“No sé con qué armas se luchará en la Tercera Guerra Mundial, pero en la cuarta se combatirá con palos y piedras”
La cita de Albert Einstein resume bien lo que se esperaba, o aún se espera, en caso de una conflagración atómica generalizada: el fin de la civilización humana tal y como la entendemos hoy. Un asunto lo suficientemente impactante para convertirse en un poderoso motivo de la ficción cinematográfica. Sin embargo, no han abundado las películas que tratasen directamente el tema de un holocausto nuclear y sus consecuencias. Quizá porque los productores lo han considerado demasiado escabroso y deprimente, ya que una guerra atómica no es la clase de desastre del que los héroes de la película pueden salir bien parados gracias a su astucia, su valentía o el amor que sienten unos por otros. El Apocalipsis nuclear es una historia que nunca puede terminar bien, nunca hará que el espectador salga feliz de una proyección porque en una historia así nadie gana nunca, y ello ha hecho que las aproximaciones del séptimo arte —o de su hermana pequeña, la televisión— a este tipo de contenidos hayan sido relativamente escasas. Aunque, eso sí, algunas han sido verdaderamente remarcables.
Nuestro planeta ya ha vivido dos holocaustos atómicos locales: los de Hiroshima y Nagasaki en 1945. Pero tras la Segunda Guerra Mundial el cine apenas se ocupó de ellos. En el bando ganador, los estadounidenses preferían no darle vueltas a la atrocidad que había cometido su gobierno soltando aquellas dos bombas sobre población civil inocente. Los soviéticos, por su parte, no habían tenido responsabilidad directa en los bombardeos pero habían sido aliados —y cómplices— de los EEUU en el momento de las explosiones atómicas. Aquello no era algo que los rusos pudiesen usar como arma propagandística contra sus ahora enemigos americanos, y menos aún porque mientras construían su propio arsenal para el fin del mundo. En el bando perdedor, los japoneses parecían haber procesado el trauma como parte de la humillación global de su país y su cultura, con esa extraña mezcla entre contención y culpa con la que asumieron su total derrota y las calamidades asociadas a ella. Además, en la posguerra los nipones estaban todavía bajo la tutela directa de los vencedores, así que difícilmente podían expresar en voz alta (léase cine) una abierta hostilidad hacia el país que había convertido dos de sus ciudades en un infierno. De todos modos, muchas otras ciudades del mundo habían sido bombardeadas y millones de personas habían muerto de diversas formas atroces durante la guerra. Una muerte es una muerte. Aquellas dos bombas y sus decenas de miles de víctimas directa fueron un asunto sobre el que se pasó página rápidamente.
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Sensacional repaso del cine y TV acerca de este devastador y escalofriante tema. Siempre el cine es una ayuda magnífica para reflexionar hasta de los temas más escabrosos para el ser humano, como es el caso de este texto.
Gracias al autor.
Nucelar.
Se dice nu-ce-lar.
«¡E-ner-gí-a-nu-cle-aar!»
Absolutamente genial.
Los que vimos en la infancia estos títulos tenemos como apuntas imágenes marcadas a fuego en la memoria, el hombre menguante, el vaquero cayendo montado sobre la bomba de Dr.StrangeLove..
En los 80 el miedo atómico y radiactivo se podía masticar. Paralelamente creció por contraste un gran sentimiento de amor por nuestro planeta y la vida, con aquellas imágenes de la lancha de greenpeace volteada por los bidones de resíduos nucleares.. y la conciencia ecológica que vino después.
Especialmente emotiva «Cuando el viento sopla», muy memorable también, con aquellos sintetizadores de Génesis.
Gran post. Enhorabuena.
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Excelente artículo. Gracias por compartir
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