‘La piedra permanece’: Historias de Bosnia-Herzegovina

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La piedra permanece Marc Casals

Algo empezó a torcerse desde el momento en el que la bandera de los Juegos Olímpicos de Invierno en Sarajevo, allá por 1984, se izó conforme la habitual fanfarria trompetera. Se izó al revés, ay, por un descuido. Yugoslavia existía todavía, pero el nacionalismo, reprimido largos años bajo la anestesia federal de Josip Broz Tito, empezó a viciar las relaciones vecinales entre serbios ortodoxos, croatas católicos y bosniacos musulmanes.

Para hablar de Bosnia-Herzegovina cualquier anécdota o señuelo es interesante como comienzo, caso de la bandera olímpica. Pero hay una cosa que debemos saber de antemano. Tal vez nunca se pueda conocer Bosnia en profundidad. Marc Casals (Girona, 1980) vive desde hace años en el país. Lo ha rastreado hasta donde el paisaje se vuelve un escondrijo de sí mismo. Ha hablado con los lugareños y ha trabado amistad con muchos de ellos (origen, al cabo, del presente libro). Pero con Bosnia, cuando uno cree saberlo todo o casi todo, de pronto surge un nuevo dato o detalle o perspectiva que le sugiere al extranjero que debe seguir progresando adecuadamente…

Un consejo para empezar podría ser obviar libros y películas penosas, basadas en tópicos muy manidos entre los buenos muy buenos y los malos malísimos (la película La sombra del cazador, protagonizada por Richard Gere, debiera haber sido secuestrada hace tiempo por indignidad intelectual).

Decía el hoy célebre periodista Manuel Chaves Nogales que «andar y contar es mi oficio». El libro de Marc Casals destila también este «andar y contar» como esencia del oficio periodístico. Pero aquí se tiene en cuenta no tanto el paisaje, que también, como el paisanaje: quiere decirse la gente del lugar. La piedra permanece es por tanto una galería de retratos, un fresco de vivencias. El autor nos ofrece dieciséis perfiles que muestran cómo la sangrienta guerra de Bosnia (1992-1995) supuso un antes y un después para todos los que la sufrieron. Los bosnios dicen que tienen tres vidas: una antes de la guerra, otra durante la guerra y una tercera después de la guerra. En 2022 se cumple su 30 aniversario.

Aunque el dolor no puede soslayarse, lo que el libro enseña es que la vida sigue para los bosnios. Y lo hace no como un mantra vacío de contenido, sino como reflejo de una voluntad de resarcimiento, de querer vivir y retomar la dignidad interrumpida por el devastador conflicto.

Por otra parte, a quienes les gusten los mapas están de enhorabuena. La configuración territorial de Bosnia-Herzegovina es hoy poco menos que una chifladura (para muchos es una legitimación de la limpieza étnica practicada durante la guerra). Decimos chifladura porque debe haber algo de humor en la perspectiva de las cosas. Como cuenta el propio autor, los bosnios a menudo van del dolor al humor y hacen del día a día un chiste lleno de sabiduría práctica. Olvidan así todos los sinsabores que ha traído el llamado tiempo de paz (corrupción política, desempleo, guirigay institucional, falta de futuro, nacionalismo larvado).

A las preguntas y respuestas por parte del autor le seguirá a continuación, como añadido a la entrevista, el índice de los dieciséis personajes que aparecen retratados en el libro. Ellos son los protagonistas y ellos nos dan también sus respuestas.

Hablemos, primero, de belleza, paisaje, vida y trascendencia. Piense en la copla manriqueña: «Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir». Piense en los ríos de Bosnia. El Drina (azul imponente), el Una (verde lírico), el Sava (color barro), el Neretva (turquesa), el Vrbas (verde común) o el Bosna (verde gentilicio). Atribuya un río o un color a cada uno de los dieciséis personajes que aparecen en su libro.

Bueno, la mayoría de personajes ya tienen su propio río con el que mantienen un vínculo emocional, casi como si en Bosnia los ríos fuesen personas. Más que asignar colores, me gustaría reivindicar la policromía del libro, reflejo de la diversidad que, en buena parte, hace que Bosnia sea lo que es. Aunque dentro de Bosnia sea un motivo trillado, siempre pensé que un buen diseño para la cubierta del libro sería un ćilim (alfombras tradicionales de colores abigarrados muy presentes en los Balcanes). No andaba muy lejos de esta órbita la editorial, Libros del K.O., cuando me plantearon que, teniendo en cuenta que Bosnia es un collage y el propio libro es un collage, quizás sería buena idea proponerle la cubierta a Patricia Bolinches, diseñadora especializada en collage.

