
Juan Martín Del Potro resbaló en el césped de Queen’s y sintió un crac que le presagió lo peor. Con la rodilla rota, ganó el punto y siguió jugando. Durante esos minutos vivió una lucha interna entre el ser que compite y el ser que padece hasta destrozar su cuerpo. No volvió a jugar durante los novecientos sesenta y cinco días siguientes al tenis profesional.
Pudo haber sido un triunfo más en su carrera, pero ese 19 de junio marcó el inicio de un largo período de inactividad. Dos semanas antes se había alegrado tras su derrota en Roland Garros porque «mañana vamos a hablar de mis próximos torneos y no de tiempos de recuperación».
Mientras la prensa reactivaba el cronómetro de inactividad como ya había hecho con otras lesiones, su cabeza deambuló entre temas deportivos, médicos, existenciales, familiares, amorosos y epidemiológicos. Por momentos soñó con ganar el US Open de vuelta y por otros rogó caminar sin dolor.
El mismo día del resbalón se hizo estudios en Londres y decidió operarse. En realidad, no fue tan repentino porque su médico ya le había advertido de que, si la terapia regenerativa a la que se había sometido en los meses anteriores no funcionaba, tendría que pasar por el quirófano.
Cambios de planes
El viernes, mientras debía estar jugando los octavos de final contra Feliciano López, viajó a Barcelona y el sábado fue operado en la Clínica Creu Blanca por Ángel Ruiz Cotorro, el médico español que le había recomendado Rafael Nadal. Tenía muletas y estaba incómodo. El abrupto cambio de planes le molestaba más que la rodilla. Al terminar la operación, le sacaron una foto con el pulgar arriba que subieron a su Instagram. Ese ritual lo había repetido con sus tres operaciones de muñeca. Lo único que quería era volver a Tandil.
A lo largo de su carrera, nadie lo pudo convencer de que durante sus días de descanso permaneciera en la Ciudad de Buenos Aires y se ahorrara las cuatro horas en auto hasta su tierra natal. Con Argentina lejos de todos los torneos importantes, sumarle un tramo más a los largos viajes en avión atentaba contra sus tiempos de recuperación. Casualidad o no, los tenistas europeos obtuvieron sesenta y nueve de los últimos setenta Grand Slams (hasta Roland Garros 2022). La única excepción es Del Potro en el US Open 2009.
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