El divino Claudio sobrevuela Britania

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La proclamación de Claudio emperador, de Lawrence Alma-Tadema.

Húmeda y desapacible, cubierta por espesas brumas y rodeada por un océano embravecido, la isla de Britania constituía sin duda alguna el culo del mundo romano hacia el 40 d. C. A simple vista cuesta comprender los motivos que llevaron al poderoso Imperio de los Julio-Claudios a emprender una campaña de invasión para anexionarla como provincia, y no únicamente porque las fuentes latinas disponibles sean tan neblinosas como el clima local.

El primer contacto de Roma con tan remota región lo protagonizó por descontado Él, el divino Cayo Julio César que, persiguiendo a los belgas, cruzó un par de veces el canal a hacer un vini, vidi, vici de los suyos. Estuvo solo un par de meses, repartió unas cuantas tarjetas de visita y, dado que lo que vidi no le convenció demasiado, se volvió corriendo a pacificar de nuevo la revoltosa Galia. Si tenemos en cuenta los problemas que le dio una mala mar, la poca preparación de la expedición y algún susto que le dieron los britanos, el balance fue un fiasco. Eso sí, dejó una tribu amiga de Roma —los trinovantes— y una promesa de que los matones de la isla —los catuvellaunos— los dejarían en paz. Tanto le importaba al Imperio la zona que, cuando más de sesenta años después de la visita de César el rey catuvellauno Cunobelino decidió pegar a los trinovantes, quitarles su capital Camulodunum (Colchester) y ocupar gran parte de su territorio, Augusto dio los hechos consumados por buenos. Cunobelino se volvió prorromano y aquí paz y después gloria.

¿Qué ocurrió entonces para que Claudio decidiera ocupar Britania en una guerra relámpago?  Los historiadores recurren a Estrabón para justificar un interés económico, pero, siendo serios, ni el mismo autor clásico considera que la isla esté como para tirar cohetes: el oro no era tanto, el estaño se sacaba de Galicia en mayor cantidad y los esclavos britanos tampoco se cotizaban al alza en los mercados, dado que no eran especialmente atractivos ni por aspecto ni por habilidades. Primos hermanos de los galos, los britanos eran una amalgama dispersa de tribus célticas enfrentadas entre sí de limitado interés para los mercaderes romanos.

Pero había razones de peso que tenían que ver con la política interna romana. Claudio fue proclamado imperator después de que la guardia pretoriana asesinara a su sobrino Calígula; la leyenda cuenta que por ser el primer julio-claudio que encontraron vivo por palacio, el pragmatismo opina que por ser considerado un tonto manipulable. Afectado de una parálisis cerebral que le hacía cojear y tartamudear —cosa que en la Antigüedad clásica te convertía en un apestado—, se tenía una malísima opinión de él hasta que llegó Robert Graves con su inmortal novela a rescatarle. No sabemos si era simpático y entrañable como lo retrata Graves, pero inteligente debía serlo un rato largo. Al menos era perfectamente consciente de que debía su poder a la buena predisposición de los militares, y su reinado, contra lo que pudiera parecer, está sembrado de campañas bélicas: Tracia, Nórico, Iliria, Mauritania, Panfilia, Licia y Judea fueron anexionadas al Imperio además de Britania. La manera de consolidar una imagen de emperador poderoso pasaba por mostrar aptitudes militares, o al menos dar al estamento castrense algo en qué entretenerse.

Otro motivo plausible para planear una operación en un lugar tan remoto e inhóspito tiene que ver con la pacificación definitiva de la Galia. Los romanos se mostraron siempre comprensivos con las religiones de pueblos vecinos o sometidos mientras no cuestionaran las bases de su poder, pero en el caso de los celtas la enemistad con el estamento druídico era muy notoria. Los druidas constituían la élite de la sociedad celta, y lo mismo ejercían de sacerdotes, adivinos o bardos que de expertos en general. Su formación era muy larga y estricta, por lo que muy pocos hombres o mujeres —el femenino de druyd es dryade, no existiendo distinción por género— conseguían la pertenencia a esta reputada casta. Aquí encontramos una batalla épica entre las fuentes latinas —las únicas de primera mano— que señalan costumbres dudosas de los druidas como el sacrificio humano bien por combustión de la víctima dentro de un muñeco de paja o bien adivinatorio según la posición de las entrañas —clavar a un tipo en una cruz por lo visto no cuenta como sacrificio para los romanos—, y las fuentes modernas, generalmente dadas al nacionalismo anglosajón, que consideran a los druidas gentes majísimas de paz y amor y que los romanos —esos intrigantes sureños— exageran porque les tenían manía. Sea como fuere, los druidas parecen haberse resistido al gobierno romano y, dada su enorme influencia entre los celtas, las autoridades imperiales se mostraron muy proclives a destruirlos. Se da la circunstancia de que, a través de los pueblos belgas a ambos lados del canal, el tráfico de información, mercenarios y druidas era constante entre Galia y Britania. La isla estaba considerada un santuario, por lo que la invasión implicaba terminar de someter la Galia.

