
Mi madre me contó que yo lloré en su vientre.
A ella le dijeron: tendrá suerte.
Alguien me habló todos los días de mi vida
al oído, despacio, lentamente.
Me dijo: ¡vive, vive, vive!
Era la muerte.
(Jaime Sabines, «Del mito»)
Guillermo del Toro ha tallado una nueva criatura. Y esto suele ser motivo de celebración en esta casa, donde llevamos una década admirando ese cariño que le procesa el realizador a las bestias fantásticas. Porque lo de Del Toro es una devoción sincera por los monstruos, hasta el punto de que no puede evitar colar uno, envasado en un bote, eso sí, en una película como El callejón de las almas perdidas en donde, en principio, no había hueco para los seres fantásticos. Su nuevo vástago tiene renombre con fama a cuestas, Pinocho, pero no solo está creado a partir de esquejes del oscurísimo cuento original que Carlo Collodi comenzó a escribir de manera episódica en 1881, sino también de algunos pedazos del Pinocho de Walt Disney, y del alma del Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley. Aunque lo más interesante de la versión del director mexicano es que, sobre todo, lo que ha parido el hombre es un cuento sobre la muerte.
Mentiras astilladas
La imagen popular de Pinocho le debe mucho a la fábrica de edulcorantes Disney. El propio Walt descubrió la novela original de Carlo Collodi cuando aún estaban coloreando los fotogramas de la primera película del estudio, Blancanieves y los siete enanitos. Y tras devorar el texto decidió que aquella fábula era un material estupendo para fabricar una futura película animada. Con ese objetivo, el equipo de guionistas del estudio sometió la historia original al famoso proceso de disneyficación previo, aquel basado en esquilar todas las movidas turbias de los cuentos populares para añadirles azúcar, especias y muchas cosas bonitas. La película resultante se estrenaría en 1940 y, a pesar de la dulcificación sufrida, también sería culpable de alimentar muchas pesadillas infantes con escenas como la famosa transformación en burro, que daban un mal rollo tremendo por presentarse con dejes de secuencias de terror. El éxito de la cinta, sumado al agresivo marketing durante décadas de la empresa, afianzó en la memoria colectiva la imagen y personalidad de aquel Pinocho cuqui de Disney.
Lo cierto es que en la obra original la cosa era bastante distinta. Muy distinta, en realidad, porque en el texto de Collodi, Pinocho era un cabrón desatado que terminaba sufriendo castigos horripilantes cada vez que la liaba. Aquel era un cuento con moraleja, una que normalmente se reducía a «tú pórtate mal y tarde o temprano alguien te colgará de un árbol». Puede que fuese un enfoque un pelín salvaje, pero en su época igual era tan efectivo por extremo como las campañas de la Dirección General de Tráfico.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Magnífico artículo, aunque me sorprende obviar a Steven Spielberg en las adaptaciones cinematográficas citadas, aunque no use el nombre de Pinocho.
Está bien el repaso de versiones cinematográficas, con una clara omisión. Dice que hay una versión softcore, pero omite la versión hardcore (Penocchio, 2002, Luca Damiani).
Me daba mucha pereza acercarme a otro Pinocho; porque todas, TODAS las versiones vistas anteriormente, me dejaron un insufrible regusto de melancolía. PERO… gracias a Del Toro, su querencia por lo monstruoso, y (oh, paradoja) con la muerte como hilo conductor, me he llevado la grata sorpresa de ver, POR FIN, un Pinocho vitalista y gamberro.