
De niña, era ella, Agota Kristof, la que le contaba cuentos a su abuela cuando esta iba a acostarla. Eran historias inventadas, «hermosas y terroríficas», que luego seguían en sus sueños. Más tarde, estando ya en el internado, empezó a prestar atención a esas «frases que nacían en la noche» y así surgieron sus primeros poemas. Lo contó en La analfabeta, un conjunto de textos autobiográficos que siempre se arrepintió de haber publicado. También contó que en esa época de la adolescencia empezó a llevar un diario. En él anotaba su dolor —relacionado, sobre todo, con la separación de sus hermanos— y dejaba constancia de lo vivido en la infancia antes de que se perdiera para siempre. Como era demasiado íntimo, se inventó una especie de escritura secreta para que nadie pudiera entender lo que decía. Algunas décadas más tarde trató de recrear aquella infancia truncada por la guerra. El resultado fue El gran cuaderno, la novela que la haría conocida en medio mundo.
El gran cuaderno arranca cuando la madre de los dos hermanos protagonistas (llamados simplemente «nosotros») los deja al cuidado de la abuela para protegerlos de la guerra. En el pueblo no los alcanzarán las bombas —al menos al principio—, pero les lloverán los insultos y los golpes de los mayores, incluida la propia abuela, que se dirige a ellos con el cariñoso apelativo de «hijos de perra». Para subsistir en un entorno así, los gemelos ponen en marcha un método educativo alternativo. Sus «ejercicios de endurecimiento del cuerpo y del espíritu» no tienen nada que ver con los de san Ignacio de Loyola, pero tienen su lógica, no muy diferente, por cierto, a la de algunos tratamientos utilizados para curar las fobias. Si la teoría dice que, a fuerza de exponernos a situaciones que tememos, dejaremos de sentir miedo, es lógico —aunque equivocado— pensar que, a base de recibir patadas y puñetazos, dejaremos de sentir dolor. Lo mismo es aplicable a los insultos, la suciedad o el cariño. Una vez completada su educación, serán capaces de tomar las decisiones que sean necesarias para su supervivencia, no importa lo moralmente cuestionables que puedan ser. De todo ello dejarán constancia en su inseparable cuaderno, escrito en un lenguaje descarnado, en consonancia con su espíritu endurecido.
Cuando apareció la novela en 1986, muchos se acordaron de El pájaro pintado, de Jerzy Kosinski, publicada dos décadas antes. Las dos novelas transcurren en algún país centroeuropeo durante la Segunda Guerra Mundial. Los protagonistas son niños enviados por sus padres a un entorno rural alejado de la guerra; en ambas el remedio acaba siendo peor que la enfermedad: los niños son víctimas de abusos de todo tipo y, al final, terminan por sumarse a la fiesta de la deshumanización. Pese a las similitudes de la trama, las lecturas que se hicieron de los dos libros no pudieron ser más opuestas. Los críticos no vieron «más parábola o simbolismo en El pájaro pintado del que hubo en Buchenwald». Todos dieron por hecho que se trataba de un relato autobiográfico, y cuando se supo que la infancia de Kosinski no había sido como se contaba en la novela, se sintieron estafados (más aún cuando la sombra del plagio se extendió sobre ella). Con El gran cuaderno ocurrió justo lo contrario. Se vio en ella una fábula moral, una parábola de Europa, un artefacto literario posmoderno, un palimpsesto narrativo que representaba los vericuetos de la identidad… Pocos sospecharon que pudiera tener tanto de autobiográfico.
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Tengo pendiente a esta autora y su tríptico en la edición de «Libros del Asteroide». Por este artículo, pronto dejará de serlo.
Muchas gracias.
Recuerdo lo que me reí con el «Te quiero, bastardito». Humor sombrío en su esplendor.
La trilogía de Claus y Lucas es una de mis novelas preferidas y creo, una obra maestra; había cosas que desconocía de las que cuentas.
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