
I, Tiberius Claudius Drusus Nero Germanicus… this, that and the other, who was once, and not so long ago, better known to my friends and relatives as Claudius the Idiot, or That Fool Claudius, or Claudius the Stammerer, am now about to write the strange history of my life.
Hubo un tiempo en el que todo el mundo veía los mismos programas de televisión, y así, durante trece semanas de 1978, la dinastía Julio-Claudia devino protagonista habitual de las conversaciones de café en España. No es que los espectadores no estuvieran familiarizados con los antiguos romanos (al fin y al cabo los años de apogeo del peplum no quedaban tan lejos en el tiempo), pero la emisión de Yo, Claudio por la entonces llamada primera cadena de RTVE resultó chocante en muchos aspectos.
Actualmente, debido a la multiplicidad de canales de distribución, las series encuentran su público natural vía Blu-ray, copia de seguridad o canal de streaming; pero en una época en la que la mayoría de los televisores eran en blanco y negro, emitían solo dos canales, un magnetoscopio costaba el sueldo de varios meses y todavía estaba por abrir el primer videoclub del país, los espectadores se sentaron a la mesa, conectaron el aparato y se expusieron a lo que echaran. Y lo que les echaron fue un retrato naturalista de la primera dinastía de emperadores romanos interpretado por un florilegio de la cantera de actores de la BBC que, con su oxoniense dicción —oculta en España tras el siniestro velo del doblaje—, respaldados por unos decorados austeros pero documentados hasta el último detalle, enfundados en un impecable vestuario y rodeados de un atrezo digno de los anaqueles del British Museum, dieron vida a los sólidos personajes construidos por Robert Graves en sus dos novelas a partir de los testimonios del historiador Tácito y del chismógrafo Suetonio. Es decir, se encontraron con una familia de hienas en celo que era un compendio de brutalidad etrusca, diplomacia florentina renacentista y maneras de la Cosa Nostra.
Si bien el armazón de la historia, la descripción gélidamente zoológica de una familia endogámica hasta la náusea y azotada por la locura que se devora a sí misma, no era ni mucho menos la alegría de la huerta sino más bien una horripilante sucesión de atrocidades, no carecía, por otra parte, de toques de sutil y autorreferente humor británico —no vale la pena conquistar Britania, decía Druso, porque allí no hay nada de valor y los Britanos son malos esclavos; o, al quejarse Mesalina de su aburrimiento, el actor Mnester, su amante, le respondía que tal vez debía haber acompañado al emperador en la invasión de Britania, «pues dicen que los hombres son allí tan salvajes que las mujeres viven en un permanente estado de éxtasis», para a continuación proponerle desafiar a Escila, la más famosa prostituta de Roma, a un torneo de resistencia— ni de destellos de auténtica ironía trágica —Livia, la esposa de Augusto, que ya había decidido eliminar a los nietos de este para allanar el camino a la sucesión de su hijo Tiberio, abrazaba a los niños afablemente, y el emperador, arrobado ante la escena, la celebraba como imagen del verdadero espíritu de la familia romana—.
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Se menciona en el artículo varias veces la lujosa exactitud del atrezo. Debe estar hablando de otra serie. En ‘Yo, Claudio’ el vestuario y los decorados son de tal precariedad de peluca, pespunte, lycra y corchopán que a veces se diría deliberada: como para centrar la atención en una trama construida ENTERAMENTE con diálogos e interpretaciones. En eso sí hubo un exquisito cuidado. Sean Phillips (ahora Dame Sîan Phillips) le preguntó a uno de los asesores históricos cómo debería tratar, mirar o dirigirse Livia a sus esclavos. ‘Como te diriges ahora a un electrodoméstico’ fue la respuesta.
Un artículo muy interesante, ¡no recordaba ese tenedor! Por cierto, lo de comer la carne prácticamente podrida ha sido una constante hasta que los frigoríficos llegaron a la mayoría de los hogares, no es solo cosa de la antigüedad.
Conocí a Robert Graves tras dejar el instituto hace un montón de años. Era un anciano que acostumbraba a vivir en su “gruta” de Deyá. Era un hombre de formación académica rigurosa. Sus mejores recuerdos eran las clases de mitología que había impartido en Egipto. El libro suyo que más estimaba era “Los Mitos Griegos”. El erudito español que veneraba fue Antonio Ruiz de Elvira, autor de “Mitología Clásica”. Odiaba este tipo de novelas. Ocurre que los agentes editoriales rechazan por sistema los libros académicos, porque la única industria del libro que vende es la del entretenimiento. El único tipo de ficción histórica permisible es el catastrofista, a imagen y semejanza de la trama de la película de 1970, “Aeropuerto”. La gente busca catarsis, como en tiempos de Aristóteles. Así que Graves se empleó en aprovechar sus conocimientos de la antigüedad para satisfacer “los instintos más bajos del populacho”. Como la literatura romana ya era proclive a subrayar las perversiones de las familias Julia y Flavia, se empleó a fondo. Otra opción que barajó fue la caída de Atenas, pero Pericles no daba tan buen juego como los “hijoputillas” (Calígula y Nerón). Conste que Graves caracterizó al emperador Claudio (un probable cabronazo) con atributos de Marco Aurelio, lo que debería ser obvio.
Espero que no hagan un «remake».
Hace muchos años de mi visionado pero ¿Podría ser la estatua de dudosa datación la de la loba Capitolina con los dos añadidos renacentistas, Rómulo y Remo, que se ve en el dintel del Senado?
Como curiosidad para los que disfrutaron con la historia de Claudio y su familia, recomiendo la lectura de «Nueva luz sobre un viejo crimen», en el libro de Graves «La comida de los centauros». En ese artículo se trata extensamente el tema del asesinato de Claudio, dado que el uso de la primera persona en la novela impedía a Graves enfocar ese detalle. El autor estaba convencido de saber qué veneno se había usado en el famoso plato de setas, y afirmaba haber encontrado la pista crucial en una carta de Séneca.
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El tenedor juega con el inconsciente del espectador relacionando a Livia con Catalina de Médicis, a quien se sindica como la envenenadora del Delfín de Francia para permitir el acceso al trono de su marido Francisco, y así gobernar despóticamente el reino a la muerte de éste a través de sus hijos, como pretendió hacer Livia con Tiberio.
Corrección: Francisco era el Delfín envenenado y el príncipe Enrique estaba casado con Catalina, a quien se atribuye la introducción del tenedor en Francia
Corrección: Francisco era el Delfín envenenado y el príncipe Enrique, el hermano menor que después fue rey, era el que estaba casado con Catalina, a quien se atribuye la introducción del tenedor en Francia