
Se juntaban dos cosas: la permisividad de los padres y la osadía de los programadores. Aunque ambas eran involuntarias. En realidad, entonces no existía la conciencia de que hubiese que educar. El resultado fue que tuvimos una excelente educación. Excelente y tremenda.
Todavía no doy crédito a aquel lujo. Pero, entre los diez y los dieciocho años, pongamos, pude ver en la tele series como Raíces, Holocausto, Capitanes y reyes, Hombre rico, hombre pobre, Cañas y barro, Fortunata y Jacinta, Los gozos y las sombras, Ramón y Cajal, Sandokán, Poldark, Miguel Strogoff, Marco Polo, Mozart, Yo, Claudio o Retorno a Brideshead. Y antes de los diez una que le helaba la sangre a un niño: Las aventuras de Pinocho, que hoy sería una locura. Y adaptaciones de La isla del tesoro, Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, Los miserables y hasta El idiota de Dostoyevski. Había más ficción en la tele de aquel tiempo: las películas clásicas de Hollywood, los dibujos animados o las series de episodios sueltos. Pero las que quiero evocar ahora son «las que seguían»: las que iban contando una misma historia durante muchos capítulos, con muchos personajes y con muchos acontecimientos. Y entre un capítulo y otro (que eran semanales, y a veces diarios) íbamos viviendo. Y se creaba entonces la ilusión (que persiste —incluso reforzada— en la memoria) de que estábamos viviendo dos vidas, en paralelo: la cotidiana nuestra, de niño o adolescente, y la extraordinaria de la serie de turno, que era larga y acelerada, exótica, intensa, tormentosa, exaltante a veces y a veces catastrófica, pero cambiante, siempre cambiante.
Dice Eliot en un famoso verso que «el ser humano no puede soportar demasiada realidad». Pero mi impresión es que en aquellas series ya la tuvimos toda: tuvimos toda la realidad posible, y fue una gozada. En Cañas y barro ahogaban a un bebé en la Albufera. En Yo, Claudio Mesalina recibía en la cama a decenas de romanos en una noche, y Calígula se acostaba con su hermana, y había una lucha despiadada por el poder. En Retorno a Brideshead había jóvenes que sufrían no se sabía por qué en universidades inglesas, y estropeaban sus vidas de un modo extraño, y había otro (Jeremy Irons) que lo miraba todo con una tristeza impasible. Vivimos bajo la esclavitud en Raíces, y bajo el nazismo en Holocausto, siendo judíos; y ambas cosas las vivimos desde dentro. Conocimos los vaivenes de la fortuna en Capitanes y reyes y Hombre rico, hombre pobre. Y vivimos en el Madrid del siglo XIX con Fortunata y Jacinta, y en la Galicia de la época de la República con Los gozos y las sombras. Y viajamos de verdad con Miguel Strogoff y Marco Polo. Atravesamos continentes y recorrimos vidas enteras, desde que el personaje era niño hasta que era anciano y se moría.
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