Háblenos ahora del presente en Bosnia y de la deuda moral del pasado. Habla usted del peligro de usar la palabra «reconciliación». Para salir del trauma de la guerra (hay crímenes aún sin juzgar), ¿cómo compaginar la necesidad de justicia con el lado cínico del pragmatismo? ¿Mejor antes «reparación» que reconciliación?

La «reconciliación» como encuentro en un punto medio me parece una trampa que beneficia a los perpetradores. Creo en la documentación de lo ocurrido para combatir al establishment político, mediático y académico nacionalista, que produce relatos monolíticos y dinamita las posibilidades de recoser el país, pero no en un falso pragmatismo que, a la hora de la verdad, implicaría esconder los problemas debajo de la alfombra. Obviamente, hay que juzgar a los criminales de guerra (la mayoría de los cuales permanece en libertad) e intentar aliviar el sufrimiento de las víctimas, dos objetivos que en Bosnia están muy lejos de conseguirse.

Aeropuerto de Sarajevo. ¡Bienvenidos! Explique el mapa territorial de Bosnia-Herzegovina a un profano que quiera visitar este país. Ya sabe, dos entidades (Federación bosnio-croata, la República Srpska), tres nacionalidades (croata, serbobosnia, bosniaca musulmana), un gobierno rotatorio, el curioso cantón autónomo de Brčko, etcétera.

Hace años había una descripción sarcástica de Bosnia que circulaba por las redes: «Un país, dos entidades, tres presidentes, diez cantones, catorce gobiernos, ciento ochenta y tres ministerios, ochenta y cinco partidos políticos, cincuenta asociaciones de veteranos, trece sindicatos, doce cuerpos de policía, tres academias de ciencias, dos fondos de pensiones, tres sistemas educativos, tres empresas de telecomunicaciones, tres distribuidores de electricidad, quinientas cincuenta mil 0 personas desempleadas, seiscientos treinta mil pensionistas, cuatrocientas cincuenta mil personas desplazadas por la guerra, setenta y cinco por ciento de pobres, seiscientas cincuenta mil personas empleadas en instituciones públicas… y un número indeterminado de ladrones». La verdad es que es bastante precisa, tanto en los niveles de gobierno como en el peso abrumador de la corrupción.

Vayamos a los siguientes hechos (mayo-noviembre de 2021). Le resumo:

1) El asunto de los llamados non-papers llegados a Bruselas que piden que se redibujen las fronteras en Bosnia-Herzegovina y en Kosovo.

2) El alto representante internacional para Bosnia, Valentin Inzko, dejó su puesto en verano ordenando castigar penalmente el negacionismo de los crímenes contra la humanidad (Srebrenica sobre todo).

3) Su sucesor, Carl Schmidt, habla ahora de riesgo «muy real» de desestabilización por el reto secesionista serbobosnio.

4) Ejercicios militares recientes «antiterroristas» en el entorno de Sarajevo por parte de la policía serbobosnia.

Dígame si vale el tópico marrullero a lo fast food, ¿regresan los fantasmas a los Balcanes o nunca se han ido?

Los «fantasmas balcánicos» de Robert Kaplan a los que alude la pregunta es un libro denostado por los balcanólogos por su orientalismo, su mirada cargada de morbo sobre los Balcanes y la atribución de los conflictos que los han asolado a odios ancestrales. Los problemas de la Bosnia actual se vienen arrastrando desde hace quince años, quizás desde el fin de la guerra, por la irresolución de varias cuestiones en el periodo transcurrido desde la firma de los Acuerdos de Dayton [noviembre de 1995]. En los últimos tiempos Milorad Dodik [líder serbobosnio de la República Srpska] ha percibido la desunión en la Unión Europea respecto a cómo afrontar una hipotética crisis en Bosnia y, con el apoyo tácito del nacionalismo croata, intenta lograr las máximas concesiones a su favor, incluido que se anule la prohibición de negar el genocidio.

¿Cómo se puede viajar hoy por la hermosa Bosnia sin pensar en la muerte? Dicho de otro modo, ¿cómo hacer rafting en el Drina si sus aguas están asociadas a los crímenes atroces de la guerra?