El pretexto definitivo lo aportaron las disputas familiares britanas. El hijo mayor de Cunobelino, Adminio, rey de la zona de Kent y heredero de los catuvellaunos, se mantuvo prorromano mientras que sus hermanos, Carataco y Togodumno, se fueron inclinando por la facción druídica, consiguiendo finalmente que su padre lo expulsara del territorio. Adminio fue a llorarle al entonces emperador Calígula y le hinchó la cabeza con la expectativa de una fácil conquista de Britania. El autócrata loco preparó en el 40 d. C. una expedición, pero sus legionarios se negaron a cruzar el canal de la Mancha. Calígula, el trol de mayor rango de la historia de la humanidad, los hizo formar frente al mar en orden de batalla, arrojarle las lanzas y recoger conchas de playa como botín. Mantuvo esta humillación hasta llegar a Roma, donde se votó un triunfo por no hacer nada.

Es posible que el proyecto estuviera sobre la mesa de Claudio tres años después, cuando Togodumno fue investido rey y Carataco tuvo consecuentemente que buscarse la vida a costa de las tribus fieles a Roma del sur del Támesis. Velica, rey de los atrébates y damnificado principal, fue a Roma a llorar y etcétera… en resumen, por segunda vez se presentaba la excusa predilecta de los romanos para una intervención, «le has pegado a mi amigo». La celeridad de los preparativos indica que estaba todo previsto: se escogieron nada menos que cuatro legiones (II Augusta, IX Hispana, XIV Gemina y XX Valeria Victrix) con amplia experiencia en acciones «anfibias» y a Aulo Plaucio, veterano soldado y familia política de Claudio, como líder.

El ejército de cuarenta y cinco mil hombres se reunió en los alrededores de la actual Boulogne, y cuando llegó la primavera, época de guerrear —en la Antigüedad se peleaba de abril a octubre aproximadamente—, Claudio se encontró lo mismo que su difunto sobrino: sus mediterráneos soldados se amotinaron porque les daba miedo el Atlántico. El emperador tartamudo envió a su hombre de confianza, Narciso, a convencer a las tropas. Estas, viendo a un liberto griego hablar como un general, se partieron de risa al grito de «Io, Saturnales», en referencia a las fiestas romanas en que el orden social se invertía, y aceptaron cruzar sin problemas.

Carataco ante el tribunal de Roma, grabado de Andrew Birrell a partir de una obra de Henry Fuseli.

A partir de aquí nadie sabe con certeza dónde y cómo desembarcaron los romanos en Britania, hay quien dice que en Richborough (Kent), mismo lugar que César, y hay quien los ubica en diversas zonas de la costa sur, hasta la isla de Wight. Como sea que no hay un claro «Desembarco del Rey», saltamos esta parte y pasamos a los hechos. El motín legionario tuvo un efecto inesperado; Togodumno y Carataco, informados por sus agentes en Galia, desmovilizaron al ejército tribal que habían reunido en abril, por lo que la invasión les pilló desprevenidos. Sabiendo desde los tiempos de César que no era buena estrategia meterse directamente con la infantería romana, les cedieron terreno para hostigarles con su arma favorita: el carro de guerra. Al estilo mesopotámico, lo utilizaban para disparar flechas pasando a toda mecha por delante del enemigo o bien para estrellarlo directamente contra la infantería con la esperanza de romper su formación. Los disciplinados romanos, avisados de las tácticas britanas, infligieron algunas derrotas preliminares a los escurridizos nativos hasta llegar al famoso encuentro del río Medway. Se le llama así porque se sospecha que tuvo lugar en sus alrededores, pero en realidad Dión Casio no indica nombres y la localización es desconocida. El caso es que los reyes britanos habían reunido a toda prisa unos ciento cincuenta mil hombres en el margen norte del río para frenar a los romanos. 

En este punto la preparación de los latinos se mostró imbatible: los soldados auxiliares bátavos (germanos de la actual Holanda), entrenados para cruzar ríos a nado con armadura completa, atravesaron el río por sorpresa justo en el lugar en que se encontraban los caballos de los carros britanos. Mientras mataban a varios miles de animales desbaratando el arma principal del enemigo, en un vado más al suroeste un tal Vespasiano —futuro fundador de la dinastía Flavia— establecía una cabeza de puente con la II Legión. Los britanos huyeron entre la confusión al ver sus carros destruidos y a legionarios romanos formados en su lado del río. Así terminó el primer día de combate; al siguiente, Cneo Hosidio Geta atacó con su XIV legión a través de la posición de Vespasiano a los britanos reagrupados. Esta arriesgada maniobra estuvo a punto de acabar en la captura del propio general, pero a la postre resultó en derrota total de los celtas, que de nuevo escaparon en desbandada. A Geta le votaron un triunfo por esta acción, hecho excepcional no siendo cónsul.

