
Algo empezó a torcerse desde el momento en el que la bandera de los Juegos Olímpicos de Invierno en Sarajevo, allá por 1984, se izó conforme la habitual fanfarria trompetera. Se izó al revés, ay, por un descuido. Yugoslavia existía todavía, pero el nacionalismo, reprimido largos años bajo la anestesia federal de Josip Broz Tito, empezó a viciar las relaciones vecinales entre serbios ortodoxos, croatas católicos y bosniacos musulmanes.
Para hablar de Bosnia-Herzegovina cualquier anécdota o señuelo es interesante como comienzo, caso de la bandera olímpica. Pero hay una cosa que debemos saber de antemano. Tal vez nunca se pueda conocer Bosnia en profundidad. Marc Casals (Girona, 1980) vive desde hace años en el país. Lo ha rastreado hasta donde el paisaje se vuelve un escondrijo de sí mismo. Ha hablado con los lugareños y ha trabado amistad con muchos de ellos (origen, al cabo, del presente libro). Pero con Bosnia, cuando uno cree saberlo todo o casi todo, de pronto surge un nuevo dato o detalle o perspectiva que le sugiere al extranjero que debe seguir progresando adecuadamente…
Un consejo para empezar podría ser obviar libros y películas penosas, basadas en tópicos muy manidos entre los buenos muy buenos y los malos malísimos (la película La sombra del cazador, protagonizada por Richard Gere, debiera haber sido secuestrada hace tiempo por indignidad intelectual).
Decía el hoy célebre periodista Manuel Chaves Nogales que «andar y contar es mi oficio». El libro de Marc Casals destila también este «andar y contar» como esencia del oficio periodístico. Pero aquí se tiene en cuenta no tanto el paisaje, que también, como el paisanaje: quiere decirse la gente del lugar. La piedra permanece es por tanto una galería de retratos, un fresco de vivencias. El autor nos ofrece dieciséis perfiles que muestran cómo la sangrienta guerra de Bosnia (1992-1995) supuso un antes y un después para todos los que la sufrieron. Los bosnios dicen que tienen tres vidas: una antes de la guerra, otra durante la guerra y una tercera después de la guerra. En 2022 se cumple su 30 aniversario.
Aunque el dolor no puede soslayarse, lo que el libro enseña es que la vida sigue para los bosnios. Y lo hace no como un mantra vacío de contenido, sino como reflejo de una voluntad de resarcimiento, de querer vivir y retomar la dignidad interrumpida por el devastador conflicto.
Por otra parte, a quienes les gusten los mapas están de enhorabuena. La configuración territorial de Bosnia-Herzegovina es hoy poco menos que una chifladura (para muchos es una legitimación de la limpieza étnica practicada durante la guerra). Decimos chifladura porque debe haber algo de humor en la perspectiva de las cosas. Como cuenta el propio autor, los bosnios a menudo van del dolor al humor y hacen del día a día un chiste lleno de sabiduría práctica. Olvidan así todos los sinsabores que ha traído el llamado tiempo de paz (corrupción política, desempleo, guirigay institucional, falta de futuro, nacionalismo larvado).
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Gracias. Qué buena historia. Lo leeré y deseando hacerlo…
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