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Los 965 días del calvario de Del Potro, el tenista que sufre y ya no juega

Juan Martín Del Potro en el Argentina Open de 2022. Foto Cordon Press.
Juan Martín Del Potro en el Argentina Open de 2022. Foto: Cordon Press.

Juan Martín Del Potro resbaló en el césped de Queen’s y sintió un crac que le presagió lo peor. Con la rodilla rota, ganó el punto y siguió jugando. Durante esos minutos vivió una lucha interna entre el ser que compite y el ser que padece hasta destrozar su cuerpo. No volvió a jugar durante los novecientos sesenta y cinco días siguientes al tenis profesional. 

Pudo haber sido un triunfo más en su carrera, pero ese 19 de junio marcó el inicio de un largo período de inactividad. Dos semanas antes se había alegrado tras su derrota en Roland Garros porque «mañana vamos a hablar de mis próximos torneos y no de tiempos de recuperación». 

Mientras la prensa reactivaba el cronómetro de inactividad como ya había hecho con otras lesiones, su cabeza deambuló entre temas deportivos, médicos, existenciales, familiares, amorosos y epidemiológicos. Por momentos soñó con ganar el US Open de vuelta y por otros rogó caminar sin dolor.

El mismo día del resbalón se hizo estudios en Londres y decidió operarse. En realidad, no fue tan repentino porque su médico ya le había advertido de que, si la terapia regenerativa a la que se había sometido en los meses anteriores no funcionaba, tendría que pasar por el quirófano. 

Cambios de planes 

El viernes, mientras debía estar jugando los octavos de final contra Feliciano López, viajó a Barcelona y el sábado fue operado en la Clínica Creu Blanca por Ángel Ruiz Cotorro, el médico español que le había recomendado Rafael Nadal. Tenía muletas y estaba incómodo. El abrupto cambio de planes le molestaba más que la rodilla. Al terminar la operación, le sacaron una foto con el pulgar arriba que subieron a su Instagram. Ese ritual lo había repetido con sus tres operaciones de muñeca. Lo único que quería era volver a Tandil.

A lo largo de su carrera, nadie lo pudo convencer de que durante sus días de descanso permaneciera en la Ciudad de Buenos Aires y se ahorrara las cuatro horas en auto hasta su tierra natal. Con Argentina lejos de todos los torneos importantes, sumarle un tramo más a los largos viajes en avión atentaba contra sus tiempos de recuperación. Casualidad o no, los tenistas europeos obtuvieron sesenta y nueve de los últimos setenta Grand Slams (hasta Roland Garros 2022). La única excepción es Del Potro en el US Open 2009.

Esta vez la vuelta a Tandil no fue un problema, porque el calendario estaba vacío. Algunas versiones periodísticas hablaron de seis meses de inactividad, pero su equipo de trabajo no tenía fechas ni preguntaban demasiado.

El afán por volver a su lugar de origen habla de su personalidad. Ahí está su núcleo íntimo: la familia y los amigos de toda la vida. Durante mucho tiempo, volvía de los torneos y se instalaba directamente en lo de sus padres. Una historia en común los hizo más unidos: cuando tenía dos años, su hermana más grande falleció en un accidente de auto. Durante su carrera le dedicó cada uno de sus triunfos con un beso al cielo. La hermana más chica es «lo más lindo que tengo en la vida», como dijo una vez. 

Sus padres siempre tuvieron una actitud protectora. Daniel era veterinario y cuando su hijo empezó en la alta competencia pasó ser una especie de mánager. La consigna de cabecera y la que transmitía al resto del equipo era encargarse de todo para que Juan Martín solo tuviera que pensar en tenis. Su mamá, Patricia, era docente. Más allá de la cercanía, nunca lo fueron a ver a un partido oficial, como una forma de respetar su espacio.

Después de unos días en Tandil, recorrió Argentina de vacaciones. Primero fue a Bariloche, en el exclusivo Hotel Llao-Llao, y después a Jujuy, la provincia de su nueva novia, a quien había presentado en las redes sociales semanas antes. La modelo Sofía Jiménez fue de los tantos romances que la prensa del corazón le adjudicó a Del Potro. Todos con una particularidad: mujeres famosas, relaciones fugaces y poca información de su vida privada, lo cual dejaba la puerta abierta a múltiples especulaciones. 

