Arte y Letras Literatura Teatro

Desde el escenario (o Virginia Woolf estuvo aquí)

Virginia Woolf estuvo aquí
Clara Sanchis en Una habitación propia, de Virginia Woolf, en las Converses Literàries de Formentor, el 29 de septiembre de 2018. Fotografía: Cati Cladera.

Por una rendija del camerino improvisado, veo el paisaje y procuro absorber su placidez. Mi vestido de escritora de 1928 también es de color verde, así que en un momento dado podría hacerme pasar por uno de estos pinos. Es importante salir a escena bien enraizada. Pero oigo el murmullo del público, y pienso también que ahora mismo podría escurrirme discretamente por un hueco de la carpa, correr por los jardines, como Orlando, «arrebatada por un extraño éxtasis, con su mismo desatinado impulso de seguir los pájaros hasta el borde del mundo». Solo que, en vez de caer y romperme un tobillo, como ella, preferiría avanzar ligera entre los colores escandalosos de los lirios, las hortensias, los geranios y las buganvillas, para llegar a la orilla de esta bahía. Y quedarme entonces ya muy quieta, con mi vestido verde, simulando ser uno de esos pinos que lamen el mar azul turquesa. Pero es mejor que beba un trago de agua. Y que ponga la cabeza en su sitio. Y los pies. Compruebo que llevo los zapatos rojos bien abrochados.

La escritora Joana Bonet ha venido a cogerme las manos y decirme que ya están sentados los espectadores, como si intuyera que estoy jugando con la idea de fugarme. Interpretar a Virginia Woolf, tomar prestadas sus palabras, en este oasis de literatura, me produce una mezcla de inquietud y placer. Aunque tampoco es demasiado raro que una actriz piense en echar a correr un momento antes de salir a escena. De hecho, conozco a un actor que lo hizo: se esfumó de un teatro como por arte de magia, poco antes de empezar una función, y no se supo nada de él durante varios años. Eso le dio una extraña fama. «¿Necesitas algo?», susurra Joana, conocedora de las zozobras actorales. «¿Qué tal el peinado?», le digo. «Un poco aplastado», responde sacándome algún rizo, antes de regresar a su silla con los demás ilustrados que forman el peculiar público de esta tarde. No le pregunto si le parece que tengo aspecto de pino. 

Escucho el murmullo de los espectadores y constato, una vez más, que la mayoría son espectadoras. Mujeres dotadas con el duende de la curiosidad; siempre ávidas de cultura, como si en nuestro inconsciente colectivo estuviera presente el poco tiempo que hace que se nos permitió aprender a leer y escribir. Reviso por última vez los objetos que tengo que sacar a escena. No quiero que se me olvide ninguno; llevo muchas funciones a las espaldas con este texto, pero en este lugar todo parece recién nacido. Me noto frágil. Compruebo que tengo preparado el gran bolso marrón, las gafas redondas, el pañuelo, la carpeta negra. Y el falso ejemplar de Una habitación propia, que tiene trucados entre sus páginas unos pequeños fragmentos que leeré en el espectáculo, y que he preferido no memorizar. Mi cabeza, como una caja fuerte, contiene las miles de palabras de Virginia Woolf que forman esta conferencia, teatralizada por María Ruiz. Pero mi memoria se ha negado a retener las pocas líneas que la puesta en escena me permite leer: los diálogos de las profesoras británicas que consiguieron recaudar algo de dinero, no mucho —«con un esfuerzo prodigioso, invirtiendo una enorme cantidad de tiempo»—, para fundar la primera facultad femenina de toda Gran Bretaña. «Al pensar en aquellas mujeres, trabajando año tras año para recaudar treinta mil libras, estallamos de indignación por la vergonzosa pobreza nuestro sexo», dirá Woolf por mi boca dentro de un rato

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