África, útero del atletismo mundial

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Usain Bolt. Foto: Steven Zwerink (CC)

Venidos del altiplano y la sabana, del polvo y las distancias, de una estirpe feliz de corredores tenaces. El misterio de la resistencia de los atletas africanos sigue vedado para el gran público; simplemente, se asume que tienen algo que los hace mejores. Pero África guarda otros talentos además del largo aliento. África es también la cuna de la velocidad, reverso atlético de las sagradas carreras de fondo, aunque de muy distinta manera, como veremos. Esta es la historia del continente madre y su troncal contribución al deporte más elemental, el más olímpico y primigenio, el más sencillo y despojado.

La relación entre economía de un país y éxito deportivo no es del todo fiable. Allí donde ha habido triunfos atléticos continuados (en varias disciplinas distintas) normalmente identificamos un Producto Interior Bruto destacado, como puede ser el caso de Estados Unidos o de Francia. Pero algunos ejemplos de excelencia escapan a esa simple lógica. El éxito deportivo también puede explicarse por una inversión específica considerable, como fue el caso de Cuba o de algunas repúblicas soviéticas; o bien por un contexto más de tradición y cultura competitiva que de atributos monetarios, como ocurre con los países balcánicos. 

No obstante, algunas naciones escapan a esa discutible correlación con especial rebeldía. Atesoran condiciones únicas y activos deportivos extraordinarios que no tienen correspondencia directa con progreso material alguno ni con grandes estructuras formativas. 

Ubicadas en el Valle del Rift, a más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar, Kenia y Etiopía representan bien esta poderosa singularidad. Dominan el atletismo en un buen número de sus especialidades pese a que ambas naciones están por debajo del puesto 150 en la lista mundial de países según PIB per cápita. Por contra, en el medallero histórico de los Juegos Olímpicos, apoyadas únicamente en dicho deporte, ocupan posición entre los cuarenta mejores países; mientras en el ranking de los mundiales de atletismo, más aún, Kenia es cuarta y Etiopía, sexta. Algo parecido ocurre con Jamaica, el país de moda en la velocidad.

Porque, en efecto, África no es solo la mejor cantera del mundo de fondistas. Digamos que existen dos continentes distintos, separados por más de cuatro mil kilómetros de distancia. Si en el cuerno oriental abundan estos corredores de resistencia, incansables agonistas, la zona del golfo de Guinea ostenta la patente del velocismo internacional. Aunque la genealogía ya haya avanzado muchas generaciones desde entonces.

Con todo, Nigeria, Senegal, Costa de Marfil y otros países de esta zona atlántica tienen pocos atletas en las carreras de élite, por lo que el rastro de estos velocistas hay que buscarlo, en realidad, en otros lugares y en unos orígenes mucho más antiguos. Hace más de cuatro siglos, África occidental fue la semilla de la expansión demográfica afroamericana por América y el Caribe, una bendición racial de orígenes sangrientos que exportó a la fuerza unas condiciones superdotadas para el atletismo (y para el deporte en general). 

Cuna genética

Si ya es una inmensa simplificación pensar que todas las personas negras, por el mero hecho de serlo, pueden ser buenos corredores (no se rían, es una idea más extendida de lo que puede parecer), no es menos injusto pensar en África como una potencia atlética homogénea, un todo vasto pero catalogable. En realidad, el continente más antiguo del planeta es una mole de más de treinta millones de kilómetros cuadrados con una diversidad única en el mundo.

Jordan Santos es un investigador vasco, doctorado en Biología y residente en la Universidad de Cape Town, Sudáfrica. Conoce de cerca la cuestión africana y explica: «Toda la diversidad genética europea y asiática proviene de una minúscula migración de unos pocos centenares de personas. Por ello, la grandísima mayoría de la diversidad genética de la humanidad jamás salió de África, haciendo que allí, por pura estadística, sea más fácil encontrar individuos en los “extremos” de la diversidad genética humana, tanto para lo bueno como para lo malo. Los hombres más rápidos del planeta es más fácil que aparezcan en África, pero también los más lentos, y los más bajos, y los más altos, y los más resistentes, y así hasta el infinito. Es un ejemplo clásico de cuello de botella evolutivo», sentencia.

A grandes rasgos, como hemos dicho, la África atlética se configura en el eje este-oeste entre fondistas y velocistas, respectivamente. Los primeros, llamados ectomorfos según la jerga técnica, son delgados, de extremidades largas y finas y escasa propensión a la acumulación de músculo y grasa; mientras los segundos, llamados mesomorfos, tienen huesos más densos, cadera más estrecha y hombros y torso más anchos y fornidos. 

Estos africanos occidentales representan un yacimiento de velocidad emigrada a todo tipo de lugares del mundo por el fenómeno colonial y esclavista. Su fisionomía de origen continúa siendo reconocible y su tremendo potencial ha sido básico para que este tipo de atletas domine la disciplina del sprint bajo la bandera, sobre todo, de países no africanos.

