
Los primeros pasos los dimos en la más absoluta negrura, entumecidos después de dos días de marcha por las montañas. Un mal racionamiento, fruto del agotamiento y del mal de altura, nos había dejado sin provisiones. A esa hora la luz de las linternas apenas dejaba adivinar el contorno de la neblina en la que estábamos inmersos. El rocío de la mañana había convertido el mero hecho de caminar a oscuras en una experiencia difícil, por lo que la comitiva avanzaba con tiento, atenta a cada recodo del camino. Pequeños gruñidos de angustia, excitación e impaciencia interrumpían el constante jadear de los caminantes. Sentíamos que no estábamos solos, como si los Apus, las divinidades locales, nos estuviesen mirando acusadores desde las cumbres cercanas, intentándonos disuadir de continuar por ese camino centenario.
El sol comenzaba a despuntar a lo lejos, al fondo del valle. La alborada dejaba paso a un alba leve cuya intensidad apenas iluminaba nuestras caras desencajadas por el esfuerzo. En ese punto el camino empedrado se tornaba cada vez más regular conforme nos aproximábamos a la cresta de la montaña. Un muro de piedra se erguía a nuestra izquierda, primero tímido y después poderoso, para protegernos de los habituales desprendimientos de la montaña. A la derecha solo había oscuridad y abismo.
Era la época seca, lo que no impedía que los últimos frutos del deshielo se lanzasen montaña abajo, salvajemente primero y disciplinadamente después, controlados por los sistemas de desagüe y canalización del camino y de las terrazas agrícolas. El destino final de sus aguas, el río Urubamba, se adivinaba en lo más profundo del valle, donde el refulgir de sus destellos de plata jalonaba la oscuridad de las primeras horas de la mañana, liviana ya en su retirada.
El camino se hizo progresivamente más empinado. La mochila pesaba, las piernas dolían, los dientes rechinaban. Una sección más espesa de jungla nos cubrió, hurtando la visión del río y sumergiendo al grupo en un silencio ensordecedor en medio de una negrura más densa. Caminamos muy juntos, agarrados, buscando evitar cualquier sorpresa que la oscuridad pudiese esconder. Doscientos metros más adelante el camino se desdibujaba a los pies de una escalera abierta en el muro que nos protegía de la pendiente. Haciendo un último esfuerzo, clavamos las botas y nos aupamos sobre la plataforma de piedra. El paisaje se abrió, majestuoso. El sol de la mañana rielaba sobre las copas de los árboles de las junglas cercanas. Un verdor intenso, desconocido hasta entonces, se filtraba entre las ruinas de ese asentamiento, compuestas por muretes de piedra sin techar que todavía dejaban adivinar estancias seculares, otrora importantes.
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