
En 1998, Tracey Emin rompió con un chico con el que creía haber encontrado la paz. El desgarro de la ruptura la condujo a una depresión cuyas lágrimas se bebió con vodka metida en una cama de la que no se levantó hasta que se le secaron los ojos y sintió sed de agua. En la cama no siempre estuvo sola y no solo lloró, así es que, al cabo de unos días, el entorno lucía patético y, al contemplar la imagen del desastre a su vuelta de una excursión a la cocina, se sintió, según su propio relato, muchísimo peor.
Pero hete ahí que su cerebro de artista decidió darle la vuelta al argumento y convertir cama y entorno de desechos en My Bed, una obra de arte, una conceptualización del dolor, una visión de la tragedia perfectamente entendible por todos los neurasténicos que componían una generación desbaratada y sin rumbo, la suya.
Al año siguiente la presentó al prestigioso Turner Prize y, aunque no ganó el certamen, sí consiguió que se hablara de ella y que, tras unos tumbos, haya acabado en manos del coleccionista alemán Christian Duerckheim —previo pago de más de tres millones de euros—, quien la ha depositado en la Tate Modern de Londres por diez años para que la puedan disfrutar los que deseen hacerlo (buenas lenguas) o subir su cotización (las otras).
Tracey Emin forma parte del grupo conocido como Young British Artists (YBA), artistas que han hecho de la exhibición de sus neurosis su forma de expresión usando lo que tienen a mano o lo más peregrino que sus mentes (conceptuales) conciben para tratar temas universales como el amor, la muerte, el deseo o el dolor. A esta tropa también pertenece Damien Hirst, famoso por meter un tiburón en formol y venderlo por una pasta, entre otros.
Las obras de Emin, calificadas por parte de la crítica como boutades, se inscriben en la onda del urinario de Duchamp (ready-made) y de las que produjo la factoría Warhol: el primero utilizó para sus «creaciones» objetos que, fuera de un espacio de arte —galerías, museos—, no tendrían consideración de artísticos, copiando a veces ideas de otros sin ningún empacho, y el segundo hizo lo que hizo repetitivamente a mayor gloria de su propio ego egocéntrico. Una cama y su propio dolor son, en esta línea, las mimbres de la británica.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Cíclico, escurridizo y rebelde: no hay forma de estudiarlo a través del método científico, por, entre otras muchas razones además de las tres primeras, porque se salta a la torera ese método y cualquier otro obstáculo que le pongas delante. Yo lo veo claro en el narrador de Las partículas elementales de Houllebecq. Si ese relato tuviese una segunda o un tercera parte (ojalá no ocurra eso nunca), veríamos con mucha nitidez el bucle.
Buen artículo Laura, me ha gustado mucho!
A mí también me ha encantado.
Saludos!
Guau, estás en forma!
Saludos.
Las únicas emociones que me generan esa especie de «arte» contemporáneo son vergüenza ajena, lástima y desprecio. Si eso es lo que se supone que deben hacer, los felicito, lo logran a la perfección, qué grandes artistas.
Si la perplejidad es una emoción a la par de las otras que contribuyen a aumentar esa intuición de sabernos humanos, diría que soy el más humano de todos. Si todas las otras obras se presentan con un silencio contemplativo, estas se presentan con un silencio indiferente. En lo único que pienso cuando las observo es en el tiempo empleado.
Les recomiendo buscar el término «Hamparte» en youtube