Arte y Letras Historia

El curioso caso de Jemmy Button

Jemmy Button
HMS Beagle in the seaways of Tierra del Fuego, por Conrad Martens.

Hay una milonga que escribió Borges a partir de un nombre que alguien dejó caer por ahí: un tal Jacinto Chiclana. El poema evoca a un malevo, un pendenciero de Buenos Aires, de esos que a principios de siglo andaban buscando pelea con el cuchillo en la cintura. Borges quiere que el solo nombre hable del hombre, como si fuera un mensaje en clave que se descifra aludirlo. No sabemos nada de él, pero podemos figurarlo con esas dos palabras: Jacinto Chiclana.

Solo Dios puede saber

La laya fiel de aquel hombre

Señores, yo estoy cantando

Lo que se cifra en el nombre

El de Jacinto Chiclana me hizo acordar a otro nombre: Jemmy Button. La cuestión es que con él todo es diferente porque este no es tanto un nombre sino una reputación. Los libros y la prensa dicen que Jemmy Button existió pero a mí se me hace que eso es puro cuento. Hay pasajes de la historia que parecen novelas, complementos posibles de los hechos o hasta sus metáforas, y este podría ser uno de esos. El cauce narrativo puede ayudar a descifrar lo que se cifra en ese nombre: Jemmy Button.

La Tierra del Fuego es la isla grande del archipiélago en el que América se va desarmando hacia el sur en fragmentos cada vez más pequeños, son como migas de tierra en el mar. El último punto es el cabo de Hornos, más abajo no hay nada, solo las aguas de los dos océanos que se juntan. Acá vive el hombre de esta historia. Nació y se crio en un laberinto de islas y canales en medio de la bruma helada con un sol que, cuando aparece, es siempre lejano y frío. Los hechos de los que hablamos no tienen ni doscientos años aunque hay cierta brutalidad que nos hace verlos como más lejanos. Las historias hablan de Jemmy Button, un indígena de la tribu yámana que fue transportado desde el cabo a Londres, entrenado en la civilización inglesa y después devuelto a su tierra. Al hombre detrás de ese nombre que no es el suyo no podemos conocerlo, antes de eso era un joven que llevaba el fuego en su canoa. 

En este lugar el fuego es importante: cuando los barcos de Magallanes querían la vuelta al mundo y cruzaron el estrecho, vieron líneas de humo elevándose desde la costa: eran fogatas con las que los nativos se alertaban de la presencia de unos objetos y seres extraños en su mundo. Tierra de los Humos la llamaron, pero a la vuelta el rey prefirió Tierra del Fuego. Los hombres que venían del este creían estar atravesando territorio virgen pero hace años, miles, que los yámanas viven acá; también los onas, los kawésqar, los haush, los mánekenks. La vida es simple en el archipiélago: desplazarse de un lugar a otro para conseguir focas, mariscos, peces, algo para comer. Sobrevivir, y cuidar el fuego.

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3 comentarios

  1. Gabriel Escobar

    Conzozco esos parajes. El tono del artículo, por llamarlo de algún modo, refleja vívidamente aquellos espacios abiertos, ventosos, con un clima impredecible. Desolación es el adjetivo que los ilustra, inutilidad del esfuerzo humano ante la inmensidad de una naturaleza inabarcable, a la cual sólo queda entregarse, como los yámanas o kaweskar, o enloquecer en el fútil empeño de transformarla, como Fitz Roy o Julius Popper, tal cual lo describes de modo magnífico.

    Agregaría la historia de Pedro Sarmiento Gamboa, quien lideró la primera colonia de 1584, la cual pereció de hambre en el puerto que lleva justamente ese nombre.

  2. Interesantisimo, y una excelente revista cultural de la red.

  3. Pingback: La tierra del fuego, de Sylvia Iparraguirre - El Mono Gramático - Revista Iberoamericana

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