Pedro Delgado, ‘Le fou des Pyrénées’

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Pedro Delgado, 2006. Fotografía: Carlos de Andrés / Getty.

La televisión lo enfoca. Desde atrás. El joven (bicicleta roja, maillot azul y blanco) pedalea con todas sus fuerzas, barbilla pegada al manillar, piernas que giran sin encontrar apenas resistencia. Entonces deja de hacerlo, las detiene, pone los pies paralelos al suelo, alza el culo del sillín, adelanta todo el peso de su cuerpo sobre la rueda delantera. La moto sube la velocidad, se pone a su altura, muestran las lentes el costado izquierdo del cuerpo. Los comentaristas franceses dejan escapar risitas nerviosas. Asustados. Parece un pistard, dice uno. Mírenlo, miren a Pedro Delgado.

Es un loco.

El Loco de los Pirineos.

Qué frío hacía antes…

Pero dónde vas, si aquello es la guerra, quedaréis en ridículo, hazme caso a mí… En serio, mejor estate tranquilo acá, con nuestra Vuelta, nuestras ronditas de cinco etapas, y deja el Tour para los franceses, o los belgas, o los italianos. Ya, si todo va bien, en unos años podemos pensar en volver. Pero ¿ahora? Que ya no está Ocaña, ya se retiró. Y Fuente también. ¿Tienes tú un Ocaña, un Fuente? No, ¿verdad? Pues eso. No intentes imposibles porque te vas a dar una buena hostia, José Miguel.

Solo que José Miguel, José Miguel Echavarri, no piensa así. Él, que fue un mal ciclista profesional, llegó a compartir equipo con Jacques Anquetil. Y tomó del normando (y de su director Raphaël Géminiani) dos o tres lecciones claras. Guardar fuerzas, intentar pocos golpes pero contundentes. Y, sobre todo, seleccionar las pruebas. Hay carreras que valen más que otras. Merece la pena correr el riesgo. Además, lo de tener un Ocaña o un Fuente… bueno, mejor guardo silencio.

Reynolds es equipo joven, como jóvenes son su mandamás y sus ciclistas más importantes. Nació en 1980 y vivió un par de años de lo que pudieran hacer el uruguayo Héctor Raúl Rondán o José Luis Laguía, rapiñador de puntos en puertos de tercera. Dos primaveras más tarde ya era un conjunto potente, uno capaz de conquistar la Vuelta a España con Ángel Arroyo. Solo que esa victoria no sigue en su palmarés. Arroyo da positivo en la etapa 17, final en Navacerrada. En realidad, fallan en ese control los tres ciclistas que llegan a meta en cabeza (Vicente Belda, Pedro Muñoz y el abulense). Lejarreta, primero de entre los que no pasaron el test, fue declarado como vencedor en la cima de Guadarrama y, más tarde, en Madrid. Cuentan que si usaron un método novedoso en el antidopaje aquel mes de mayo, probándolo de cara al inminente Mundial de Fútbol de España. Ya ven, la realidad siempre supera a la ficción.

Así que acudir al Tour era poco menos que una locura. Ni tenían calidad suficiente ni estaba el ciclismo español como para lanzar vítores. Desde 1979, solo Alberto Fernández había logrado entrar entre los diez primeros en París. La última etapa se había ganado en 1977. José Nazabal, en Vitoria, patria histórica de aquel KAS que estaba dando sus últimos coletazos. Después, nada. Coletazos, actuaciones individuales de mérito (pocas), desaparición general. Qué vas a hacer en el Tour, José Miguel, qué pintas tú allí. Quédate en casa, creciendo poco a poco.

Y él sonreía, mefistofélico. Igual un Fuente o un Ocaña no, pero tengo algo parecido. Entre manos. Un chaval, apenas un crío. Segoviano, pelo rizado, mirada triste, sonrisa tímida y fácil. Callado, pero con genio. A José Miguel lo tiene enamorado. Puede ganarlo, puede ganar el Tour.

¿Por qué no ir a correrlo?

