
Por una piruleta de sabores y el aplauso del público, decidme: ¿qué tienen en común las siguientes películas?: 007, al servicio de su majestad; Andréi Roublev, de Andréi Tarkovski; Butch Kassidy y Billy the Kid, de George Roy Hill; La caída de los dioses, de Luchino Visconti, (Los condenados, en Francia); Cowboy de medianoche, de John Schlesinger; Easy Ryder, de Dennis Hopper; El ejército de las sombras, de Jean-Pierre Melville; Mi noche con Maud, de Éric Rohmer; Satyricon de Federico Fellini; La sirena del Mississipi, de François Truffaut; Que la bête meure (Accidente sin huella), de Claude Chabrol; Topaz, de Alfred Hitchcock y Z, de Konstantinos Costa-Gavras?
Qué títulos, ¿verdad? El punto común es que son éxitos estrenados en Francia en 1969. Aparte de la de 007, éxito comercial infalible, todos son obra de directores que estaban en la cumbre de su carrera o que, como el actor Dennis Hopper, la alcanzaron con esa su primera película. En enero del 69 se estrenó La piscina, de Jacques Deray. Parece que, salvo la ventaja de estrenarse a principios de año, sus bazas para convertirse en el éxito de la temporada no eran seguras. Y sin embargo tres millones de espectadores la vieron en Francia y la película se convirtió en película de culto por más que sus célebres y guapos actores: Alain Delon, Romy Schneider, Maurice Ronet y Jane Birkin (famosa ya por su intervención en Blow-up de Antonioni y como novia del cantante francés Gainsbourg). Pero ¿alguien conoce los ingredientes del éxito? Porque en 2016 el italiano Luca Guadagnino estrenó un remake, A Bigger Splash, con un presupuesto generoso, cuatro atractivos y famosos actores, una casa con piscina en un remoto destino mediterráneo de moda, altas dosis de tensión sexual y el resultado fue… discutible.
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La piscina parte de una historia escrita por Alain Page guionizada por Jean-Claude Carrière y su director, Jacques Deray, un especialista del cine de suspense y policiaco al que hasta apenas ayer se trataba con condescendencia: se le llamaba «artesano» para no llamarlo «autor» como a Igmar Bergman, que estrenaba Pasión y era el número uno en el hit-parade de la cinefilia. A Deray lo despreciaba Truffaut desde Cahiers du Cinéma, la revista donde se repartían certificados de vanguardismo en las décadas sesenta y setenta. Y a Truffaut lo despreciaba Antonioni desde cualquier lugar donde alguien tuviese la picardía de preguntarle qué opinión le merecía tal o cual colega. Deray, que primero quiso ser actor y por eso demostró un talento innegable para la dirección de actores, realizó ocho películas con Alain Delon de protagonista, aunque las malas lenguas aseguraban que el actor decidía el guion y cómo y desde dónde se le debía encuadrar. Deray refutó estas burlas explicando que una película siempre es más que un actor y La piscina lo confirma no solo por la presencia del elenco en su conjunto, con interpretaciones más o menos convincentes, también por un guion en el que Carrière tuvo el tupé de reducir los diálogos a ocho páginas y confiar en las imágenes, por la música de Michel Legrand, la fotografía de Jean-Jacques Tarbes, sin olvidar aquello que la convirtió en película de culto: el escenario de la costa Azul donde la jet-set de la época sentaba sus reales en verano, y el decorado: esa piscina de la villa de Ramatuelle al borde de la carretera de la costa, esos muebles y bibelots de diseño codiciados aún hoy que culminan en su estética tres décadas de desarrollo económico e industrial: los añorados Treinta Gloriosos. No me olvido del vestuario de Courrèges, en una década en que a los actores se los vestía de alta costura o de prêt-à-porter de lujo. ¡Ah! y el Maserati Ghibli, el coche más veloz y caro del momento, un bólido que para muchos es el quinto personaje, por delante del policía, de los invitados a la fiesta y de la criada, una afable matrona que gasta zapatos de tacón para servir el desayuno.
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En vista de que parece ser que habrá segunda parte del artículo, me reservo el comentario hasta entonces. Saludos.
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