus consejeros. Los reyes solo escuchan a quien les cuenta lo que desean oír, dedicados a la pereza, a mirar por su placer, siendo hostiles al saber, contrarios a la libertad y la verdad y buscando nada más que su propio provecho. Todos sus ornatos, sus coronas, cetros y púrpura son casi una parodia de lo que son los poderosos en realidad.
Otro tanto dice de los cardenales y obispos. Regresado recientemente de Roma, Erasmo está totalmente desencantado con el libertinaje que se ha apropiado de la Iglesia católica, y sus escritos, de hecho, abrirían hasta cierto punto el camino a la Reforma protestante. Hace tiempo, dice, que papas y obispos imitan a reyes y sátrapas. Los pastores se alimentan bien y el rebaño lo dejan en manos de Cristo, olvidando lo que significa obispo: «vigilancia». Ven borrosa la doctrina, aunque a la hora de ir a la caza del dinero no se les embota la vista. Los papas dicen ser los vicarios de Cristo, pero si imitaran su pobreza y sus enseñanzas, dice la diosa Locura, solo podrían ser desdichados. Muchas ventajas perderían de hacerlo, pasando sin remedio de la riqueza al ayuno, los siervos a la vigilia y el estudio. Pues, además, para proteger sus ventajas se alzan en armas y trafican con las leyes de Cristo, recurriendo a la sangre tantas veces haga falta para asegurar sus señoríos.
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Bernardo Provenzano decía que era mejor que el sexo, la sensación más suprema que se podía experimentar. Decidir sobre el destino de las cosas, de las personas, incluso de la historia, era lo más parecido a sentirse una deidad.
Algo debe de tener para que una persona renuncie a todo y se pase más de la mitad de su vida escondido en un remoto cabucho de la montaña, como precio a pagar para poder seguir ejerciéndolo.
La verdad es que, además de adictivo, tiene que ser perjudicial como la heroína o la radiación nuclear.
La gente que padece enfermedades mentales ya tienen bastante con lo suyo como para que encima se les compare a los ambiciosos de poder de los que aquí se habla. Es cierto que algunas enfermedades mentales provocan una desconexión con la realidad similar a la que padece quienes ambicionan y ejercen el poder de forma desmedida; pero los adictos al poder no tienen por qué ser locos, mas bien no lo son: son personas normales, de escasa empatía y egoísmo exacerbado. Características que raramente aparecen en el enfermo mental, exceptuando el sociópata, y son más comunes en la población definida como normal.
Por otra parte echo de menos en el artículo alguna mención a la actualidad nacional, puesto que lo último que hemos sabido de nuestro ex-soberano le hace encajar perfectamente en la ignominiosa lista de sátrapas mencionada, ya que ¿no hay que estar como una regadera para gastarse decenas de millones de euros en una meretriz, mientras millones de súbditos vivían una crisis terrible que les dejaba incluso sin techos?
Al margen de estas cuestiones que son fruto del escaso entendimiento que la cuarentena no se ha llevado de mi cerebro, y por lo mismo tal vez sean irrelevantes o absurdas, enhorabuena por un artículo que tanto contribuye a conocer el funcionamiento de los poderosos.
Yo creo que sería interesante diferenciar entre enfermedad mental y trastorno de la personalidad…
La psicopatía y el narcisismo son trastornos, no enfermedades mentales. De ahí que los políticos, que todos padecen dichos trastornos en mayor o menor medida, no me dan ninguna pena. Distinguen el bien y el mal claramente y solo sirven a sus intereses…
Dándole más vueltas al tema, sí que creo que mentir reiteradamente produce efectos negativos en nuestra mente. Y esto es algo que practican con demasiada asiduidad nuestros dirigentes.
Por ejemplo, cuando un mandatario dice en su discurso anual que hay que apretarse el cinturón por la crisis, mientras se está embolsado jugosas comisiones o cuando nos manifiesta que todos somos iguales ante la ley mientras él se aprovecha de su inviolabilidad, tiene que haber algo que rechine dentro de su mente. Si se hace solo una vez, pues quizá no pase nada, pero si se perpetúa en el tiempo, se debe convertir en algo patológico y pernicioso.
Por mucho que se diga a sí mismo que todo está controlado, me suena al cinismo ese del «me estoy quitando, solamente lo pruebo en vez en cuando».
La locura suele ser, también, el mejor modo de que una persona expuesta a la luz pública pueda conservar su intimidad.
Heidegger estaba harto no sólo de que se le recordase su filiación con los nazis, sino harto en general de la intromisión del público y, en particular, de los profesores de filosofía, que querían siempre de hacerse una foto con él para, posteriormente tratar de intimar. Y él terminó harto de extraños. Así que cuando algún profesor insistente daba la tabarra tratando de conectar, podía llegar un punto en que aceptaba reunirse con el insistente. Heidegger convocaba al pesado a dar un paseo a su lado por la Selva Negra. Y mientras el invitado trataba de preguntar, hacerse el simpático, etc., el filósofo le animaba a callarse y caminar a su lado. Tras andar un rato, de pronto, Heidegger se paraba, ponía los ojos en blanco, miraba a los cielos y gritaba enérgicamente «¡El Ser es!». Andaban otro trecho, se paraba y voceaba agitando los brazos: «¡¡¡La nada a-no-na-da!!!». Un paseo de media hora discurría de este modo. El invitado quedaba aterrado por la conducta del filósofo, salía pitando y Heidegger volvía a disfrutar de su vida privada.