El cambio de una era

Fue el de 1983 un Tour de Francia anómalo. Sin favorito claro, con los viejos campeones lesionados (Bernard Hinault) o… bueno, demasiado viejos (Zoetemelk y Van Impe). Con jóvenes promesas que quieren comerse el mundo y acaban convertidos en juguetes rotos (Van der Velde). Con incógnitas aquí y allá (Kelly, Simon). Sorpresas que surgirán (un chico con gafitas, parisino, pinta de intelectual). Y apariciones estelares. De esas que llegan no se sabe muy bien desde dónde. Los españoles ya lo vimos. Y ellos. Sobre todo, ellos.

Antes de 1983 los colombianos eran desconocidos en Europa. Sí, hasta tres habían llegado a ser profesionales. Se llamaban Giovanni Jiménez, «Cochise» Rodríguez, Rafael Antonio Niño. Pero nada más. Exotismo, historias de realismo mágico, de ciclistas que vienen allende los mares, que cuentan cuentos de una Vuelta ciclópea donde suben puertos de 80 kilómetros, donde pasan quebradas de fango y limo bicicleta al hombro. Apenas pintoresquismo. 

Pero para ese año querían hacer algo más. Mandar a un conjunto propio, una selección natural. Al Tour, al Tour de Francia. Era la intención de Miguel Ángel Bermúdez, el tipo que manejaba los hilos del ciclismo en Colombia. Hemos destacado en el Tour del Porvenir, déjennos ir al grande. Aunque seamos amateurs. Le prometo que no se van a arrepentir. Y ocurre. Jacques Goddet, viejecito venerable que lleva dirigiendo la prueba desde que los americanos desembarcaron en Normandía, aprueba que se dispute en formato «open». Él desea, sobre todo, a los soviéticos. Pero le llega algo aún mejor.

Escarabajos.

(Lo del «escarabajo» para definir a los ciclistas cafeteros viene de una equivocación entre ese insecto y el saltamontes, bichejo al que, según el periodista Jorge Enrique Buitrago, se asemejaba el desempeño de Ramón Hoyos sobre una bicicleta. El reportero trastabilló y Hoyos, campeón en los años cincuenta, quedó enmarcado para siempre como el escarabajo de la montaña. Luego a Hoyos lo entrevistó Gabriel García Márquez, y más tarde lo pintó Fernando Botero. Hat trick, supongo.)

El caso es que aquellos tipos se sumaron al pelotón francés. Pequeñajos, morenos, rostro asustado. Los primeros días son un infierno. Les multan por mear donde no pueden (hombre, tápense un poco), cada vez que hay una caída sus compañeros echan las culpas al nuevo (putain, neuken, cazzo, fuck… lo escuchan en todos los idiomas), sufren como perros en el pavé («ese día tuvieron que darme la cena como a los niños porque no podía sostener los cubiertos», dijo Patrocinio Jiménez). Una pesadilla. Qué hacemos aquí, dígame usted qué hacemos aquí.

Pero todo cambia, claro, en la décima etapa. La que llega a Bagnères-de-Luchon. Es 11 de julio, año 1983. La explosión de toda una época.

Kelly va líder, pero nadie parece confiar en el irlandés taciturno. Duro, durísimo, más que ningún otro… pero para arriba siempre termina desarbolado. Y aquella es la jornada clásica de los Pirineos. La de toda la vida, la de Lapize, Coppi, Bahamontes, Merckx. Repitan los puertos como si fueran la alineación de su escuadra preferida: Aubisque, Tourmalet, Aspin, Peyresourde. Con calor, con miles de personas en las cunetas. Un tiempo pasado, un tiempo por venir.

Que llega, claro, en el sitio más icónico, en el más representativo. Saliendo de Esterre, cuando la carretera mira decidida al cielo, salta Patrocinio Jiménez. Al que llaman el Viejo Patro. Faltan dieciocho kilómetros para la cima del Tourmalet. La historia de los escarabajos en el Tour empieza. Jiménez acaba hollando en primer lugar la cima del puerto venerable. Nadie puede explicarse cómo aquellos desconocidos, aquellos tipos venidos directamente de la nada, son capaces de tales proezas.