Justamente el otro día le hice una pregunta en el mismo sentido al novelista bosnio Damir Ovčina, cuya novela Plegaria en el asedio presenté en Barcelona, porque en su obra aparece como tema recurrente la discontinuidad que la guerra impone a un mismo espacio: lugares que siguen existiendo, pero que, tras lo ocurrido allí durante el conflicto bélico, son y no son a la vez el mismo lugar que antes. Imaginemos, ya que usted cita el río Drina, un remanso donde se produjo una masacre, cosa que hace que, de repente, uno se lo piense dos veces antes de bañarse allí. Raramente en los paisajes bosnios la belleza deja de ir acompañada de un cierto peso, sobre todo en los antiguos escenarios de atrocidades. Sin embargo y pese a todo, la vida sigue y, si los propios bosnios son capaces de seguir disfrutando en su país, sería un histrionismo por nuestra parte andar por él con gesto compungido.

Usted ha hablado, a mi juicio inteligentemente, de que gran parte de las guerras balcánicas (1991-1999) se deben a los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial y a lo que esta tuvo de guerra civil también. ¿Es la guerra de Bosnia la segunda parte de aquel conflicto mundial?

Durante el siglo XX, en los Balcanes las cuestiones no resueltas se fueron engarzando de una guerra a otra. En la historia de Mladen intento esbozar de qué forma estos engarces pueden generar nuevos ciclos de violencia. La Segunda Guerra Mundial fue la cuna sangrienta donde nació la Yugoslavia socialista, porque la victoria partisana y su ensalzamiento eran uno de los pilares del país, pero al mismo tiempo existía una memoria oculta de los perdedores, colaboracionistas de los ocupantes y nacionalistas de sus respectivos pueblos. En varias historias, sobre todo la de Ilija, perteneciente a una familia de ustachas [fascistas del Estado Independiente de Croacia, 1941-1945], intento mostrar esta memoria oculta que pervivía bajo el discurso oficial y que empezó a resurgir a partir de los años 80. Quedé sorprendido el día en que me di cuenta de que, si bien de signo contrario, las experiencias eran parecidas a las de mi familia, republicana, tras la guerra civil española: los arrestos arbitrarios, las dificultades para subsistir, la humillación de que a tus hijos les enseñen la historia del bando contrario… Pensé que valía la pena mostrar esta realidad para entender mejor la disolución de Yugoslavia al cabo de varias décadas.

Dígame si le digo que la solución para Bosnia pasa por dividirla sin más. Una parte se integra en Croacia (Herzeg-Bosna), otra en Serbia (República Srpska) y otra, la bosniaca musulmana, que opte o por la UE o por la tutela de Turquía. ¿Peco de ignorancia, de pragmatismo o de frivolidad? Y, en caso de que se haya llevado usted las manos a la cabeza, ¿no refrenda de hecho el actual mapa de Bosnia el triunfo territorial de la guerra étnica?

Básicamente ese era el proyecto de Milošević, Tuđman y el resto de nacionalistas serbios y croatas, por el que muchos de ellos cumplen condena en La Haya y otras cárceles de Europa. Esa partición colocaría a los retornados a lugares donde son minoría (entre ellos a varios protagonistas del libro) en una situación imposible y significaría premiar, treinta años más tarde, la limpieza étnica y el genocidio. En cierta medida, como usted dice, el mapa actual de Bosnia-Herzegovina ya es fruto de transigir con estos proyectos criminales, pero con una división del país la comunidad internacional corroboraría que el crimen masivo compensa. Probablemente sea un ingenuo, pero creo que, además del pragmatismo, la política debe guiarse por la moralidad.

Volviendo a sus dieciséis personajes (los trataremos luego uno por uno). Usted ha querido escribir su libro «a escondidas». Es decir, hablan los personajes a través de sus historias y no usted. ¿Quién sería usted como personaje número diecisiete?

En el prólogo, sugerido por el editor de mesa, Alberto Haj-Saleh, cuento todo lo que el lector necesita saber de mí para leer el libro: quién soy, cómo llegué a Bosnia, por qué decidí escribir un libro y cómo opté por enfocarlo. Una vez establecido este marco, lo importante son los personajes, aunque obviamente existe una subjetividad a la hora de presentarlos. Hay alguien que mira, que describe; alguien a quien conmueven unas cosas, repugnan otras y divierten unas terceras, que elige deliberadamente unas palabras y un estilo para contar lo que quiere contar. Creo que, a lo largo del libro, cualquier lector perspicaz puede ir conociendo a ese personaje número diecisiete, no explicitado, pero presente.

