Hola mamá,
No tengo claro qué es lo que me lleva a escribirte. Supongo que será un intento de ordenar algunos pensamientos que ocupan mi cabeza en estas últimas semanas. Ahora que he empezado a aprender a hacer punto (estoy currándome una bufanda roja llena de agujeros), me ha dado por recapacitar. Quizá por eso las abuelas son tan sabias: porque le dan al tarro mientras hacen jerseys para los nietos y se preocupan por no estar presentes ni alzar la voz en las discusiones (con tejer ya tienen bastante), sin perder detalle, eso sí. Porque escuchan, se empapan de todo y tejen. Y porque piensan. No lo sé. Te estoy escribiendo pero, no te preocupes, no te voy a mandar una carta ni un email con este texto. Las cosas realmente importantes (últimamente parece que nos obligan a que lo único importante sea la economía) ya te las cuento por teléfono. Esto de la carta a mi madre no es más que una filigrana-cero-original que me saco por el morro para estructurar el artículo, cosas de pseudoescritor un poco trasnochado. Un homenaje muy sui generis a la literatura epistolar. Así que aunque probablemente te envíe el link (que tú no leerás porque lo de Internet no lo llevas nada bien) nunca recibirás esta carta. Prefiero que sea así: saber que no la leerás quizá me ayude a ser más libre y sincero al escribirla. Ya sabes que siempre he pecado (cada vez menos) de intentar decir aquello que se espera de mí, aunque contradiga a mi deseo. De intentar no hacerte más daño del que ya te he hecho (con algunas de mis acciones) con las cosas que digo. Cosas de hijos.
No lo hemos comentado pero estoy seguro de que mis últimas visitas a casa te han sorprendido. No mi presencia (ya sabes que intento visitaros todo lo posible aunque sea para volver cargado de jamón y tuppers a Barcelona) sino las preguntas que la acompañan. He visto en tus ojos y en los de papá la incredulidad y una cierta incertidumbre, unida a orgullo y ternura, al preguntaros acerca de los abuelos, acerca de vosotros, acerca de sensaciones y recuerdos o emociones de mi infancia y adolescencia. Os he visto suspirar aterrados probablemente pensando en por dónde os iba a salir ahora (con todas las salidas, algunas realmente temerarias, que he tenido a lo largo de todos estos años). Os he observado deseosos y encantados de encontrar las fotos que hacía años que no veía (mucho menos pedía ver). Supongo que te han dejado sin habla las charlas en la cocina mientras tú limpiabas lentejas en las que he hecho un esfuerzo de investigación en interesarme en las historias de los abuelos, en sus muertes (por motivos laborales sabes que no pude asistir a ninguno de sus funerales). Y apostaría las dos piernas a que has comentado con papá mis visitas a verles al cementerio, acompañado de Iñigo. O mis paseos, también con mi hermano, a lo largo y ancho de las calles de ese pueblo en las que crecimos juntos (mucho más pequeñas que en mi recuerdo) y en las que ya no vivís, como ocurrió estas últimas navidades. Cuando intento encontrar una razón que explique todos estos comportamientos, me escudo en la edad. El lugar común-rollo ese de que te interesas por tu pasado cuando te haces mayor. Lo cierto es que la excusa tiene algo de patética y de cobarde y no deja de ser una manera de desplazar la responsabilidad a algo externo a mi: como si la edad fuese una persona ajena a mis huesos y mis órganos. Es la edad, no soy yo. Otra mentira. Autoengaño. Quizá por eso hoy te escribo sin que tú lo sepas. Para que me ayudes, con tu presencia silenciosa, a descubrir la verdadera razón.
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Se me ha puesto la carne de gallina. Grandísimo texto. Muchísimas gracias.
Un texto increiblemente emocionante. La verdad es que no sé qué decir. he terminado de leerlo y he venido a comentarlo pero sin saber qué decir. Me siento removido. Has conseguido poner palabras a sentimientos que yo tengo a menudo. Te felicito, Javier Giner. Guardaré este texto para leerlo a menudo. Gracias.
¿Se puede decir «olé tus huevos, niño-torero» a estas horas y en este sitio?
Me ha parecido conmovedor y lleno de razón. Es algo muy necesario saber quiénes somos antes de que sea demasiado tarde para hacer preguntas.
Bravo, bravo, bravo.
«Ahora que tengo menos miedo, no me cuesta tanto ser humilde» Qué maravilla de texto. Muchísimas gracias, Javier Giner.
Tu articulo me ha tocado el corazón !! Me siento muy identificado en algunas cosas. Bravo por tu sinceridad!!
Qué decir. Qué decir, que no hayas dicho tú mismo. Me ha llegado a lo más hondo, me ha hecho incluso soltar alguna lagrimilla que otra.
Por descontado queda que este artículo lo estoy pasando a todos mis amigos y conocidos. Vale la pena hacerlo.
Espero que le hayas podido hacer llegar una copia a tu madre. Me ha encantando.
Sigue escribiendo memorias entre palabras perdidas.
La capacidad de transmitir siendo elocuente a la vez que informal es algo a destacar de tu texto.
Emocionar a otro ser humano me hace sentir grande.
Y tú has conseguido tocarme.