Arte y Letras Historia

Nelson Mandela o el desapego al poder

Nelson Mandela en 1993. Foto Cordon.
Nelson Mandela en 1993. Foto: Cordon.

Los bramidos de la turba resonaban frente a la Biblioteca Nacional. Muchos iban ataviados a la antigua usanza. Portando lanzas y escudos tribales (ihawus). Emulando a los temidos impis (guerreros) zulúes que pelearon contra Boers y británicos.

Los herederos del famoso «Napoleón negro», Shaka, bailaban en corrillos lanzando sus estremecedores gritos de guerra. «¡Usuthu! ¡Usuthu!», clamaban al tiempo que agitaban sus ihawus. Una imagen desacostumbra para el centro financiero de una ciudad como Johanesburgo. El calendario señalaba el 28 de marzo de 1994. No eran ni las diez de la mañana. Repentinamente, la marcha de los zulús se quebró entre un tiroteo prolongado. «¡Están disparando desde los tejados»!

Todos nos tiramos al suelo. Todos no. Los periodistas principalmente. Muchos de los impis permanecían erguidos, como desafiando a las balas que seguían cobrándose víctimas. Varias personas resultados alcanzadas en las cercanías.

La manifestación siguió su camino intentando ignorar a los tiradores apostados en los edificios, pero Johanesburgo se había sumido ya en un absoluto caos. Había cadáveres tirados en medio de las calles. Hordas de chavales exaltados recorrían las avenidas destrozando vehículos y escaparates. En algunos lugares pistoleros leales a Inkatha, el partido zulú, se encontraban enfrascados en violentos tiroteos con sus adversarios del Congreso Nacional Africano (CNA), la agrupación que lideraba Nelson Mandela.

En una de las esquinas nos encontramos con un grupo de zulúes danzando de forma ritual entorno al cuerpo de uno de sus camaradas, abatido por un disparo. Al poco rato, no lejos de allí, apareció un chaval de la misma etnia huyendo de un tropel que le acosaba a pedradas. El chico no tuvo opción alguna. Lo lincharon delante de nosotros. Lo mataron a pedradas. Al final deambulaba como un zombi por la acera, escupiendo sangre, mientras los asaltantes seguían lanzándole enormes cascotes a la cabeza.

Ese día murieron decenas de personas en Johanesburgo, confirmando los peores vaticinios de los analistas locales. Faltaba poco más de un mes para las elecciones del 27 de abril, que debían poner fin a la ignominia del Apartheid, pero Sudáfrica parecía dirigirse de forma irremisible hacia una guerra civil. 

La historia está repleta de líderes, pero muy pocos podrán decir que evitaron una guerra fratricida en su país ganándose la confianza —y hasta la admiración— de sus adversarios. El final del Apartheid en Sudáfrica será siempre un ejemplo de cómo un dirigente puede ahorrar sufrimientos a su pueblo cuando no se rige por la actitud general de casi todos: su devoción por el poder.

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2 comentarios

  1. Gracias

  2. Pingback: Cómo las apuestas deportivas influyen en la experiencia del aficionado al deporte - Jot Down Sport

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