Y por detrás… la locura. Ciclistas que entierran toda su carrera deportiva. Otros que empiezan a asomar, orgullosos. Fignon al ataque, Pedro Delgado al ataque, Pascal Simon al ataque. Luego un reguero. Olviden grupos, pelotones y zarandajas. Todos van de uno en uno, intentando, las más de las veces, sencillamente sobrevivir a aquel mediodía infame. El tablero está cambiando, y hay nuevos jugadores.

Robert Millar pedalea junto a Patrocinio Jiménez un puñado de kilómetros más tarde, casi en la cima del Peyresourde. El último puerto del día. Allí, cuando la cima está a la vista, ataca con fuerza, hace girar sus bielas como si estuvieran poseídas. El colombiano no puede reaccionar, pierde solo unas bicis, lo ve alejarse al llegar el descenso. Más hábil, más experto. Ha perdido su oportunidad. Jamás tendrá Patrocinio otra igual. 

Cerca del escarabajo, a treinta segundos de Robert Millar, corona su némesis. Pedro Delgado. En aquel entonces aún no lo saben, pero la rivalidad entre escocés y segoviano recorrerá, como río subterráneo, una década de ciclismo. Del Peyresourde a Isola 2000, pasando por Superbagnères o Guadarrama. A veces casi sin darse cuenta. Pero ocurre.

Aquel día, el primero de todos los que fueron, Perico se da cuenta de que tiene todo perdido. La bajada del puerto es una enorme recta, sin apenas virajes donde recortar tiempo. Imposible morder treinta segundos al otro escalador. Así que decide arriesgarlo todo. «Me acordé de una postura aerodinámica que le había visto años atrás a un soviético». Fue en 1979, en el Tour de l’Avenir. Doce meses más tarde esa misma prueba corona a Alfonso Flórez. Colombiano. Círculos que se cierran.

Así que Pedro se vuelca sobre su manillar, buscando el imposible. Estampa perfecta para cámaras y recuerdos. Todos asustados. Un bache, un poco de brea derretida, y el desenlace será trágico. Son solo unos instantes, pero ya está en la memoria común de los años ochenta. 

Le fou des Pyrénées

Ah, en la etapa gana finalmente Robert Millar. Solo seis segundos. Pedro se quedó con la miel en los labios. De su estampa en aquella bajada se hicieron pegatinas, vinilos, estampaciones en maillots y culotes, pantalones, camisetas, portadas de revistas y libros.

Muchas veces ganar es, como dijo el maestro, cosa de horteras.

De París a la eternidad

Luego… pues casi un extracto perfecto de lo que fue siempre la carrera de Pedro Delgado. El doblete en Puy de Dôme, cronoescalada. Allí dos ciclistas del Reynolds (pero dónde vas, qué puedes hacer en el Tour) son primero y segundo en otra cima legendaria, la de Anquetil y Poulidor. Ganó Ángel Arroyo; sí, sí, el mismo de Navacerrada. Ah, el tercero fue Patrocinio Jiménez, y el sexto Edgar Corredor. Vamos, que aquello fue una fiesta de esos tipos que hablan castellano (unos con repique cerrado de la meseta, los de más allá con regusto dulzón y danzarín) y con los que nadie contaba. La locura. 

Ascenso y caída, elementos impensables, sorpresas en lo bueno y en lo malo. Ya lo dijimos, este Tour es compendio perfecto de lo que regalaba y arrebataba Perico Delgado durante los años ochenta. Alegrías que no se esperan, decepciones cuando todo está amarrado. El loco, otra vez. 

Después de Alpe d’Huez el segoviano llega a ponerse segundo en la general. Apenas un minuto por detrás de Laurent Fignon, líder. Accesible, el otro también es inexperto, también es joven, también puede verse asomado al abismo y acojonarse cuando el abismo le devuelva la mirada. Esas cosas. A por él, tararíííííí…

