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Carrusel deportivo de la Semana Santa de Sevilla

carrusel semana santa de sevilla
Fotografía: Enrique Moya Ortiz.

Hace ya muchos años se acuñó en Sevilla un término periodístico entre plumillas que vino para quedarse: la «prensa morada». Nada que ver, por supuesto, con periodistas especializados en las lides de Podemos o en feminismo activo. Nada de esto existía por el remoto entonces.

La prensa morada (en alusión al color penitencial de muchas túnicas de nazareno) se dedicaba a la información puntual y detallada, cada vez más incesante, que se ofrecía sobre las hermandades y cofradías de la Semana Santa sevillana. A cada cosa, pues, su color. Si existía una leidísima prensa rosa, dedicada a los frívolos cócteles entre famosos, ¿por qué no podía haber una prensa morada que hablara de los intríngulis cofradieros?

Quizá el foráneo no lo entienda. Pero en Sevilla las hermandades y cofradías forman aquello que en el tiempo viejuno de los periódicos y revistas de ayer se llamaba ‘Ecos de sociedad’. Se es de una cofradía de Semana Santa como quien es del Sevilla FC o del Real Betis. Uno puede ser un magnífico neurocirujano. Pero doblará su reputación profesional y social si, a la par, resulta ser hermano mayor de una hermandad de postín. Por supuesto que hay también sevillanos ajenos al orbe cofrade. Pero, por lo general, les pasa como a Dios Todopoderoso: no se les ve, pero estar están.

De niño, como nativo sevillano (oigan ustedes, que uno fue bautizado en la Macarena), recuerdo que toda la información sobre cofradías se ceñía casi siempre al tiempo de cuaresma y, por supuesto, a la gran competición de salidas procesionales que tenía lugar de Domingo de Ramos a Sábado Santo. O sea, de la alegre Borriquita al Santo Entierro, en el día de la desesperanza total para el cristianismo.

Durante la cuaresma se desarrolla la mayoría de los cultos internos de las hermandades. Son actos de piedad religiosa, pero que también sirven para lucir galones de sevillanía pata negra (los ternos y algunos peinados tallados con fijador, en el caso de los varones, son un muestrario de «homo hispalensis» incomparablemente rancio). Los hermanos y devotos asisten a quinarios, septenarios, viacrucis, besamanos y besapies a las imágenes, triduos, traslados, funciones principales, etcétera. Igualmente, como heraldo de vísperas del Domingo de Ramos, por la ciudad se prodigan exaltaciones de la saeta, exposiciones, coloquios (algunos divertidos y heterodoxos), conciertos de marchas procesionales, presentación de carteles, estrenos de películas y documentales y, por supuesto, floridos pregones (muchos de ellos verdaderamente temibles).

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4 comentarios

  1. José Antonio

    Soy sevillano, vivo por el centro. Durante esta semana me siento secuestrado en mi barrio. ¿Hay mayor penitencia que esa?

    • Daniel R Diaz

      Desde el cariño, y de sevillanas maneras. Soy sevillano nacido y criado en la c/ Feria. Ojalá todos los secuestros que tuviéramos en la vida fueran como ése.
      Como se dijo en la película «El jovencito Frankenstein» :»Puede ser peor…puede llover…» Y en ése momento empezó a llover.
      Si eres de Sevilla, recuerda que hay barrios en Sevilla (el Tardon, los Remedios…) que «soportan» la Feria mucho más que una semana (montaje, desmontaje, ruidos, y un largo etc.).
      Como dijo el torero :»hay gente pa to»

  2. José Antonio

    Aunque lleves en parte razón, y citando frases célebres, me he acuerdo de esa que dice Comulgar con rueda de molino. Viviendo cerca de mí, sabrás lo que es vivir cerca de la Alameda de Hércules y todo lo que ello supone, y eso es todo el año. Cada vez que cojo el coche para salir fuera de la ciudad algún fin de semana (porque cuando me muevo en ella voy andando), tengo que tirarlo al río y comprarme otro el lunes. Y eso es independiente de que llueva o no.

  3. Me ha llamado la atención la fina ironía del artículo. En Castilla y León, cantera del facherío patrio, hay un fenómeno que muestra la relatividad del tiempo. Hace unos diez años se sacaron de la manga alguna procesión por ver si aumentaba el número de visitantes y se contentaba a lo hosteleros y ahora se insiste en la antigüedad de tal novedoso desfile. Y se discute, pues unos alegan que data del siglo XVII y otros consideran que algún vestigio data de la Edad Media. Nada cambia tanto como la prehistoria.

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