
Venidos del altiplano y la sabana, del polvo y las distancias, de una estirpe feliz de corredores tenaces. El misterio de la resistencia de los atletas africanos sigue vedado para el gran público; simplemente, se asume que tienen algo que los hace mejores. Pero África guarda otros talentos además del largo aliento. África es también la cuna de la velocidad, reverso atlético de las sagradas carreras de fondo, aunque de muy distinta manera, como veremos. Esta es la historia del continente madre y su troncal contribución al deporte más elemental, el más olímpico y primigenio, el más sencillo y despojado.
La relación entre economía de un país y éxito deportivo no es del todo fiable. Allí donde ha habido triunfos atléticos continuados (en varias disciplinas distintas) normalmente identificamos un Producto Interior Bruto destacado, como puede ser el caso de Estados Unidos o de Francia. Pero algunos ejemplos de excelencia escapan a esa simple lógica. El éxito deportivo también puede explicarse por una inversión específica considerable, como fue el caso de Cuba o de algunas repúblicas soviéticas; o bien por un contexto más de tradición y cultura competitiva que de atributos monetarios, como ocurre con los países balcánicos.
No obstante, algunas naciones escapan a esa discutible correlación con especial rebeldía. Atesoran condiciones únicas y activos deportivos extraordinarios que no tienen correspondencia directa con progreso material alguno ni con grandes estructuras formativas.
Ubicadas en el Valle del Rift, a más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar, Kenia y Etiopía representan bien esta poderosa singularidad. Dominan el atletismo en un buen número de sus especialidades pese a que ambas naciones están por debajo del puesto 150 en la lista mundial de países según PIB per cápita. Por contra, en el medallero histórico de los Juegos Olímpicos, apoyadas únicamente en dicho deporte, ocupan posición entre los cuarenta mejores países; mientras en el ranking de los mundiales de atletismo, más aún, Kenia es cuarta y Etiopía, sexta. Algo parecido ocurre con Jamaica, el país de moda en la velocidad.
Porque, en efecto, África no es solo la mejor cantera del mundo de fondistas. Digamos que existen dos continentes distintos, separados por más de cuatro mil kilómetros de distancia. Si en el cuerno oriental abundan estos corredores de resistencia, incansables agonistas, la zona del golfo de Guinea ostenta la patente del velocismo internacional. Aunque la genealogía ya haya avanzado muchas generaciones desde entonces.
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Ha oído usted hablar de Jakob Ingebrigtsen?
Roma 1960, Tokio 1964
Supongo que será una excepción, pero al leer sobre el tema de la importancia de la longitud de las piernas en las pruebas de velocidad me ha venido a la mente Michael Johnson, récordman de 200m y 400m en su día, que era más bien paticorto y se le podría considerar la persona más rápida de su tiempo. Proporcionalmente, corría los 200 bastante más rápido que el récordman de los 100 (creo que por entonces era Donovan Bailey).
Michael Johnson: 19,32 en 200m. Donovan Bailey: 9,84 en 100m (9,84 x 2 = 19,68). Hasta la llegada de Usain Bolt me parece que Michael Johnson siguió siendo el más rápido proprocionalmente hablando.
Qué buen artículo divulgativo, señor. Mis felicitaciones y agradecimiento por la amena lectura. Sobre todo porque me lleva a «irme por las ramas», de la Historia de esta gente en especial modo.