
Dicen que el libro es un artilugio perfecto. Insisten en que no hay, ni habrá mañana, invento que supere su eficaz diseño. La salmodia quisiera conjurar al diabólico electrónico, pero él ya ha echado al mundo el Kindle que pronto cumplirá sus designios y, profundamente aburrido, se entretiene matando píxeles con el rabo. El rezo, inútil exorcismo, comienza a sonar a réquiem, monódico como el gregoriano y patrañero como el sermón del sacerdote sin fe y sin teología.
Habrá que cizallar, so pena de pasar por heraldos luciferinos, las barbas de la mentira. El libro no es un artefacto perfecto, no, desde luego, tal y como hoy se nos presenta con una frecuencia que ha conseguido anestesiar nuestro espanto. Sucede con alevosa reincidencia: los editores perpetran portadas plastificadas de un feísmo cumplido y despropósitos tipográficos que lastiman los ojos; las revistas de poesía se imprimen en papel satinado de rígido gramaje, impermeable a los versos y a las yemas de los dedos, y las diputaciones provinciales y otros mausoleos corporativos financian horripilantes engendros. Son, sin embargo, naderías, escrúpulos que hacen olvidar las fallas primordiales: los libros acostumbran a estar mal armados, pésimamente construidos. Se ha olvidado y despreciado la perfección de la factura, herencia de la sabiduría artesana en la que cada elemento tiene una función y la verdad inapelable de la función redunda en el embellecimiento del objeto. Así, el dispositivo hoy llamado libro acostumbra a funcionar muy defectuosamente.
Cada vez son más raros los libros compuestos por cuadernillos cosidos. Casi ninguna edición de bolsillo se permite semejante lujo, pero tampoco los voluminosos mamotretos que utilizan como añagaza el boato del cartoné, la sobrecubierta y la cinta de registro para convencer al lector de que valen lo que cuestan. Encuadernados a la americana, nunca se abrirán dócilmente. El lector se ve obligado a forzarlos, más cuando se han escatimado los centímetros de los márgenes interiores, siempre con el temor de ejercer excesiva violencia. Un gesto mal calculado, no necesariamente imperioso, bastará para dejar el libro descuajaringado. Las páginas, unidas solo con cola, se desprenderán sin remedio. Quizás no lo hagan en el primer uso, pero no resistirán el segundo o el tercero o a un lector que necesite que el volumen se mantenga abierto por sí mismo un momento para tomar alguna nota. Los editores ya nos han convencido de que eso es mucho pedir para una novela, pero es que ni siquiera muchos libros de consulta y diccionarios son capaces de abrirse en plano.
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Que los libros están hoy encuadernados de pena, es obvio. Como también que cada nueva traducción de un clásico es cada vez más precaria y ridícula. Ahora bien: ¿cuántos años lleva el Kindle matando al libro físico? ¿Diez, doce? ¿Y cuántos le quedan para «cumplir su designio»? Creo que antes veremos al Dogecoin sustituyendo el dólar
Sospecho que aquellos que gozan al contacto de lo vegetal, ordenado y con ecos reflexivos desde el mismo momento en que se levanta la tapa, son una raza en extinción. Es una verdadera pena. ¿Cómo se puede reemplazar con la invisibilidad esa belleza, generalmente desordenada de una biblioteca, colorida, heterogéna, a punto de desplomarse y que llama a la contemplación de cualquiera? No hay mejor mural que una de ellas. Particularmente fastidioso es ese inexplicable despegue, o querer huir de una o dos páginas sin razón aparente. Ayer estaban ahí, firmes, hoy andan sueltas. Hasta mi vieja Bibbia di Gerusalemme con su papel de arroz ya amarillento, que no tendría que sufrir del tiempo o por los hombres, uno de los pocos libros que se abren completamente para poder tomar notas, ha comenzado a mostrar imperfecciones: su lomo ha comenzado a despegarse del cuerpo central. Excelente artículo, señora. Necesario. Se lo agradezco, en especial modo por todos esos vocablos del oficio de encuadernador que desconocía, y que me llevará algunas agradables horas para saber el significado completo. Muchísimas gracias.
No creo que el libro físico muera, como el CD al final no ha podido con el vinilo. En cuanto a la encuadernación, siempre ha habido mejores y peores.
Lo que de verdad se echa de menos es que no se haya aplicado el avance tecnológico actual a la encuadernación. Se han «olvidado» del asunto pensando que no iba a ser necesario. La nuestra está siendo la era de lo imprevisto y lo imprevisible, empezando por el Covid19. Habría que empezar a actuar en consecuencia, en mi opinión.
Hoy en día se puede encuadernar con una calidad que ni hubiésemos soñado hace 100 años. Tenemos unos papeles y unas imprentas que eran una utopía, así como todo lo referente a la preimpresión o a la preparación de las planchas. Mejores tintas. Ordenadores con programas de maquetación e ilustración increíbles, disponemos de fotografías a un nivel nunca visto y todo tipo de maquinaria y conocimientos para respetar el color original. Conocimientos sobre ortotipografía, gramática y maquetación.
Y finalmente, tenemos mano de obra preparada y auténticos maestros con la maquinaria adecuada para llegar a la perfección.
Lo que no tenemos es una masa de lectores dispuesta a pagar lo que vale todo eso. Y ese, es sin duda, el problema.