Togodumno murió en combate, o quizá unos días después, y los britanos se dispersaron perseguidos por los victoriosos romanos al norte del Támesis. Según la tradición, Aulo se vio hostigado por los supervivientes en el pantanoso terreno de Essex y no tuvo más remedio que pedir ayuda al emperador in pectore, pero una mirada más crítica indica una comedia orquestada con mucha antelación. 

En efecto, la pista de Carataco desaparece temporalmente sin que se conozca exactamente a qué se dedicó, mientras que parece improbable que Aulo permaneciera parado en los alrededores del Támesis esperando a Claudio durante las seis semanas que tardó este en alcanzar Britania. Es justo lo que un enemigo disperso necesitaría para reorganizarse; más factible parece que Plaucio se dedicara a despejar el área al nordeste del río y preparase el terreno para el advenimiento deus ex machina de su jefe supremo. La puesta en escena de Claudio apunta en este sentido: irrumpió en Britania con una parafernalia de elefantes de guerra (uno se puede imaginar el efecto que estos bichos tendrían entre los autóctonos), pretorianos y demás pirotecnia, se dirigió a Camulodunum y la tomó sin una sola baja. Allí le rindieron pleitesía once tribus britanas —ceremonia seguramente preparada por Aulo— y tras dos semanas en su nueva provincia se volvió corriendo a Roma a celebrar el triunfo.

Este es el punto final de la fulminante invasión del sureste de Britania; a lo largo de los años siguientes los romanos consolidaron su dominio de cuatro siglos, y tras la victoria de Caer Caradoc en el 50 d. C. (un importante santuario druídico), Carataco fue capturado. Llevado a Roma y sorprendentemente liberado, vivió tan pancho en la ciudad hasta su muerte, lo que indica extraordinario respeto por su figura. La resistencia posterior cesó prácticamente tras la revuelta de Boudica, aplastada en el 60 d. C. 

Los huecos entre líneas de las fuentes latinas y la evidencia arqueológica parecen indicar que la conquista de Britania fue una de las operaciones de propaganda más brillantemente coordinadas de la historia antigua, superando a las guerras cántabras de Augusto, para mayor gloria de Claudio, y que tras ella la isla volvió a ocupar el lugar marginal que los romanos le adjudicaron: el agreste confín del Imperio junto a la Arabia Félix en el otro extremo.

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2 Comentarios

  1. Me ha hecho sonreír con su registro narrativo, digamos a lo Asterix y Obelix pero con cultura. Agradecido por la amena lectura. Ha menudo me pregunto si el nombre Claudio le fue impuesto por algún defecto físico, ya que es idéntico a claudicante, o sea rengo, cojo, aspecto del cual no se tienen noticias, pero visto sus demás problemas, tartamudo y un poco lelo no me sorprendería. Nuestra Roma, la cultura greco romana, una anomalía de civilización en aquellos tiempos, bárbaros iletrados al norte, y al sur y este sistemas absolutistas o teocráticos. El grande Montanelli narra en su Historia de Roma que hasta los cristianos la lloraron cuando cayó, ellos que veían en sus siete colinas el origen de todo mal. Para que este excelente artículo no se vaya solo hacia el olvido, que lo acompañe la reflexión apaisada de un libertino del II siglo DC, encolumnada ahora, a pesar del derroche de espacio en blanco. Muchas gracias.

    Apuendo, el liberto griego, hacedor de cuerdas
    y oquedades de madera, antes de que Alarico
    el godo con su odio y vértigo de fuego a Roma,
    la Roma que le extravió sus dioses y sus instintos,
    logró alcanzar la cima del senado, y desde ahí
    buscó las columnas que junto a los acueductos
    eran las más frágiles, testigo de triunfos antiguos,
    de héroes, de arte mientras allá abajo pasaban
    los furiosos hombres que por primera vez veían
    estatuas, teatros, foros y plazas: él con su lira
    tensada allá arriba, y aquellos con sus lanzas,
    y en sus puntas las cabezas de los senadores,
    con los ojos abiertos e incrédulos aún porque
    la urbe no era eterna.
    Y continuó a hacer vibrar su arte.
    Suena cuerda, suena, y no busques venganza
    porque no está en tus acordes, solo haz vibrar
    el aire para que aprendan a respirar los hombres.
    Y arrojaron al cielo que no merecían piedras,
    dardos, insultos y sus sanguinolentas lanzas.
    Lo demás es caída hacia el abismo oscuro,
    memoria del derroche de sangre, violencia
    inútil en sublimes e inmortales letras.

    • Efectivamente, la etimología de la palabra latina Claudius es cojo, pero es dudoso que personalizaran en este emperador en concreto, dado que es un apellido familiar. Debió existir un antepasado con este defecto, aunque podría ser adquirido. O ser una burla, que los romanos eran muy dados a los motes irónicos que después cristalizaban en nombres de gens o familias enteras.

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