Javier Giner: Esta es mi memoria

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Hola mamá,

No tengo claro qué es lo que me lleva a escribirte. Supongo que será un intento de ordenar algunos pensamientos que ocupan mi cabeza en estas últimas semanas. Ahora que he empezado a aprender a hacer punto (estoy currándome una bufanda roja llena de agujeros), me ha dado por recapacitar. Quizá por eso las abuelas son tan sabias: porque le dan al tarro mientras hacen jerseys para los nietos y se preocupan por no estar presentes ni alzar la voz en las discusiones (con tejer ya tienen bastante), sin perder detalle, eso sí. Porque escuchan, se empapan de todo y tejen. Y porque piensan. No lo sé. Te estoy escribiendo pero, no te preocupes, no te voy a mandar una carta ni un email con este texto. Las cosas realmente importantes (últimamente parece que nos obligan a que lo único importante sea la economía) ya te las cuento por teléfono. Esto de la carta a mi madre no es más que una filigrana-cero-original que me saco por el morro para estructurar el artículo, cosas de pseudoescritor un poco trasnochado. Un homenaje muy sui generis a la literatura epistolar. Así que aunque probablemente te envíe el link (que tú no leerás porque lo de Internet no lo llevas nada bien) nunca recibirás esta carta. Prefiero que sea así: saber que no la leerás quizá me ayude a ser más libre y sincero al escribirla. Ya sabes que siempre he pecado (cada vez menos) de intentar decir aquello que se espera de mí, aunque contradiga a mi deseo. De intentar no hacerte más daño del que ya te he hecho (con algunas de mis acciones) con las cosas que digo. Cosas de hijos.

No lo hemos comentado pero estoy seguro de que mis últimas visitas a casa te han sorprendido. No mi presencia (ya sabes que intento visitaros todo lo posible aunque sea para volver cargado de jamón y tuppers a Barcelona) sino las preguntas que la acompañan. He visto en tus ojos y en los de papá la incredulidad y una cierta incertidumbre, unida a orgullo y ternura, al preguntaros acerca de los abuelos, acerca de vosotros, acerca de sensaciones y recuerdos o emociones de mi infancia y adolescencia. Os he visto suspirar aterrados probablemente pensando en por dónde os iba a salir ahora (con todas las salidas, algunas realmente temerarias, que he tenido a lo largo de todos estos años). Os he observado deseosos y encantados de encontrar las fotos que hacía años que no veía (mucho menos pedía ver). Supongo que te han dejado sin habla las charlas en la cocina mientras tú limpiabas lentejas en las que he hecho un esfuerzo de investigación en interesarme en las historias de los abuelos, en sus muertes (por motivos laborales sabes que no pude asistir a ninguno de sus funerales). Y apostaría las dos piernas a que has comentado con papá mis visitas a verles al cementerio, acompañado de Iñigo. O mis paseos, también con mi hermano, a lo largo y ancho de las calles de ese pueblo en las que crecimos juntos (mucho más pequeñas que en mi recuerdo) y en las que ya no vivís, como ocurrió estas últimas navidades. Cuando intento encontrar una razón que explique todos estos comportamientos, me escudo en la edad. El lugar común-rollo ese de que te interesas por tu pasado cuando te haces mayor. Lo cierto es que la excusa tiene algo de patética y de cobarde y no deja de ser una manera de desplazar la responsabilidad a algo externo a mi: como si la edad fuese una persona ajena a mis huesos y mis órganos. Es la edad, no soy yo. Otra mentira. Autoengaño. Quizá por eso hoy te escribo sin que tú lo sepas. Para que me ayudes, con tu presencia silenciosa, a descubrir la verdadera razón.

Estoy seguro de que alguna noche, haciendo tus crucigramas, habrás pensado: Y a éste… ¿qué le pasa ahora?

Bien, pues ahora, que no me lees y que tengo treinta y cuatro, creo que puedo confesarte que siempre me atrajeron y envidié a aquellas personas que lo saben todo acerca de su historia. Yo, como bien sabes, he huido toda mi vida de ella hasta el punto de que, a menudo, pienso que Iñigo no es mi hermano, sino una enciclopedia con piernas de mi vida, de mi infancia, de todos los recuerdos que no tengo o he querido borrar. Él sí se acuerda de todo aquello que yo hice, dije, fui. Curioso que sea él y no yo, ¿no te parece? A mi sí. Iñigo parece ser el recipiente del recuerdo de ambos, puesto que yo he ido pasando de etapa en etapa anulando la anterior, deshaciéndome de ella, borrándola. He renacido dieciocho veces en dieciocho lugares distintos. ¿Te acuerdas de aquella terapeuta lesbiana que estaba empeñada en decir que lo mío era desarraigo?

