
Serendipia nº. 1: «Northern Sky», Nick Drake
La obra procede del interior de un paisaje de J. M. William Turner, de un cielo británico compuesto de colores extraños e inquietudes difusas. En el piano, la celesta y el órgano, John Cale va escoltando el recorrido de una voz que ruega que le iluminen su propio cielo del norte. La primera vez que escuché esta canción no supe expresar bien qué sentía. Me vi incapaz de traducir a palabras lo que me producía aquella voz de seda, vulnerable y a punto de romperse, que avanzaba en rozamiento constante con dolores invisibles. En aquella sensación sin lenguaje, se distinguía una luz tenue naciendo del interior de algo oscuro, como un punto cálido y acogedor en el mismo centro de un continente de hielo.
El impacto de aquella primera vez frente a la extraña belleza de esta canción sigue siendo el mismo que hoy. Todavía no sé en qué consiste lo que tiene dentro. Pero sé que la busco y que acudo a ella a menudo porque, por algún curioso sistema de correspondencias invisibles, es ese misterio que no consigo resolver el que mejor ilumina mi propio cielo del norte.
Serendipia nº 2: «Jesus, etc.», Wilco (2:43-2:44)
Son solo dos notas. Y se las ve venir. Se las intuye desde la primera frase de la estrofa, «Our love… is all we have». A partir de ahí, el sonido va abriendo progresivamente su espacio a la melodía de los violines, sugiriéndonos su escucha, invitándonos a girar la atención hacia ellos y buscarlos. Solo dos notas, pero no se esperan tan perfectas, tan sutiles y tan bellas. Aparecen en el preciso instante en el que Jeff Tweedy dice «Our love is all of God’s money». Y consiguen que toda la canción descanse en ellas, en dos golpes de violín situados exactamente entre los minutos 2:43 y 2:44 de esta obra clásica de Wilco. No ocupan nada. Para cuando las adviertes, para cuando empiezas a darte cuenta, ya no están. Se han ido. Son solo eso, un paso sonoro medio escondido en una canción, delicado y minúsculo, que contiene en su interior toda la belleza del mundo.
Serendipia nº. 3: «On the Nature of Daylight», Max Richter
La imagen del agua en un recoveco oculto de las islas Cíes. La bruma posándose sobre la ladera de la colina. Las piedras sobresaliendo de un abrupto acantilado subacuático. El sonido del mar entrando y saliendo con el ritmo de las corrientes. La tarde de agosto iniciando lentamente el descenso hacia la noche, con la luz matizada de sus horas avanzadas. Recuerdo aquella atmósfera impactante en el camino al último barco. Desprendía una tristeza extraña en plena conexión con algún tipo de belleza.
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Magníficas canciones y letras has unido.
Muchas gracias.
Pero qué fantasía, gracias!
enhorabuena por estas maravillosas palabras.
Muchas gracias
Por un lado está la experiencia percibida. Por otro, está la comunicación de dicha experiencia a través de las palabras. El autor de esta entrada ha escogido la palabra escrita para realizar esa labor de transmisión de la sensación percibida (tratándose de Jot Down no podía ser de otro modo). Concibo que entre la primera y la segunda en algunos casos habrá pasado cierto tiempo (el caso de las Islas Cíes es representativo) y, por tanto, el autor tiene que acudir al recuerdo como vía para enlazar un cosa con otra. Asi que tenemos: percepción-paso del tiempo-recuerdo-escritura.
Luego están las experiencias que nos ha transmitido y que a lo mejor no seguirían ese esquema. A lo mejor el autor de esta entrada cada vez que escucha tal o cual canción percibe de nuevo las sensaciones que nos ha transmitido en el texto. De ser así a este señor ya no le haría falta seguir bajo las dictaduras del deseo y la necesidad que nos asolan a los mortales y sería un verdadero privilegiado. Lo dudo de tal forma que casi estoy seguro de que no es así.
Intuyo que el objetivo principal del autor es transmitirnos su particular encuentro con lo bello guiados por la música. Es indudable que a dicha sensación le acompañan imágenes y sonidos que no son propiamente música.
Sobre las experiencias percibidas, estas en principio solo las sabe él. Por lo que hemos leído tengo mis dudas si ha habido algún tipo de ayuda exterior en forma de sustancias alucinógena.
El problema es que la experiencia que nos transmite en el texto es tan rotunda que se gobierna dificultosamente en la tarea. Primero, porque de tanto repetir la palabra belleza, casi nos la deja sin mucho significado.
Luego su verbo desbocado nos cuenta que en un brevísimo fragmento de una canción cabe «toda la belleza del mundo». ¿La belleza en todas sus formas y variantes? ¿Incluso la percibida por la visión de un cuerpo bonito? ¿También la que nos produce el terciopelo al contacto con nuestros dedos? Joder ¡qué suerte tiene el tío!
Al final, como al hombre ya no soporta tanta percepción de lo bello y las palabras se le quedan cortas, nos cuenta que a Dios se le puede ver en un fragmento de una serie de televisión. No nos aclara si lleva barba o no. Si es másculino o femenino. Si es el Dios del Antiguo Testamento o del Nuevo. Pero es Dios. Indudablemente. La belleza percibida lo atestigua. Corran ustedes a los templos con ese fragmento audiovisual y el destino de la humanidad habrá cambiado radicalmente. Para qué más.
¿No está todo un poquito exagerado? ¿Se habrá recuperado a estas alturas este hombre del síndrome de Stendhal causado por su propia escritura?