
Peccato. Así, sin nada más. Peccato es una de las interjecciones más habituales en el día a día de Italia. Es un «qué pena», un «vaya por Dios», un «ay, no». La palabra junto a otras atrae irremediablemente las lenguas de los italianos, que se enredan en torno a ella independientemente del tema que se esté tratando en ese momento. En el último siglo, su uso escrito en libros se ha duplicado. Sea de manera seria, irónica, cuestionable, humorística o meramente religiosa, el pecado es un concepto omnipresente en la vida del país.
La política no es una excepción.
El Vaticano está en el corazón de Italia. No solo el geográfico. El país mantiene una, digamos, intensa relación con la Iglesia católica. Posiblemente sea la más intensa de cuantos países constituyen el llamado mundo occidental. El porcentaje de católicos practicantes se mantiene por encima del resto de naciones de su entorno. El matrimonio homosexual no es un asunto tabú, pero sí muy difícil de tratar, siendo elevada la proporción de personas que lo consideran moralmente cuestionable. Estamos hablando de un lugar que, pese a tener una de las democracias más antiguas de Europa, no abolió los crímenes de honor hasta 1981. Efectivamente, antes de ese año el hecho de asesinar a tu mujer porque te había sido infiel, o a tu hermana por haber tenido relaciones prematrimoniales, podía proporcionarte una rebaja en la pena decidida por el juez de turno. La ley italiana establecía una suerte de jerarquía de pecados sancionada por la Iglesia: matar lo era menos si la lujuria (de la mujer, ¡claro!) estaba implicada y el honor se veía atacado.
Históricamente, la Iglesia ha correspondido a aquellos gobernantes que han protegido tal poder en Italia. Esta cobertura ha llegado incluso a ayudar a tapar ciertos pecados, de aquellos que cuentan con posiciones elevadas en la jerarquía antes mencionada. Pese a sus inicios socialistas, a su carácter polemista con respecto a la existencia de Dios, Benito Mussolini comprendió bien que el fascismo no podía ser un sustituto completo a la religión católica. Así que acogió a la Iglesia en su seno. O se dejó acoger por ella. Lo mismo es. El resultado queda plasmado en la famosa frase del dictador: «Pregare, se non aiuta certamente non nuoce». Rezar, si bien no ayuda, ciertamente no hace daño. Tampoco hacía daño reconocer al Vaticano y establecer, por primera vez desde que Garibaldi forjó la República, relaciones entre Roma y la Santa Sede. Fue en febrero de 1929, en los Pactos de Letrán. El tratado central fundaba de facto el Estado de la Ciudad del Vaticano, definía a la Iglesia como «fondamento e coronamento dell’istruzione» educativa y en cuestiones de derecho de familia, entre otros aspectos que, en fin, convertían la República en un Estado confesional. La jerarquía eclesiástica proporcionaba, a cambio, legitimidad a la dictadura. En maneras más o menos conocidas. En la segunda categoría se encontraba un ejercicio que podríamos tildar de hipocresía posibilista. Las instituciones sociales de la Iglesia se encargaron de custodiar y de apartar de la opinión pública a Ida Dalser, amante de Mussolini en su época socialista, casada después con el dictador, y madre de su primogénito, de nombre Benito Albino. A este, una vez arrancado de la custodia de su progenitora, también se le internó en un centro religioso. Ambos, Ida y Benito, morirían en cautividad antes de que cayese el fascismo.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






¿Sabe el autor que Italia no fue una república hasta 1946? Una cagada tan garrafal desmerece totalmente el artículo y hace plantearse si hay siquiera algún tipo de revisión por parte del autor.
Muy fuerte
‘Sactamente. Italia, con la unificación, el Risorgimento, el fascismo, etecé, etecé, fue una monarquía hasta el referendum de 1946.
FUE UNA MONARQUÍA. Como la Alemania también unificada en el (es un decir) mismo año «Fetiche»: 1870
Antes que Berlusconi, estuvo Perón. Dos precursores del populismo, cada uno en su época y en su estilo, que nunca llegaron a imaginar el éxito de muchos políticos populistas como los que padecemos, y padeceremos, en estos tristes tiempos. Es la hora de los energúmenos, de los cínicos que encontrarán quienes les voten.