El nuevo Del Potro

Sin embargo, la foto en Instagram para oficializar su pareja era parte de un proceso. Próximo a cumplir treinta y un años y consciente de que el fin de su carrera estaba más cerca, empezó a valorar la tranquilidad de estar con una mujer y hasta reconoció en público que quería tener muchos hijos. En esa misma entrevista dijo que sus padres irían a la cancha la próxima vez que volvería a jugar. El calvario lo volvió más reflexivo y después de tantos años de seguir el trayecto de la pelota, descubrió un nuevo mundo a su alrededor.

La recuperación iba más lenta de lo esperado. Tenía previsto jugar en Viena y Estocolmo en octubre de 2019, pero para esos días recién había vuelto a pisar una cancha de tenis. Pospuso la fecha y apuntó a noviembre en una exhibición con Federer en Buenos Aires. Se agotaron las entradas y días antes canceló su presencia. El éxito comercial no estaba acompañado de los avances médicos. El dolor aparecía hasta para caminar. Una tarde, yendo de Tandil a Buenos Aires tuvo que frenar el auto y detener el viaje durante un rato por la incomodidad que sentía.  

Se fue a Miami, donde tiene un departamento, y pudo llevar una vida más tranquila. El nuevo objetivo se puso en febrero con Delray Beach, el ATP preferido para los regresos. Sin embargo, cuando se acercaba la fecha el dolor seguía y Del Potro fue operado nuevamente en enero de 2020.

Otro cruce mediático

Los periodistas especializados circularon diferentes versiones durante los días previos y se indignaron por la poca anticipación con la que confirmaron la noticia. «La situación nunca es fácil cuando se trata ya no solo del físico de un deportista sino de la salud de una persona», se excusó el comunicado.

La distancia con la prensa siempre le significó críticas en el mundo del tenis. Cuando recién empezaba, la comparación con David Nalbandian era permanente. El cordobés era un ídolo consagrado, carismático, que estaba siempre dispuesto a jugar la Copa Davis y al que pocos criticaban. Del Potro era una reciente aparición, tímido, torpe en las relaciones públicas y con ambición de grandeza. Si bien eran compañeros de Copa Davis, el cortocircuito fue permanente y algunos hasta afirman que no se hablaban.

Durante mucho tiempo vivió una dualidad: por un lado, críticas de los periodistas, silbidos por no jugar una serie de Copa Davis, disputas con la Asociación Argentina de Tenis y reclamos de hasta algunos colegas; y, por el otro, afecto de la gente durante su día a día. 

Apoyado en las redes sociales y en la comunicación directa, su círculo se fue cerrando. Para el vínculo con la prensa, se aplicó la doctrina del padre y se encargaron de que Del Potro solo se dedicara a jugar al tenis. La receta fueron pocas entrevistas, distancia con los periodistas y ningún off the record

Por eso, la información oficial sobre la nueva intervención era vaga. ¿Había salido mal la primera operación? ¿El problema de Del Potro era más grave del esperado? ¿Por qué reemplazó al médico Ángel Ruiz Cotorro por Lee Kaplan? ¿Cuándo sería la vuelta al tenis? No hubo mayores precisiones: tan solo la tradicional foto del pulgar arriba y otra de cuando recibió el alta del The Lennar Foundation en Miami.

Déjà vu

Cerca de Delray Beach, pero lejos de las canchas, durante casi dos meses permaneció en su departamento en el barrio de Brickell. Compartió tiempo con su novia y empezó los trabajos de rehabilitación en la misma clínica. La sensación era de déjà vu: ejercicios para volver a caminar, pileta, bicicleta y lejos de las canchas.

Muchas veces escuchó que su problema de rodilla era «el precio a pagar» a ser campeón del US Open 2009. Para un jugador de 1.98 metros, que desde los quince años priorizó las canchas rápidas y que compitió en el alto rendimiento durante más de una década, lo lógico es que se rompa. Algo tan brutal como cierto. El tenis en su cabeza funcionaba como culpable y como inspiración: mientras maldecía su presente, veía que Murray había vuelto con una cadera metálica, que Nadal seguía jugando con un pie izquierdo infiltrado y que Djokovic había recuperado el primer puesto del ranking con una lesión crónica en el codo. 