Anoche me descubrí en la cama emocionado con ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? de Jeanette Winterson, una de mis escritoras de cabecera. Son sus memorias, mamá, la recolección caprichosa de sus recuerdos. En ella Winterson hace un poco lo que yo vengo haciendo estos últimos meses: recuerda. Hace las paces con su pasado (en el caso de ella muchísimo más dramático que el mío, dónde va a parar, aunque los dramas, al contrario de lo que la gente piensa, son traumas internos, a menudo sin necesidad de acontecimientos externos tremendos). Winterson analiza a través de sus recuerdos (a ella se los arrebataron) los conceptos del vacío, pérdida, amor y anhelo (curiosamente los mismos pilares sobre los que se ha basado toda su literatura). Hablé del libro con un amigo y en esa conversación solté sin pensar la siguiente frase: “yo sólo leo novelas, las memorias no me interesan”. A los pocos minutos, haciendo punto, comencé a pensar que eso no es cierto. Todo lo contrario. En los últimos meses, en el último año, inconscientemente he comenzado a leer memorias (algunas noveladas, otras no). Biografías. He leído historias, en el sentido más literal de la palabra. Ahora, mientras escribo esto, se me hace transparente que comencé a hacerlo en el momento en el que comencé a darle importancia a mi vida. Así, en estos últimos meses me han acompañado maravillas como Lo que nos queda por vivir de Elvira Lindo (una novela-ficción con mucho de sentimiento real), Una historia de amor y oscuridad de Amos Oz, Otra noche de mierda en esta puta ciudad de Nick Flynn, Experiencia de Martin Amis, De vidas ajenas de Emmanuel Carrere, Hacia el amanecer de Michael Greenberg y algunos otros. Hace dos semanas acudí a la inauguración de la exposición de mi amigo pintor Miguel Leal, que él tituló Desencuentros y que parte de ella se estructura en torno a una serie llamada Niños perdidos: una recomposición de infancias apabullantemente emocionante.

¿No te parece todo de una casualidad casi ridícula?

Ahora entiendo que voy leyendo y sintiendo aquello que voy buscando. Sin saberlo. Me he ido echando a la espalda testigos y participantes de un camino que ni yo mismo sabía que estaba emprendiendo: el mío, mi descubrimiento, mi historia, mi memoria, por fin. Y cuando voy a terapia, hablo más de los años que olvidé (o intenté olvidar, porque nunca se olvidan y siguen ejerciendo poder aunque los conviertas en una segunda o tercera o cuarta piel) que de lo que me ocurre hoy en día. Comienzo a vivir desde el momento en donde me dejé. La vida es la hostia. Se vuelve siempre al sitio que dejaste.

Creo que el interés comienza y termina en mí. Sabes mi historia, porque estás unida a ella y la conoces como si fuera la tuya, y eres consciente de todas las veces que he mudado de piel, haciendo, por etapas, imposible comunicarse conmigo. En las postales psico-comerciales de autoayuda lo resumen con la frase de “a veces es necesario perderse, para poder encontrarse”. Me jode darle la razón al negocio psico-expréss pero algo así creo que me ha ocurrido. Y ahora me debo de encontrar en el meollo de mi encuentro, nunca mejor dicho. Te lo explicaré de otra manera: se cayó el disfraz. Me cansé de huir. La resistencia se ha deshecho. Ya no me quedan más personajes por explorar ni interpretar porque entiendo que cada uno de ellos no es más que un nuevo intento de no enfrentarme a quien en realidad soy, una forma de evasión y escapatoria más que unir a las muchas que me caracterizan. Por eso ahora os pregunto y leo memorias. Porque quiero saber quién soy. Porque quiero entenderme. Yo. Ese pronombre tan sencillo y tan complejo que me ha tomado treinta y cuatro años comenzar a entender: yo. Quién es ese yo. El real, no el de la máscara, no el de los estrenos, ni el de las cenas, ni el de las sonrisas gratuitas, ni el histriónico ni el generoso. No más adjetivos. Ahora busco al yo más íntimo. El que, inconscientemente, me llena de fuerza para levantarme cada día. Aquel yo al que tanto tiempo he tenido abandonado. Buscándole en todos aquellos lugares en los que siempre tuve la seguridad de que nunca le encontraría. Por eso te pregunto ahora por ti y por papá y por los abuelos y por Barakaldo. Por eso ahora voy al cementerio cuando os visito para ver sus tumbas. Para hablar con ellos en silencio. Ahora por fin entiendo que mucho de vosotros vive en mí. Y que, por mucho que me rebele, no conseguiré cambiarlo. Algunas cosas sí. He aprendido a no hacer míos vuestros conflictos, por pura salud mental. Pero en un nivel básico, natural, soy parte indivisible de vosotros, como vosotros lo sois de mí.

Voy aprendiendo que no puedo obviar todo lo que ocurrió hace años, lo que me hizo quien soy, lo que sentí, que esas experiencias son las que revivo hoy a diario, aunque mi vida no tenga nada que ver. Sé que necesito ser capaz de hablar con el niño obeso que devoraba dulces y sentía angustia mientras estudiaba en Jesuitas, y también con el estudiante repelente de contestación rápida y ocurrente, y con aquel adolescente que no dormía bien en el Colegio Mayor masculino y que intentaba esconder su homosexualidad en un terreno lleno de testosterona de macho agresivo. Quiero aprender a relacionarme con el chaval que no se iba a dormir hasta que sentía que habíais vuelto, apostado sobre una silla tras la puerta con el ojo clavado a la mirilla. El que se lo pasaba en grande escuchando barbaridades salir de boca de su abuelo Mariano. Necesito hacer presente y dialogar con el niño que hacía teatro y que fumaba y veía porno a escondidas con su primo Joserra, al que le encantaba llamar la atención y grabar películas del UHF en su Beta. Porque ese soy yo. Quiera o no.