La barrera de los diez segundos

Digamos que Jesse Owens fue un precursor. Su imagen ganando los cien metros lisos en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 en las mismas narices del Fürher se creyó una subversión ocasional, pero el tiempo demostró lo contrario. Corredores de piel oscura comenzaron a eclipsar a los pálidos atletas de la Commonwealth, hombres como aquellos australianos veloces de la película Gallipoli (1981). Estadounidenses y caribeños, principalmente, comenzaron a hacer acto de presencia después de la Segunda Guerra Mundial hasta consolidar, en los límites de la guerra fría, un liderazgo incontestable hasta hoy.

La inferioridad blanca en la disciplina del hectómetro (y en la velocidad en general) se expresa bien mediante la llamada barrera de los diez segundos. Mientras los corredores negros ya tumbaron este histórico muro en los años sesenta (lo hizo el estadounidense Jim Hines en 1968, aunque hasta los años ochenta no se volvió algo más o menos frecuente), y desde entonces lo han superado varios centenares de veces, casi cien hombres distintos, entre el resto solo el francés Christophe Lemaitre, el australiano Patrick Johnson y el chino Bingtian Su pueden presumir de haber superado esta colosal barrera.

Las razones de esta supremacía van más allá de la exuberante superioridad muscular de los afroamericanos. La tesis de un mayor número de fibras de contracción rápida no es suficiente, como tampoco lo es la dura supervivencia de este grupo poblacional durante siglos. La respuesta más aceptada y contemporánea está en el cuerpo y sus proporciones, como aquel hombre de Vitruvio de Da Vinci: «Las personas negras tienden a tener extremidades más largas con menores circunferencias, lo que significa que su centro de gravedad es más alto comparado con blancos de la misma estatura», señala Adrian Bejan, coautor de un estudio de la Universidad de Duke sobre la materia. «Por su parte, asiáticos y blancos suelen tener torsos más largos, extremidades más cortas y un centro de gravedad más bajo».

Los autores avisan de que no es una cuestión de valores absolutos sino de proporciones (torso respecto a miembros y respecto a altura total del corredor), y de que hablamos de diferencias realmente diminutas, determinantes, en su pequeñez, para explicar las cruciales tres décimas que separan a un atleta olímpico de un campeón olímpico. Bejan describe la naturaleza pendular de la carrera subrayando la cuestión del centro de gravedad: «Afecta a la velocidad de movimientos de pies cuando golpean el suelo. Cada paso de un corredor es como una “caída al vacío” que este detiene con sus pies, y los pies de alguien con un centro de gravedad más alto golpearán el suelo más rápido (por caer de más arriba) que alguien con un centro de gravedad más bajo». 

Por contra, la conocida superioridad blanca en natación se basa en esos torsos más largos, que les permiten mayores velocidades de nado. «Nadar es como generar una ola y cabalgarla», describe Bejan. «Cuando la ola es mayor —porque el torso es más largo—, vas más rápido».

No obstante, la aproximación más interesante a la cuestión probablemente sea la del estadounidense David Epstein y su libro The Sports Gene (2013). En él, Epstein explica cómo, a principios del siglo XX, los cuerpos de dos atletas dispares (un lanzador de peso y un fondista, por ejemplo) eran muy parecidos, proporcionados y poco especializados. Por contra, en los últimos treinta años, la globalización del deporte, su gran tecnificación y la incansable búsqueda de talento por todo el mundo han propiciado que las anatomías más singulares, el talento biomecánico más específico, sea encontrado y utilizado. Es una suerte de selección artificial de cuerpos extraordinarios. «Antropometrías extremas son las que triunfan en el deporte de élite», señala Jordan Santos. «En baloncesto, por ejemplo, es casi condición indispensable para llegar a la NBA de hoy tener una envergadura en relación a la estatura cercana al síndrome de Marfan (desproporcionada longitud de las extremidades)».

Comparar el cuerpo de Usain Bolt con el de Jesse Owens, el de David Rudisha con el de Sebastian Coe, puede ser una buena aproximación a este fenómeno de la selección artificial que también se manifiesta, por supuesto, en los escuálidos atletas de largas distancias, con físicos igualmente adaptados y únicos.

El enigma del largo aliento

Las claves del África fondista son más esquivas si cabe. Su dominio es más reciente y desigual. Asoman en los años sesenta, con la irrupción portentosa del etíope Abebe Bikila en Tokio 1960 y la independencia definitiva de Kenia como país en 1963. Entonces, la resistencia africana comienza una progresiva conquista (bastante más lenta, por discriminación cultural, en el caso de las mujeres) de las distintas especialidades, no solo del fondo sino también del medio fondo (Kipchoge Keino, oro en 1500 metros en México 68) e incluso puntualmente de alguna especialidad de velocidad (Samson Kitur, bronce en 400 metros en Barcelona 92). 

«A partir de los ochenta empezaron a abarcar la mayor parte de las disciplinas y cubrieron todo el espectro», afirma el atleta olímpico y periodista Martí Perarnau. «Por su parte, los incentivos económicos que surgieron en la maratón a partir de los noventa hicieron que desembarcaran allí de manera masiva». El fenómeno de dominio en la prueba reina de larga distancia es más acentuado si cabe. Hoy día, como ocurre con los 100 metros lisos, resulta impensable que un atleta blanco vuelve a ganar un gran campeonato en la mítica especialidad de los 42 kilómetros y 195 metros.