La piedra permanece Marc Casals

Los dieciséis de Bosnia, uno por uno

De cada personaje le hemos pedido a Marc Casals que nos trazara un breve perfil o aguafuerte (es lo que aparece entre comillas). Nosotros lo hemos ampliado para completar el busto de cada uno de ellos, cara a un mayor interés del libro por parte del lector. Esperamos, eso sí, no haber estropeado nada.

Šemsudin (bosniaco de Sarajevo) refleja «los vuelcos de la estructura social provocados por la guerra, el vecindario como institución, el pan como símbolo».

Quien fuera esquiador, turista yugoslavo y bon vivant tenía en tiempos cierto parecido con Alain Delon. Cualquier tiempo pasado sí que fue mejor. Que se lo digan a Šemsudin. Heredó de su familia un negocio de panadería. La guerra lo convertirá de hecho en panadero del ejército bosnio para la defensa de Sarajevo (luchó brevemente, por error, en primera línea del frente). Sobrevivió al cerco de su ciudad con su mujer y sus dos hijos. Hoy se pregunta por qué no se fue de Sarajevo el día que la primera bomba destrozó su piso.

Omar (bosniaco sarajevita) es «el espíritu que hizo de Sarajevo una leyenda: los barrios de las colinas, el rock, el esoterismo sufí, los antiguos oficios».

La heterodoxia se llama Omar, nacido en una tradicional mahala o barrio alto de la capital. De pandillero de barrio se hizo luego rockero (actuó para la Armija bosniaca en la guerra). A orillas del río Miljacka se adentró en el islam y el sufismo, pero lo hizo en clave de rock, blues y funk. Demasiado para la Comunidad Islámica de Bosnia… Aprendió después el oficio de la artesanía en el barrio turco de la ciudad. Aunque el final de la guerra ha musulmanizado Sarajevo, todavía actúa Omar en las noches bohemias de la capital, donde todas las mezclas son posibles. Tócala otra vez, Omar, heterodoxo entre los heterodoxos.

Dobrila (serbobosnia) es como el resumen de «toda una vida en la frontera: entre el campo y la ciudad, entre la Federación de bosnios y croatas y los serbios de la República Srpska. Representa la tradición eslava por la videncia y la taberna como institución».

Dobrila y su marido Boban son el reflejo de cómo hacer funambulismo de frontera por culpa de la guerra. Su hogar quedó situado entre la Federación Bosnio-Croata y la República Sprska de los serbobosnios. Ambos se refugiaron en Pale como desplazados serbios, trayendo consigo el olor capitalino a Sarajevo. No fueron del todo bienvenidos entre los suyos. Los bombardeos de la OTAN llevaron temporalmente a Dobrila al manicomio. Un apunte más en la vida de quien en tiempos menos funestos había trabajado en discotecas, kafanas (tabernas) y hoteles. Y todo sin perder el don de la videncia heredado de su abuela serbia (asesinada por los ustachas croatas en Jasenovac durante la Segunda Guerra Mundial). Hoy, bajo el otoño de la vida, Dobrila y Boban van y vienen entre Pale y su casa fronteriza, la cual han convertido en una taberna. Sarajevo les cae lejos. De atea yugoslava como había sido, Dobrila se ha hecho cristiana ortodoxa.

Miralem (bosniaco musulmán) es una muestra de «la relación entre campo y ciudad, la industrialización yugoslava, los retos que afrontan los desplazados de guerra al retornar».

En su día leímos lo que escribió Ivica Djikić en su Cirkus Columbia: «No hay nada más triste en este mundo que un domingo lluvioso de otoño en una kasaba de Bosnia». Así imaginamos Nadinići, la aldea natal de Miralem, situada en el macizo de la Romanija, a una hora en coche desde Sarajevo. Todas las guerras (la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Bosnia) han pasado con crudeza por esta zona de frontera para los bosniacos musulmanes. Viejos y nuevos chetniks serbios dejaron su siniestra tarjeta de visita. Miralem trabajó largos años como obrero yugoslavo en la fábrica FAMOS. Durante la guerra ayudó a la Armija bosniaca. Perdió un hijo. Llegada la paz (o su remedo), decidió volver a Nadinići, junto a sus hostiles vecinos. Miralem es la viva estampa del retornado. Da la grata bienvenida a todo visitante de bien. Nadinići, a diferencia de lo que decía Ivika Djikić, puede que no sea tan triste.

