
Podría buscar mil excusas para ensalzar la figura del escritor italiano Curzio Malaparte, pero yo a ustedes no les voy a engañar.
Este hombre no entró en mi vida por su talento, lo hizo por su apellido.
Yo, de niño, no daba crédito a que, en la biblioteca de mis padres, un autor tuviera un nombre tan chungo. Ma-la-par-te. Y lo que ya me turbó sobremanera, entrada la adolescencia, fue que uno de sus libros se titulase Técnica del golpe de Estado. Me parecía un manual sobre algo malo, malísimo, que sufrían las democracias inocentes y buenas. No me lo podía creer. Qué clase de individuo tenía que ser, me preguntaba, para publicar tal cosa. Así hasta que un día me fijé detenidamente en la portada de su obra maestra, Kaputt, con unos soldados de la Wehrmacht pasándolas canutas, en lugar de aparecer como villanos desafiantes tal y como exigían mis esquemas morales. Eso hizo el resto. Me sedujo la incorrección, que es muy atractiva cuando eres joven, y me lancé a leerle. Qué más añadir… que me lo pasé pipa.
En realidad él no se apellidaba Malaparte. Se puso ese apellido —ya abrazó nuestro querido seudonimato— en sustitución de Suckert, de origen alemán, la nacionalidad de su padre, y en honor a Napoleón. Cuentan que dijo: «Bonaparte ya hubo uno», aunque él siempre se sintió italiano y voluntario que se fue a la Primera Guerra Mundial con diecinueve años. Más adelante, abrazó el fascismo de Mussolini para dar luego un giro muy característico de esas latitudes y convertirse tras la guerra a la causa aliada. No contento con ello, en la posguerra, puede que incluso se pasara de frenada en lo voluble cuando se convirtió en entusiasta de la China de Mao. Tanto, que a la misma China Popular le legó en el testamento su casa de Capri, una joya arquitectónica, en la que Godard rodó El desprecio, pasto del vandalismo durante los años que no pudo ser disfrutada por nadie debido a la impugnación de la herencia que hicieron sus despechados parientes. Imagínenlos: «¿Que se la ha dejado a los chinos, al Gobierno chino?».
De su extravagancia se ha dicho de todo. Que llevaba corsé, que se pintaba las uñas, que se afeitaba las manos, los brazos y el pecho. Que se teñía el pelo y se maquillaba. También que se esforzaba en seducir a las mujeres con el mismo esmero con el que luego no les ponía la mano encima. Decían que era demasiado narcisista, además de muy machista y muy celoso. Nótese el título de su primera obra, escrita a los quince años: La hediondez de las mujeres. Y que nadie osara tocarle los mismísimos. Se batió en duelo más de una docena de veces. En alguna ocasión, solo por una crítica negativa a una de sus obras.
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Leí Kaputt con dieciséis o diecisiete años, en una edición argentina de 1955 que estaba en la biblioteca de mi padre y que ahora tengo yo.
La releí hará cuatro o cinco años. Es cierto que atraviesa la novela esa especie de lirismo macabro, con imágenes magníficas como la cesta de ojos, los caballos helados o los soviéticos como indicadores.
Aunque la imagen que perduró para mí fue la de los soldados soviéticos que han sido separados en analfabetos y letrados y lo que ocurre después.
La Técnica también la tenía en una edición de 1960, de Plaza y Janés, con portada con la imagen de Trotsky y ya deshojada, pero la leería con cuarenta años y hace algún tiempo se la regalé a mi hijo mayor.
De esta recuerdo la definición que daba el mismo Trotsky, «como dar un puñetazo formidable a un paralítico».
Deberían haberte regalado una vasectomía.
Eso, a tu padre, Aaron, así se habría librado de tener que cambiarte los pañales.
Lo que significa que la educación en la época de Franco era muy buena, pues hasta los tontos estaban alfabetizados.
Yo no sé en su familia, o sea, la familia de la hieródula que lo crió, pero en la mía estaban alfebetizados varias generaciones antes de que llegara Franquito.
Por lo demás, [Prohibido insultos]
Agustín de Foxá también aparece en un gran relato de Malaparte, «El traidor».
Líquido sobreenfriado y perros de Pavlov (tal vez algunos perros de la España rural hubieran preferido ser perros de Pavlov).
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