
He llegado muy lejos en el dolor. (Miguel Indurain)
Derrengado y vacío, Eddy Merckx fue tajante cuando se bajó de la bicicleta y recuperó el aliento: «Nunca más voy a intentarlo de nuevo». Parecía que no había conseguido su objetivo, pero sí lo hizo. El 25 de octubre de 1972, Merckx batió el récord de la hora del colombiano Martín Emilio Cochise Rodríguez por un margen de casi dos kilómetros. Por entonces, el Caníbal tenía veintisiete años y ya había ganado la friolera de cuatro Tours, tres Giros y dos Mundiales, entre otras muchas conquistas. Tal palmarés y tan dilatada experiencia no le libró de sufrir la mayor tortura de su vida deportiva aquella mañana en el velódromo de Ciudad de México. La culpa fue de la especialidad del récord de la hora.
La disciplina no es demasiado conocida y, explicada, parece tosca y simplona. Consiste en dar vueltas en una pista cerrada para recorrer la máxima distancia posible en una hora. El primer récord perteneció al francés Henri Desgrange (a la sazón, precursor del Tour de Francia) y estuvo situado en 35 kilómetros y 325 metros. Aquello fue prontísimo, en 1893. Cuarenta años después, la marca ya iba por los 45 kilómetros, y corredores de relumbrón terminaron apostando por la especialidad. Fausto Coppi lo batió en Milán en 1942 prácticamente entre bombazos de los Aliados y el quíntuple campeón del Tour Jacques Anquetil lo mejoró en 1956 cuando aún ni siquiera se había estrenado en la ronda gala. Merckx puso el récord al filo de los 50 kilómetros y ya en los años ochenta fue el italiano Francesco Moser (ya con cierta vanguardia tecnológica y médica a sus espaldas) quien tomó el testigo del belga. El interés por la especialidad se apagó desde entonces. Grandes figuras como Hinault, Fignon, Lemond y Perico Delgado declinaron enfrentarse al potro de tortura del velódromo y sus sesenta minutos. Serían, en los años noventa, dos británicos un tanto antagónicos quienes relanzaron la especialidad hasta un nivel de interés social y deportivo inéditos. Uno de ellos lo hizo de una manera absolutamente absurda y singular. Se llamaba Graeme Obree.
Lavadoras y mermelada
Imagina a un fanático de las bicis. Las conoce al detalle y es capaz de montarlas y desmontarlas, de cambiar cualquiera de sus componentes. Es capaz de idear diferentes apaños e incluso innovaciones, pensar en nuevas formas de construirlas, con manillares del revés, cuadros incompletos, sillines más pequeños, tubulares más estrechos o incluso posturas diferentes para montar. Ahora imagina que, además, esa persona es capaz de dar tantos pedales como los profesionales, con una capacidad de resistencia propia de un maníaco, una mentalidad a prueba de cualquier dolor, cualquier dificultad, cualquier desventaja. Imagina, por último, que a ese aficionado se le ocurre desempolvar el vetusto y mítico récord de la hora y se plantea batirlo… a su manera; con una revolucionaria y extraña bicicleta ideada por él mismo que iba a comprometer las convenciones de la Unión Ciclista Internacional (UCI). Salvando las distancias, fue como asaltar el Tour de Francia viniendo de la Vuelta a Burgos con una mountain bike. Quizá sea un símil exagerado, pero nuestro protagonista era, literalmente, un freak salido de ninguna parte.
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Magnífico artículo
Hay una peli que hace Sick boy el de Trainspotting…The flying scotchman o algo asi
Desconocía la «epopeya» de este señor, supongo que el ciclismo actual le debe mucho a su «locura visionaria», magnífico artículo.