
La obra de Juan Marsé constituye una de las cumbres de la literatura en lengua castellana de la segunda mitad del siglo XX. Pocos autores han sido capaces de retratar la dureza de la posguerra y la abyección del franquismo, la humillación de los perdedores, la miseria de los suburbios de la gran ciudad que sin embargo no oculta la frecuente dignidad moral de la clase trabajadora más humilde, lo mismo que la opulencia y el estilo no son sino una habitual máscara de la burguesía más opresora e hipócrita, pero también, en paralelo, su obra destila la dulce ternura de la añoranza de la infancia irremediablemente perdida, la excitación de los juegos en la calle y la belleza de la narración improvisada de historias fabulosas, las aventis. Porque la nostalgia de la propia infancia y los años mozos es el centro verdadero de la obra de Marsé: el Guinardó, el Carmelo, las escapadas, los bailes, los amigos, las chicas… Una realidad que en su escritura alcanza una dimensión casi mágica.
El suyo es un universo único e inmediatamente reconocible, como lo es el de Proust o el de Faulkner. Un mundo poblado por personajes que son a menudo perdedores, porque en efecto la infancia del escritor estuvo plagada de gentes que habían perdido la guerra. En la narrativa de Marsé se diría que el único propósito del tren de la Historia (con inmisericorde hache mayúscula) es destruir las vidas de todos aquellos que se cruzan en su camino. Tal vez pensara, en el fondo, que, en este país, llámese Cataluña o llámese España, perdedores son siempre todos, incluso los vencedores. Salvo unos pocos canallas que, como buitres, se alimentaron y enriquecieron con el desastre y sus consecuencias.
Arrancando a principios de los años sesenta, la obra de Marsé fue adscrita inicialmente por la crítica al realismo social (que quiso ver en su persona el ideal del escritor proletario), aunque en realidad sus novelas tuvieron mucho más en común, en su trabajo sobre el lenguaje y la forma novelesca, con la renovación experimental característica de la literatura de vanguardia. En realidad, su obra fue a contracorriente del realismo social aún en boga en aquella época. Sus historias siempre se construyeron sobre una conciencia moral de izquierdas, pero no obstante ajena a los sermones y al moralismo, atemperada en todo momento por el escepticismo y una socarrona mirada que nunca le hizo ascos al humor. Juan Marsé fue, ante todo, un narrador. Un relator de historias imaginadas. Quizá porque instintivamente supo, desde el primer instante, que la imaginación es el único espacio real en el que se puede soñar con lo que pudo haber sido y no fue. Vivir en una ensoñación como desquite ante una realidad demasiado cruel. Al propio Marsé no le gustaba mucho hablar de su persona, pero sí contó que escribía porque el mundo estaba mal hecho. Jamás quiso que se le etiquetase como intelectual, un concepto que parecía provocarle una cierta alergia. Aunque fue un lector compulsivo y sistemático, que no alardeaba de su cultura. Juan Marsé prefirió la sátira burlona a la gravedad de la ideología. Pero supo narrar la posguerra desde el punto de vista de los vencidos con una maestría que ya quisieran para sí muchos intelectuales posteriores que ni siquiera habían nacido en aquel tiempo. Hoy se habla mucho de discriminaciones, y techos invisibles, de identidades colectivas, y de agravios, reales, exagerados o imaginarios. Mucho menos frecuente es que se hable de la pobreza y de los pobres, simple y llanamente. De sus dificultades ya no para ascender socialmente, sino para sobrevivir. Ese fue el principal grupo social en el que se fijó Marsé.
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