Fray Mirko (bosnio croata) encarna «la singular tradición franciscana bosnia, la cercanía con la gente de a pie, la ayuda desde lo concreto».

Todo un personaje, Fray Mirko. Dijo san Francisco de Asís: «No vivas solo para ti mismo; sé útil para los demás». Antes, durante y después de la guerra, la vida de Fray Mirko ha sido el reflejo de esta máxima franciscana. La presencia de la orden católica en Bosnia se remonta a la Edad Media (llegaron para atajar la herejía de la llamada Iglesia de los Bogomilos). Durante la Segunda Guerra Mundial algunos franciscanos colaboraron individual y macabramente con el gobierno ustacha del Estado Independiente de Croacia (una mancha que hoy pervive). En el cerco a Sarajevo y durante «la guerra dentro de la guerra» que libraron croatas y bosniacos musulmanes, Fray Mirko no dudó en ayudar a todo el mundo, fuera cual fuese su etnia y religión. Lo recreamos tal cual se nos describe en el libro, recorriendo Bosnia central durante la guerra, montado en su 4×4, con su hábito, su cordel y su pistolón por si las moscas. El monasterio de Fojnica es hoy su último destino previo a la vida eterna. Inolvidable estampa la suya.

Fazila (bosniaca musulmana) representa lo que es «la vida tras un genocidio, la alegría y la delicadeza en un lugar de horror, la fuerza de las mujeres que han vuelto a Srebrenica».

La guerra de Bosnia (1992-1995) remite al instante a dos fogonazos: el cerco de Sarajevo y el genocidio de Srebrenica, perpertrado junto al valle del río Drina. La película Quo Vadis, Aida? recrea con fidelidad los hechos ocurridos en Srebrenica y en el enclave fabril de Potocari (antiguo cuartel de los cascos azules de la ONU). El 11 de julio de 1995 más de ocho mil bosniacos musulmanes fueron asesinados por las tropas serbobosnias del general Ratko Mladic. El relato de Fazila nos hace revivir aquella tragedia antes y después de la matanza (incluidos también algunos desmanes por parte de los bosniacos). Estremece conocer la entereza de esta mujer superviviente. Hoy regenta un kiosco de flores situado en el memorial de Potocari. Ofrece a los visitantes las «flores de Srebrenica», que ella misma borda (piezas de encaje con pétalos blancos y cabezuela verde). El kiosco se llama ahya («vivos»). Remite a un versículo del Corán y está grabado en las lápidas de los musulmanes que se hallan en el conmovedor cementerio de Potocari. Dice así: «Y no digáis de los que han caído luchando por la causa de Dios: «Están muertos». Al contrario, están vivos, pero no os dais cuenta». Cada 11 de julio se celebra un bullicioso homenaje a las víctimas de Srebrenica. Fazila se ausenta justo ese día. La celebración ha degenerado en un mitin del recuerdo con detalles a veces poco decorosos. Cuando el ruido desaparece, Fazila regresa a su kiosco. Vuelve el silencio. En esa quietud, junto a los túmulos de los muertos, halla reposo también la historia de Fazila. Veintidós de sus familiares murieron en Srebrenica, entre ellos su esposo Hamed y su hijo Fejzo.

David Kamhi (judío sefardí de Sarajevo) es el testimonio de «la tradición sefardí de Bosnia, el Holocausto que dejó malherida a una cultura de siglos, el compromiso con Bosnia más allá de la propia etnia y religión».

La judeidad de Sarajevo no se entiende sin los sefardíes que llegaron desde España. David Kamhi, músico violinista de profesión, es hijo de la casi olvidada huella sefardí. Detrás de su perfil el lector recrea lo que en tiempos fuera la Jerusalén de los Balcanes (hoy solo queda una sinagoga activa). No hay esplendor de vida y de cultura sin el negro mazazo del horror. La ocupación nazi, organizada por los ustachas croatas, limpió Sarajevo de judíos. En el Holocausto David Kahmi perdió ochenta familiares (entre ellos la nona Esther que le enseñó el judeoespañol). Durante el cerco a Sarajevo los bandos enfrentados respetaron a los judíos. Para Kamhi su patria no era Israel, sino Sarajevo. Alguien lo llamó el «alcalde oculto» de Sarajevo por su capacidad para la amistad y por difundir el legado sefardí.

