
Esta es una historia de prodigios, inventos y fanatismos. Una historia con dos mujeres como protagonistas.
La primera se llama Helena, así, sin apellido, como era costumbre entre las romanas. Como su tocaya griega, era hermosa y esa belleza la convirtió en reina. Helena nació pobre en uno de los extremos del imperio y bastante lejos de Roma. Se cuenta que el emperador Constancio, en una recorrida por sus dominios, la vio de lejos, quedó cautivado y se la llevó con él. La hizo su esposa y tuvieron un hijo al que llamaron Constantino.
El niño creció y con los años madre e hijo se volvieron inseparables.
Eran tiempos de divisiones, de batallas y asedios constantes en las fronteras, por eso el emperador estaba poco en casa. El Imperio romano era politeísta, aunque en los últimos años veía con preocupación el crecimiento de una secta cada vez más popular entre los sectores bajos: los cristianos. Demolían las nuevas iglesias y encarcelaban a los seguidores de un dios que se pretendía el único. Constancio no lo sabía, pero la madre de su hijo era una cristiana practicante a escondidas y así educó a Constantino. Cuando su padre murió y a él le tocó ser emperador, Constantino dio fin a años de persecuciones con el Edicto de Milán.
Habiendo advertido hace ya mucho tiempo que no debe ser cohibida la libertad de religión, sino que ha de permitirse al arbitrio y libertad de cada cual se ejercite en las cosas divinas conforme al parecer de su alma, hemos sancionado que, tanto todos los demás, cuanto los cristianos, conserven la fe y observancia de su secta y religión.
Algunos dicen que todo fue obra de Helena, otros aseguran que el pragmatismo de Constantino lo llevó a aceptar a los cristianos porque no le quedaba otra alternativa: cada vez eran más. La Iglesia, esa institución con mayúscula que comenzó a crecer y consolidarse por esos años, prefiere otra versión para esta historia. Cuentan que en épocas de guerra y antes de una batalla decisiva a Constantino se le presentó Cristo en sueños, le mostró una cruz y le dijo «con este signo vencerás». Venció a sus enemigos y desde entonces la cruz se convirtió en un símbolo cargado de mística para la nueva religión.
Ahí empezó el verdadero trabajo de su madre Helena.
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Gallaecia no se corresponde sólo con la actual Galicia, sino también incluía norte de Portugal (hasta el Duero/Douro) y lo que hoy es Asturias, León y Zamora (hasta el Esla, frontera oriental) hasta el Duero (frontera sur). Es decir lo que luego sería el reino Suevo.
Se piensa que la tal Egeria podría ser de la zona actual de El Bierzo.
Está muy bien que el nacionalismo gallego reduzca Gallaecia a Galicia para buscar/ encontrar sus puntos de referencia, pero es caer en cierta imprecisión
Una puntualización: no todo lo que hoy es Asturias, puesto que el límite era aproximadamente el Sella (límite entre astures y cántabros). De hecho, Ribadedeva y Peñamellera (ahora dividida en Alta y Baja) no pasaron de Cantabria a Asturias hasta 1833.