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Lo hice en nombre de todos

Jorge de Burgos en El nombre de la rosa todos
Jorge de Burgos en El nombre de la rosa. Imagen: Constantin Film. todo

La risa es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne. Es la distracción del campesino, la licencia del borracho. Incluso la iglesia, en su sabiduría, ha permitido el momento de la fiesta, del carnaval, de la feria, esa polución diurna que permite descargar los humores y evita que se ceda a otros deseos y a otras ambiciones… Pero de esta manera la risa sigue siendo algo inferior, amparo de los simples, misterio vaciado de sacralidad para la plebe (…) La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y tonto, y, por tanto, controlable. Pero este libro podría enseñar que liberarse del miedo al diablo es un acto de sabiduría. Cuando ríe, mientras el vino gorgotea en su garganta, el aldeano se siente amo, porque ha invertido las relaciones de dominación: pero este libro podría enseñar a los doctos los artificios ingeniosos, y a partir de entonces ilustres, con los que legitimar esa inversión. (…) La risa distrae, por algunos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios.

(Umberto Eco, El nombre de la rosa)

Lo maté porque, en vez de comer, rumiaba

(Max Aub, Crímenes ejemplares)

Que el humor siempre ha tenido enemigos no es ninguna novedad. Cuando Umberto Eco pone en boca de Jorge de Burgos un discurso tan incendiario en contra de la risa no hace sino recordarnos que a muchos poderosos les molesta la idea de que el ser humano olvide el orden de las cosas. La razón de esta antipatía se encuentra en la misma esencia del humor: a diferencia de la tragedia o el drama, donde sentimos una suerte de compasión o empatía hacia los personajes, el humor tiene siempre un componente cruel. El humor, para serlo, ha de ser contra alguien, sea real o ficticio. Incluso en la más blanca de las comedias ligeras la causa de la risa suele ser que alguien tropieza o pierde algo o se mete en un lío o no comprende lo que pasa. Las comedias de enredo, por ejemplo, basan su comicidad en que nosotros, espectadores, tengamos más información sobre la situación de los personajes que los propios personajes en sí. 

Así pues, el humor precisa de un sujeto del que colectivamente pensamos que nos podemos reír. Es cierto que no todo el humor es así. Existen las comedias basadas en los juegos de palabras y en la escatología. Pero más allá de estas excepciones, todo se reduce a la antigua dicotomía de los dos payasos: algunas veces, el protagonista de la comedia ejerce de payaso tonto al que le suceden todas las desgracias. Recordemos aquí a Charlot, a Jack Lemmon como C. C. Baxter en El apartamento o al pobre Jeff en la injustamente poco reconocida comedia inglesa Coupling. En otros casos el protagonista representa el rol de payaso listo para que nos riamos de sus víctimas, como hacen el Don Juan de Moliére, los hermanos Marx o Barney Stinson. No es extraño el caso de que el protagonista crea ser el payaso listo aunque en realidad el público lo ve como el payaso tonto. Esta es la base de la llamada comedia de figurón del Siglo de Oro, que ha llegado a nuestros días en forma de personajes tan dispares como Torrente o Sheldon Cooper. 

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