Ratko (serbobosnio) representa «el cine y la bohemia, la ironía como arma contra los sinsabores de la vida, una forma serbia de ser sarajevita».

¿Cómo vive un serbio en Sarajevo durante el asedio causado por los teóricos suyos? Nada fácil. De ahí su aforismo de poeta satírico, escrito durante el cerco: «De este lado están los nuestros y del otro, los míos». La vida de Ratko nos muestra cómo era el cine en la vieja Yugoslavia antes de que todo estallara en mil pedazos. No solo de Emir Kusturica vive el cine balcánico (y por fortuna). Durante el asedio Ratko vivía en Sarajevo en el barrio limítrofe de Dobrinja. Serbios y bosniacos mantuvieron aquí la línea del frente, separados solo por unos pocos metros. Era acusado o de traidor o de quintacolumnista de los serbios. La Armija bosniaca abusó de sus prisioneros. Milicianos fuera de control también torturaron y asesinaron a vecinos serbios de Sarajevo. Todo hay que decirlo. Hoy por hoy el veterano Ratko, incansable agitador cultural, se define como un yugotrágico. La bohemia lo sigue acompañando. Aún vive en el barrio de Dobrinja.

Mladen (serbobosnio) retrata bien «las cuestiones no resueltas que han generado una violencia cíclica en Bosnia; el Drina y su puente, inmortalizados por Ivo Andrić, las dificultades de los jóvenes para encontrar su camino».

El joven Mladen se gana hoy sus dineros tocando el teclado para fiestas y banquetes en el valle del río Drina (hermoso y siniestro por los crímenes cometidos en sus aguas). La vida de su familia sigue marcada por el peregrinaje al que les obligó la guerra (Sarajevo, Belgrado, Gorazde, Visegrado). Mladen es un hijo, al fin y al cabo, de la frustración (quiso ser piloto de guerra). Desde su casa en Visegrado se tienen vistas al Drina (escenario histórico y literario de Un puente sobre el Drina, la célebre novela de Ivo Andrić). También se observa Andricgrado, esta otra ciudad, medio ficticia y medio real, creada por el excesivo cineasta Emir Kusturica para atraer al turismo y reivindicar, siempre en clave serbia, al premio Nobel yugoslavo.

Nihad (bosniaco musulmán) representa «la generación atropellada, perdida entre dos mundos; la literatura bosnia contemporánea, la Krajina como zona de frontera entre imperios y civilizaciones y el idílico Una, su río más bello».

La historia de Nihad Hasanovic nos sitúa en la zona de Bihac, al noroeste de Bosnia, junto a la Krajina (quiere decirse la histórica Frontera Austriaca que ponía su marca en los Balcanes sobre los turcos otomanos). Por Bihac discurre el hermoso y verdísimo río Una (recreado en los relatos literarios de Faruk Šehić). Poeta y escritor también, Nihad combatió en el V cuerpo de la Armija contra los serbios. También tuvo que combatir contra los propios bosniacos locales de este enclave de Bihac. Fue una absurda guerra civil librada entre musulmanes leales y felones al legítimo gobierno de Sarajevo. La vida de Nihad nos recuerda en parte a la del también escritor y excombatiente Velibor Colić (autor de Los bosnios y de Manual del exilio). Hoy, desde Sarajevo, Nihad participa de sus noches bohemias. He aquí su ficha literaria: poeta de éxito y novelista fracasado. De ahí la «generación atropellada» a la que alude Marc Casals. Para Nihad es difícil crear un nuevo canon en la literatura del país, lejos de la Bosnia otomana, carente de humor y fatalista, que describen Ivo Andrić y Mesa Selimović.

Kemo (bosniaco musulmán) es el ejemplo de «la lucha para sobreponerse al horror y los traumas de los campos de concentración, para volver a creer en el ser humano, para perdonar y para ser capaz de seguir adelante con la vida».

