
Como no he sido nunca un escritor de la casa Herralde, puedo permitirme decir cuánto le debo sin que la deuda se relacione con mi propia producción. Ahora, cuando han salido Los papeles de Herralde en edición de Jordi Gracia, se me ha hecho visible esa deuda: casi no hay libro que comparezca ahí, en esos papeles, que yo no leyese cuando salió —digamos a partir del año 82, antes yo solo leía periódicos deportivos y tebeos y la Biblia—. Una reciente mudanza —hecha a pulso— me ha permitido además maldecir a Jorge Herralde muchas veces: Martin Amis, Gesualdo Bufalino, Emmanuel Carrère, Julian Barnes, Álvaro Pombo, Quim Monzó, Raymond Carver, Charles Bukowski han sido importantísimos para mí, pero los muy cabrones pesan lo que no está escrito. Me dio un calambre de melancolía cuando vi que hasta conservaba, para enseñarme catalán por obligación académica, L’ofici de viure de Pavese, que fue el primer libro con sello Anagrama que salió a la intemperie, con su elegante encuadernación a la holandesa, el lomo en tela y las tapas de cartón duro.
Creo que he visto a Herralde tres o cuatro veces, y solo recuerdo haber hablado con él de fútbol —los dos tenemos el defecto de ir con un equipo insoportable— y de Terenci Moix; una vez que yo estuve trabajando en el autor barcelonés y le pregunté a Herralde por la expresión «novela Anagrama», que Terenci repetía a menudo para indicar que, cuando sus muchos gastos se lo permitiesen, se pondría a escribir una novela que escapara de las rejas del best seller para brindársela a Herralde. Así que tampoco es un cariño personal el que me dicta estas líneas: más bien es solo el agradecimiento que se siente hacia alguien que nos ha mejorado la vida, alguien que ha ayudado a construirnos.
Dice la contra de Los papeles de Herralde que Anagrama creó nuevos lectores, y casi no hay modo mejor de tasar la estatura de un buen editor, porque un editor, como tantas otras instancias del circuito cultural —periodistas, autores, profesores, críticos, etc.—, tiene como misión esencial —incluso en el plano de la supervivencia— el extraño milagro de crear algún nuevo lector, ganar para la comunidad esa figura que, se diría, cada vez es más rara: la del lector exento, es decir, el lector que es solo eso, un lector, que no es a su vez ni periodista, ni autor, ni editor, ni profesor, ni crítico. Y parece difícil de discutir que desde 1968 al presente, nadie en España ha creado tantos nuevos lectores como Jorge Herralde.
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