En uno de los últimos vuelos de Miami a Buenos Aires antes de las restricciones por la pandemia, volvió a Argentina. El encierro potenció los replanteos que ya había vivido al inicio del calvario. Poco habitual en él, dedicó tiempo a la lectura y eligió uno de autoayuda: El monje que vendió su Ferrari.

Decidió involucrarse en la situación sanitaria que atravesaba el mundo e hizo un Instagram Live con Manu Ginóbili para fomentar el cumplimiento de la cuarentena obligatoria y subastó a beneficio unas zapatillas para colaborar con el hospital de Tandil. 

En ese proceso más reflexivo, terminó su relación de casi un año con Sofía Jiménez. Retomó el foco en el tenis y empezó a aceptar una idea que al principio repelía: la vuelta a las canchas no sería para ganar otro Grand Slam, sino para retirarse jugando.

Antes de que se postergaran pensó que lo ideal era Tokio 2020. Sus antecedentes en los Juegos Olímpicos lo motivaban. En Londres 2012 había ganado la medalla de bronce contra Djokovic y en Río 2016 se había quedado con la de plata después de un histórico partido contra Nadal en semifinales. Los logros «nacionalistas» habían mejorado su percepción pública y el regreso podía darle un nuevo halo consagratorio. 

Cuando volvió a entrenar en una cancha, se reiteró el dolor y viajó a Suiza para operarse con el médico de Federer en junio. Fue la tercera intervención en un año con un nuevo especialista.

La peor derrota

La incógnita por su futuro era tal que finalizó el vínculo con su entrenador, Sebastián Prieto. Sin embargo, perder a su novia y a su coach no fue tan dramático como lo que iba a vivir meses después. El calvario, hasta ese momento marcado por la inactividad deportiva, se volvió peor cuando en enero de 2021 murió su padre. Las prioridades y las causas del dolor cambiaron.

El hermetismo familiar no quiso profundizar en una enfermedad cardíaca por el cual estuvo internado durante un tiempo. Del Potro apenas contó en una entrevista que pasaba noches enteras en el hospital y que solo lo podía ver a través de un vidrio con tres pares de guantes, ambo, antiparras y casco. Lo despidió en Instagram con una foto juntos:

«No hay copa que alcance para tu mayor logro que fue haber formado y protegido esta familia. Nose [sic] como haré para vivir sin tu presencia, pero seguro aplico todo lo que me enseñaste para nunca bajar los brazos», escribió él mismo, sin community manager de por medio. 

Su protector, que durante años garantizó que tomara la menor cantidad de decisiones posibles para que se enfocara en el tenis, ya no estaba. Seguía pensando en el regreso, motivado por el legado de no bajar los brazos, pero surgieron nuevas complicaciones, antes aplacadas por el padre. La más grave fue la aparición de deudas millonarias que dejaban al tenista, ganador de más de veinticinco millones de dólares solo en premios, casi en bancarrota.

Según un informe del canal América TV, la empresa familiar que creó su padre veterinario había alquilado nueve mil hectáreas y equipamiento con la idea de sembrar soja, pero nada salió como esperaba y a partir de ahí los préstamos se transformaron en una bola de nieve de deudas.

La definitiva

En un tiempo posiblemente Del Potro reconozca que 2021 fue el peor año de su vida. Con molestias reiteradas en su rodilla, en marzo afrontó su cuarta operación. Se dijo a sí mismo —y comunicó en las redes— que era la definitiva. No tenía paciencia para escuchar a otros especialistas prometiéndole soluciones como ya habían hecho los antecesores. Cambió otra vez de médico, clínica y modalidad. Esta vez, el tucumano Jorge Chahla lo atendió en Chicago y propuso una intervención más invasiva alcanzando otras partes de la rodilla.

Por cuarta vez repitió la rutina: caminar, nadar, trotar. Dolores, dudas sobre el futuro, desamparo ante la ausencia de su padre y motivación de volver para cumplir con eso de nunca bajar los brazos.