Mayo de 1992, inicios de la guerra. Repantingados frente a la tele, veíamos en el Telediario cómo los yugoslavos que tan bien jugaban al fútbol y al baloncesto seguían matándose con saña. Ahora lo hacían en Bosnia (la guerra en Croacia había estallado ya a finales de 1991). Kemo fue de los primeros en sufrir los horrores de los llamados campos de Prijedor, situados en el norte de Bosnia (hoy República Srpska). La guerra nos lleva a la pequeña aldea de Kevljani, donde vivían él y su familia. Su historia es la de un superviviente del campo de concentración de Omarska. Por todas las televisiones extranjeras empezaron a salir imágenes de prisioneros esqueléticos. Tras las alambradas miraban como ausentes y sumisos a la cámara. Kemo sobrevivió a la inhumanidad y a sus verdugos. Son los mismos verdugos con los que tuvo que tratar después a su regreso a Kevljani, como si nada hubiera pasado. La capacidad para perdonar no está al alcance de cualquiera.

Srđan (serbobosnio) ofrece el testimonio «del periodismo en Yugoslavia y su deriva nacionalista; la indefensión del individuo cuando se perpetran crímenes en su nombre; el vacío a la orilla del río Vrbas, cuyos habitantes fueron asesinados o expulsados».

La orilla desierta del Vrbas nos remite tal vez a un poema bañado en nostalgia. Es el título que Marc Casals ha elegido para contarnos la vida de un periodista de vieja escuela antes, durante y después de la guerra (recordemos: todo bosnio-herzegovino tiene tres vidas). Nos situamos ahora en Banja Luka (hoy es la principal ciudad de la República Sprska de los serbobosnios). Antigua capital de la Bosnia otomana, durante la Segunda Guerra Mundial los ustachas croatas llevaron a cabo en Banja Luka la mayor masacre de serbios fuera de los campos de concentración en Jasenovac. El histórico dolor padecido por los serbios suele pasar de largo en las rápidas y acomodadas lecturas que se hacen sobre la guerra de Bosnia. Como corresponsal en Banja Luka para un diario de Belgrado, la historia de Srđan, casado con una mujer croata, es la de un conflicto interior. Serbio yugoslavo de corazón, tuvo que asistir a los desmanes que los suyos cometieron con sus vecinos bosniacos. Jubilado ya del oficio (la era de internet no era la suya), Srđan sigue saludando hoy a los poquísimos bosniacos que aún viven en Banja Luka. De ahí lo que parecía un poema: la orilla desierta del Vrbas.

Dario (bosnio croata) es el reflejo de «la Mostar unida que aún existe para muchos, la cultura alternativa de los años 80, el delta del Neretva como lugar de mezcla y paz».

Ejemplo del dilema étnico y religioso, Dario responde a quien le pregunta quién es él: «Soy un bosnio de religión católica». Esto es, croata de Bosnia, natural de Mostar, la ciudad unida y cordial que la guerra destrozó. Muy lejos quedó la vieja Mostar urbanita y heterodoxa de poco antes de la guerra de los 90. Y mucho más atrás la llamada Mostar la Roja, la de la era yugoslava (expartisanos de Tito llegaron a la ciudad para trabajar en sus fábricas). Mostar sufrió, primero, el bombardeo del ejército yugoslavo a inicios del conflicto. Poco después, el nacionalismo croata reclamará Mostar como capital de Herzeg-Bosna, una ensoñación territorial más a orillas del Neretva. Durante la crudísima guerra civil entre croatas y bosniacos gran parte de la ciudad quedó arrasada. El viejo puente otomano sobre el Neretva, el Stari Most, fue destruido por el ejército croata. El azar o la providencia salvó a Dario de los disparos de los francotiradores. Desde su emisora de radio intentó dar voz y esperanza al sueño de una Mostar unida. Utopía y desencanto. Todo extranjero que visite la ciudad verá que una avenida ancha sirve de cicatriz sociológica que hoy por hoy divide a los croatas (Mostar Oeste) de los bosniacos musulmanes (Mostar Este). El viejo puente fue reconstruido para agradecimiento del turismo. Pasados treinta años, la convivencia aún precisa de reconstrucción.

Gojko (serbobosnio) evidencia en general y en particular «la lucha secular de los campesinos serbios por poseer la tierra; la dialéctica entre colaboración y enemistad entre Trebinje y Dubrovnik; un paisaje marcado por el terreno cárstico, las obras hidroeléctricas y la vida».