Y luego… nada. Chof. Agua. Salida en falso, fracaso, air ball. Él es así, y así tenemos que quererlo. Con sus desfallecimientos, con sus defectos que lo hacen humano, muy lejos de esas máquinas perfectas e inabordables que aparecieron una década más tarde. Jornada con final en Morzine, 250 kilómetros, ascensos a Glandon, Madeleine, Aravis, Colombière y Joux-Plane. Nada menos. Pedro está fuerte, decidido a atacar en los últimos puertos. Subiendo Glandon bebe una especie de batido energético que su equipo ha llevado desde España. Una papilla, vaya, de esas que tan famosas hizo cierto preparador de fútbol hace unos años. La cosa es que el frigorífico del autobús estaba roto (los frigoríficos se rompían un montón en las carreras de los ochenta) y los batidos se habían podrido (los batidos se pudrían un montón en el ciclismo de los ochenta). Delgado que sufre una indigestión, que se tira todo el día vomitando. Pierde veinte minutos y todas sus esperanzas de subir al pódium de París. Allí, al final, estará Ángel Arroyo. Sí, el del Puy de Dôme. Y el de Navacerrada, también…

«Me ha gustado el Tour, he visto que algún día podré ganarlo». Suena a locura, claro, pero no tanto como tres semanas antes. Pedro Delgado había conocido, en aquella canícula que devoró hombres y nombres, al amor de su vida. Y, sobre todo, había dejado una estampa inolvidable.

La de un ciclista bajando por los Pirineos. Apenas fogonazo de color. Rojo, azul y blanco sobre fondo verde. Volcado encima de su bici. Jugándose la vida.

Le fou.

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14 Comentarios

  1. Muy acertado el artículo, en tiempos en que ya no quedan figuras de ciclistas héroes ni mucho menos súper héroes. Las gestas personales cargadas de cabeza y sustancias, han dado paso a estrategias que llenan de aburrimiento las tardes de ciclismo.

  2. Buen artículo,recuerdo que Perico se empezó a popularizar precisamente por esa bajada tan poco ortodoxa y arriesgada.
    Con seguridad fue el ciclista con las carisma del ciclismo español por ese estilo tan vivo
    Años después fue chava Jiménez pq son los ciclistas que más enganchan

  3. En la TV británica, no se si era la BBC , cuando hablaban de Delgado decían Dope Delgado. Supongo que por el año en que taparon su más que posible dopaje.

  4. A pesar de la siempre presente sombra del dopaje, el ciclismo tiene una épica de la que muy pocos deportes pueden presumir.
    O tenía, mejor dicho, porque lo cierto es que en los últimos años se ha ido perdiendo y creo que se debe sobre todo a las innovaciones electrónicas en este deporte. Me refiero al uso de pinganillos, cuentakilómetros, gepeeses, medidores de pulsaciones, calorías, cadencia…todo esto hace que incluso la etapa de montaña más trepidante se convierta en una anodina etapa llana de esas en las que casi siempre te duermes y despiertas para ver el final.

    Antes los corredores se guiaban por sus sensaciones, por sus impulsos, lo cual aportaba siempre esa incertidumbre de si lo resolvería con épica y victoria o con el más absoluto fracaso si aparecía por allí “el tío del mazo”. Porque el dopaje siempre ha existido y siempre existirá, pero antes al menos nos quedaba esa especie de magia de las grandes etapas.

  5. Esta es una historia de la era a. de A (antes de Armstrog). Hoy tiene poco sentido y no demasiada emoción. A los que vivimos esa época, nos lleva a la nostalgia. Al resto, les deja indiferentes.
    Malos tiempos para la épica son estos. Y no sé si volverán a ser buenos.

  6. Un relato de ficción a propósito de uno de tantos tramposos a quien se debería eliminar el tour mal ganado por el bien del ciclismo.
    Hagamos un pequeño recordatorio. Perico y el probenecid. Indurain y el salbutamol. Armstrong y la EPO, la testosterona y las benzodiacepinas. Merckx y las anfetaminas. Fignon reconoció que era parte del trabajo. Pantani, positivo hasta en cocaína. Jalabert, Belda, Contador, Millar… Allá donde mires, la misma mierda.
    Froome ha sido concluyente: sólo Hinault se libra (que se sepa) de entre los laureados.
    A mí no me lleva la nostalgia. Fui tratado como un estúpido. Y me carga oír a alguno de esos abuelos contar batallas. O leerlas.
    Tomadura de pelo de toda una generación.

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