El médico y periodista Ignacio Romo, especializado en atletismo desde hace décadas, lo tiene claro: «Los fondistas europeos han perdido la fe en sus posibilidades. Los de ahora son muy inferiores a los mejores de los años setenta. Hay un enorme complejo de inferioridad que solo podrá ser tumbado con ejemplos como el del estadounidense Galen Rupp, único de origen no africano que triunfa».

Pero más allá de la mentalidad y las tendencias, la biología asiste a los africanos. Desentrañar sus misterios ha sido una labor controvertida que empieza a asentar algunas certezas. No hablamos, hay que advertir antes que nada, de una superioridad ostensible, una ventaja determinante por sí misma como el mayor número de caballos de un motor. No hay evidencias de una ventaja hematológica (mayor nivel de glóbulos rojos en sangre) por parte de estos africanos ni tampoco superioridad alguna en el famoso VO2 max (baremo cardiovascular que mide el máximo consumo de oxígeno al que puede llegar un deportista). 

Hablamos, en todo momento, de una cuestión multifactorial que propicia la diferencia entre correr el maratón en dos horas y cuatro minutos y hacerlo seis minutos más lentamente. Es como la búsqueda en Fórmula 1 (chasis, aerodinámica, neumáticos, etc.) de un par de décimas de segundo extras.

Es fundamental lo que los anglosajones llaman factores de vida temprana. Por increíble que parezca, la exposición prenatal a la altitud del Rift genera condiciones favorables para el posterior desempeño físico. Asimismo, existen en estos atletas unos niveles de actividad física muy elevados durante la niñez que les sirven para acumulan la llamada base aeróbica o «fondo de armario» fondista, una especie de aclimatación básica del corredor que a la larga le proporciona adaptaciones y ventajas fisiológicas.

Asimismo, es muy importante lo que la ciencia deportiva llama «economía de carrera», que no es más que la eficiencia mecánica y energética a la hora de correr. Se ha observado en fondistas africanos tiempos de contacto con el suelo más cortos, zancadas algo más largas y una frecuencia de zancada algo más reducida. La anatomía es fundamental. Mejoran esta economía de carrera tendones (sobre todo el de Aquiles) más largos con relación a su altura y más elásticos, gemelos más desarrollados y tobillos más estrechos.

Volvemos a las antropometrías extremas de David Epstein: «Los antepasados de estos atletas de África oriental vivían en una latitud muy baja y en un clima muy cálido y seco. Generaron la adaptación evolutiva de unas piernas muy largas y finas en sus extremos para que se enfriaran mejor. Además, esta estrechez de los tobillos genera eficiencia en el balanceo de las piernas que tiene lugar cuando corremos, como los finos extremos de un péndulo». Y no solo eso: los fondistas africanos presentan una mayor actividad de enzimas oxidativas y de tolerancia al lactato, lo que les permite soportar mejor los esfuerzos.

Por último, está la cuestión más cultural y psicológica. «Los grandes atletas kenianos cumplen sus sueños económicos de toda una vida en una sola temporada», afirma Ignacio Romo. Los corredores dominantes del Cuerno de África no solo gozan de la autoestima robusta de sus victorias sino que además se proyectan en innumerables ídolos nacionales espoleados por el poderoso incentivo de un premio económico proporcionalmente enorme para ellos. 

Al fin, si bien la cuestión genética genera bastante controversia a la hora de analizar el fenómeno africano, existe un hecho intrigante. Kenia está llena de pequeñas tribus y en una de ellas, la de los kalenjin, estoicos del dolor, con solo tres millones de habitantes y el 12 % de la población nacional total, se concentra un número extraordinario de campeones. Epstein afirma, con razón, que el dominio que ejerce esta tribu es casi de risa: «Solo diecisiete hombres estadounidenses han bajado en toda la historia de la barrera de las dos horas y diez minutos en maratón, mientras que hasta treinta y dos kalenjin lo hicieron… solo en el mes de octubre de 2011». 

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5 Comentarios

  1. Supongo que será una excepción, pero al leer sobre el tema de la importancia de la longitud de las piernas en las pruebas de velocidad me ha venido a la mente Michael Johnson, récordman de 200m y 400m en su día, que era más bien paticorto y se le podría considerar la persona más rápida de su tiempo. Proporcionalmente, corría los 200 bastante más rápido que el récordman de los 100 (creo que por entonces era Donovan Bailey).

  2. Michael Johnson: 19,32 en 200m. Donovan Bailey: 9,84 en 100m (9,84 x 2 = 19,68). Hasta la llegada de Usain Bolt me parece que Michael Johnson siguió siendo el más rápido proprocionalmente hablando.

  3. Qué buen artículo divulgativo, señor. Mis felicitaciones y agradecimiento por la amena lectura. Sobre todo porque me lleva a “irme por las ramas”, de la Historia de esta gente en especial modo.

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