De ingeniero eléctrico a viticultor. De crear subestaciones eléctricas por toda Bosnia-Herzegovina, a proveer vino a los monasterios ortodoxos de Montenegro y del Monte Athos en Grecia. La semblanza de Gojko nos sitúa en Trebinje, en el confín más al sur de Herzegovina (hoy parte de la República Srpska de los serbobosnios). El aroma del mar de Dubrovnik (la reluciente ciudad croata del Adriático) llega a Trebinje (la ruda ciudad interior). Pero ese aroma llega como viciado. En 1991, una de las bases logísticas del ejército yugoslavo en el bombardeo sobre Dubrovnik estuvo en Trebinje. Los serbios de Herzegovina oriental sintieron que se desquitaban del genocidio que los suyos sufrieron durante 1941-1945 por parte los ustachas croatas. Toda esta zona indómita y agreste de Herzegovina oriental, con sus pozos naturales, está llena de fosas comunes marcadas con cruces. Por eso la guerra de Bosnia-Herzegovina fue en buena parte un furioso desquite por cuentas pendientes (véase, a continuación, el retrato de Ilija). Durante la última guerra, para contrariedad del ingeniero Gojko, los bosniacos musulmanes de Trebinje también sufrieron la limpieza étnica.

Ilija (bosnio croata) viene a mostrar «la aspiración del nacionalismo croata por tener su propio Estado, incluso a costa del crimen; la memoria oculta de los perdedores de la guerra; la posición ambigua de los croatas de Herzegovina en la Croacia actual».

Siguiente parada: Herzegovina occidental. No se olvide nunca el consejo de leer acerca de Bosnia con un buen mapa a mano. Hoy por hoy, los croatas modernos de la UE suelen mirar por encima del hombro a sus convecinos croatas de Herzegovina (los consideran garrulos y muy nacionalistas). Ilija luchó en el frente de Kupres, enrolado en el ejército durante la llamada «Guerra Patria» de Croacia (el sesenta y cuatro por ciento de sus soldados fueron herzegovinos). Como los serbios en Kosovo-Polje, los croatas también evocan en esta zona bronca y áspera (Tomislavgrad, Kupres) su Kosovo croata: la cuna histórica del reino medieval del rey Tomislav. En 1945, tras la caída del Estado Independiente de Croacia y del gobierno ustacha, muchos croatas afines y no afines fueron masacrados en su huída por los partisanos de Tito. El mito croata evoca hoy su dolor y su Vía Crucis. Un hermano de Ilija desapareció en Split en plena debacle. Durante la Yugoslavia de Tito siempre se mantuvo en su hogar la lumbre del recuerdo por el hermano desparecido y por el deseo de una Herzegovina unida a Croacia (de ahí el ensueño de Herzeg-Bosna, que aún hoy se mantiene). Ilija ejemplifica el catolicismo como fe y como etnicidad. Cada cierto tiempo acude a rezar a la Virgen en Medjugorje.

Alma (bosniaca de Sarajevo) representa la música «del sevdah como destilación del alma bosnia, la vida de una mujer en el mundo de los clubes nocturnos, el vínculo indestructible entre madre e hija y el vitalismo frente a la tragedia como esencia de Bosnia y del libro».

Fin de trayecto: Alma. De familia oriunda de Montenegro, su abuelo (barbero musulmán, pero comunista y ateo), morirá degollado en Gorazde en 1941 por los chetniks serbios (el odio al eslavo musulmán, considerado un renegado, es una constante histórica en la frontera del río Drina entre Montenegro, Bosnia y Serbia). La semblanza de Alma nos lleva al halo nocturno de Sarajevo. Actuó como cantante de sevdah en clubes de la noche. Durante el cerco a Sarajevo nació su hija Ivana. Alma ayudó a la Armija bosniaca como cantante para subir la moral a sus soldados (cinco mil mujeres integraron el ejército bosniaco). Su hija Ivana, violinista de talento, es hoy el reflejo de la frustración que los jóvenes bosnios sienten respecto su presente. La historia de Alma e Ivana forma parte del legado musical de estas tierras híbridas (el sevdah, la degradada versión del llamado narodnjnaci, el turbofolk yugoslavo asociado en buena parte al cine de Kusturica). Madre e hija, cuando ahora actúan juntas, evocan las noches melancólicas de Sarajevo, lo que Bosnia aún preserva de fortaleza interior, de hedonismo y sensibilidad.

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