
En el Blue Smoke de Battery Park sirven una de las mejores costillas al estilo Kansas de todo Nueva York. La pared está decorada con troncos de madera cortados; parecen dispuestos para una hoguera. No sé si se trata de un sarcasmo o es una propuesta para acabar con la crisis. Enfrente se extiende una enorme barra de bar sobre la que al caer la tarde se acodan hombres (apenas se ven mujeres) embutidos en trajes con corbata y mochila al hombro. Muchos trabajan en empresas de nombre pomposo, de esos que al pronunciarlos uno escucha una especie de traducción inconsciente: «No sabe con quién está hablando, cucaracha». Su área de caza es Wall Street. Llevan a cuestas los aperos del gimnasio, donde se desfogan tras una jornada de estrés y riesgo: compro, vendo, compro, vendo y gano; porque yo siempre gano. Son los golden boys del Casino universal, como lo llamó el periódico británico Financial Times, una de las Biblias de la prensa económica. No hay rostros conocidos, solo tics de personajes que aparecen en el documental Inside Job y en las películas Margin Call y Too Big to Fall.
A la vuelta de la esquina de la calle Vesey, donde está el Blue Smoke, se yergue la gran sede de Goldman Sachs en la ciudad de los rascacielos. Algunos de los empleados llevan el nombre de la empresa en sus morrales. Parecen orgullosos de sentirse actores del Gran Juego.
Cuando el huracán Sandy dejó Nueva York a oscuras, solo la torre imperial de Goldman Sachs y algunos de los edificios de alrededor conservaron la luz. Algunos decían que venía del mismo infierno. La realidad era menos literaria: esa zona del sur de Manhattan recibe la electricidad que consume de Brooklyn, al otro lado del río.
Los beneficios masivos no se obtienen apostando por un valor cuando baja porque se tiene la confianza de que va a subir; ese es un juego de aficionados, de apostantes de caballos. Los grandes pelotazos proceden a menudo de soplos, de informaciones privilegiadas, que permiten invertir sobre seguro, obtener una ventaja ilegal sobre los competidores. Los mercados, sean de valores, futuros, materias primas, divisas o derivados se basan en la ley de la oferta y la demanda, también en la especulación que vive de la guerra entre el miedo y la avidez. Una vez le preguntaron a John Rockefeller, fundador de la petrolera Standard Oil y de la saga familiar, cuál era su secreto para ser multimillonario. Respondió: «Siempre dejo el 5 % para el que viene detrás».
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Si solo se quedase en Wall Street o en cualquier casino financiero, pues para ellos. No soy moralista. Pero las consecuencias son palpables en todo el planeta para una gran mayoría que es ajena a eso. El reduccionismo económico, la religión neoliberal, tiene consecuencias nefastas, aunque sea el relato hegemónico auspiciado por los que más se benefician y sus lacayos. Ahora hay variantes en criptomonedas y NTFS. La verdad es que el cuento es muy antiguo aunque los que caen se crean muy modernos.