Permaneció en Miami ausente de los medios y las redes. Salió del ostracismo en junio cuando volvió a pisar una cancha y anunció que por tiempos no iba a llegar a los Juegos Olímpicos de Tokio, que se habían postergado para 2021. Ante una situación idéntica a 2020 y el paso de dos años sin jugar un partido, para muchos dejó de ser el estereotipo de deportista exitoso, que habitualmente divide aguas en Argentina, y pasó a ser el héroe que sufre y lucha contra las injusticias, un estereotipo del protagonista preferido a nivel nacional. Cerró contrato con Star Plus para grabar su documental y sumó como sponsor a Globant, una compañía tecnológica, cuyo lema es «Seek reinvention» y que lo presentó diciendo: «A veces es resquebraja, pero no se derrumba; se reinventa y crece».

Hacia fin de año empezó a fantasear con la idea de volver en el Argentina Open de febrero de 2022. Se instaló en Buenos Aires y entrenó en polvo de ladrillo. Evitó anunciarlo públicamente para no tener otro regreso frustrado, pero el rumor no tardó en circular.

Todavía no tenía entrenador. Lo acompañaba su preparador físico Leonardo Jorge y el kinesiólogo Bernardo Kuszek. Para la vuelta al ruedo llamó a Walter «Negro» Gómez, quien lo había guiado en sus primeros pasos en el tenis y lo convocó para que lo acompañe en los últimos. 

Formador de promesas durante años, Gómez tuvo un rol casi paternal en ese momento límite. Más allá de su buena relación no hubo licencias: le dijo que lo entrenaría en su club y lo exigió como si fuera un desconocido. 

El sueño del retorno ganador

Acompañado de amigos y familia empezó el 2021 pensando en su futuro. A esa altura se había incorporado Oriana, su nueva novia, a su entorno más cercano. Con un perfil mucho más bajo, cuajaba con el momento de definiciones íntimas que atravesaba. La meta era agridulce: la alegría del regreso se opacaba con la preocupación por el dolor permanente en su rodilla. 

Dos semanas antes del Argentina Open jugó de forma amistosa sus primeros partidos por puntos. No hubo prensa, pero algunos curiosos lo pudieron ver. Perdió con Camilo Hugo Carabelli y Hernán Casanova, que oficiaron de sparrings.  

¿Estaba en condiciones? ¿Debía posponerlo una vez más? ¿Alguna vez cambaría la situación de su rodilla? Pese a las dudas, las exigencias comerciales lo obligaron a tomar una decisión. El 31 de enero anunció su regreso en el Argentina Open y en el torneo de Río de Janeiro.

El sorteo le jugó una mala pasada por haber ingresado con una wild card y le tocó debutar contra Federico Delbonis, sexto preclasificado y compañero campeón de la Copa Davis 2016. Tres días antes de entrar a la cancha, Del Potro, frente a los periodistas con quienes tantas veces mostró distancia, lloró:

Pedí iniciar esta conferencia para poder dar un mensaje, que vengo hace mucho tiempo sintiéndolo, imaginándomelo… y creo que es uno de los mensajes más difíciles que me toca transmitir porque… como todo el mundo espera que haga una vuelta al tenis…, posiblemente no sea así y tal vez sea más una despedida.

Se bajó del torneo de Río de Janeiro y por cómo venía jugando en las prácticas imaginó que podía perder en primera ronda del Argentina Open. El principal cambio durante los novecientos sesenta y cinco días estuvo en su cabeza. Estaba más vulnerable tenísticamente y le afectaba en lo mental: no se sentía el voraz depredador capaz de ganarle diez veces al número uno del ranking, récord que obtuvo durante su carrera. Ya no era ese. A la frustración de las lesiones se le sumaba que no pudo cumplir el deseo de que su padre estuviera el día de su regreso. Sí estuvo la mamá, que lo emocionó al punto tal de romper en llanto varias veces durante el partido.

Delbonis le ganó 6-1, 6-3 y consumó el regreso-despedida. Del Potro se acercó a la mitad de la cancha, dejó su vincha característica en la red y entre lágrimas se despidió de la gente. Dijo que era por salud, que estaba poco convencido, pero que sentía que se había quedado sin fuerzas.

Paradojas del destino, luchó durante meses por volver a una cancha y novecientos sesenta y cinco días después, cuando lo logró, lo deportivo era lo que menos le importaba. Más que el fin del calvario, lo que había terminado para él era la ilusión de un retorno ganador. 

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