Por eso tampoco entiendo que intenten condenar a un juez que investiga la memoria. Que lo increpen como sectarista o político o megalómano. Nunca he pensado, ni pienso, que el conocimiento o la memoria sean políticos. Como a todo, se le puede dar el uso que se precise y la manipulación está a la orden del día, lamentablemente para todos. Pero la memoria no es política. Necesaria, sí. De cualquier bando, color, raza o credo. No entiendo que haya personas que no quieran cerrar heridas de otros seres humanos por miedo a la pérdida de poder. Me resulta extraterrestre. Con tanto jaleo a trancas y barrancas con la Educación para la Ciudadanía y la Religión y demás, quizá debieran ponernos una clase en la que nos enseñasen a no perdernos de pista, a cada uno de nosotros, y descubrir las fosas comunes que todos tenemos: reales, y mentales también. Rompiendo una lanza a favor de la memoria, en cualquiera de todas sus vertientes posibles, social o individual.

Hace menos de un mes enmarqué la foto que acompaña a este texto en la que salís con el abuelo. Ahora cuelga de mi pared y la veo a diario. Me emociona veros jóvenes, junto a ese hombre al que apenas conocí, sabiendo que a fuerza de valentía nos sacasteis adelante a Iñigo y a mí. Y no ha sido sencillo, me consta. Os hemos dado mucha guerra. Veo la foto y entiendo que también tuvisteis una vida y deseos y miedos e inseguridades y anhelos y resistencias, antes de que naciéramos. Ahora sé que el lugar que le corresponde a esa foto es mi casa, la que no comparto con vosotros, cerca de mis ojos. Para no olvidarme nunca de quién soy y de a quién estoy empeñado en descubrir. Comprendiendo por fin que sólo puedo encontrarme penetrando en esos días, en esas historias que tanto tiempo tuve abandonadas. Las mías, mis sensaciones, mis automatismos, mis necesidades, mis afectos, mis miedos y mis frustraciones que, para lo bueno y para lo mano, también son un poco las vuestras.

Aunque probablemente no te hubiese escuchado deberías haberme explicado que siempre se vuelve al comienzo lo que equivale a decir a mis días con vosotros, a cubierto. Que esos años me marcarían aunque luego yo intentase borrarlos a golpe de enfrentamientos, rebeldías y ninguneos. Que crecer quizás se trate de eso, y que un día iba a darme cuenta por fin: de dejar de negaros para dejar de negarme, de recuperar al niño asustado que siempre fui. De aprender a darle ánimos, sin presionarle para ser lo que no era ni es. De dejar de ser esclavo de la condena de aparentar. De romper el silencio. De recordar. Ya te digo: aunque debieras haberlo hecho, no hubiese servido de nada. Aún no estaba preparado para escucharlo. Era joven, inexperto y desconocía muchas cosas. Aunque tenía mucha boca. Y demasiada actitud. Ahora que tengo menos miedo, no me cuesta tanto ser humilde.

Seguiré preguntándote. Y espero que tú me sigas contando entre lentejas. No sólo tú, también papá e Iñigo. No quiero ser como España: ahora que me he puesto, no quiero olvidar, quiero removerlo todo y sacarlo a la luz, para poder darme consuelo cuando sienta los vacíos (que vendrán). Para hacerme fuerte desde la realidad de un conocimiento honesto, aceptándome por fin. Estoy decidido a convertirme en una de esas personas que tanto envidié: las que conocen su historia y saben quiénes son.

Hoy me dormiré con las palabras de Winterson, las que subrayé anoche mientras leía sus memorias: “Necesitaba palabras porque todas las familias infelices sellan un pacto de silencio. Quien rompa ese silencio jamás será perdonado. Él o ella tendrá que aprender a perdonarse a sí mismo”.

Estoy orgulloso de poder decir que leo memorias. Aunque no me hubiese dado cuenta hasta ahora.

Te adoro.

Tu hijo.

 

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10 comentarios

  1. Se me ha puesto la carne de gallina. Grandísimo texto. Muchísimas gracias.

  2. Arturito

    Un texto increiblemente emocionante. La verdad es que no sé qué decir. he terminado de leerlo y he venido a comentarlo pero sin saber qué decir. Me siento removido. Has conseguido poner palabras a sentimientos que yo tengo a menudo. Te felicito, Javier Giner. Guardaré este texto para leerlo a menudo. Gracias.

  3. ¿Se puede decir «olé tus huevos, niño-torero» a estas horas y en este sitio?

  4. Me ha parecido conmovedor y lleno de razón. Es algo muy necesario saber quiénes somos antes de que sea demasiado tarde para hacer preguntas.

  5. Bravo, bravo, bravo.

  6. Humilde

    «Ahora que tengo menos miedo, no me cuesta tanto ser humilde» Qué maravilla de texto. Muchísimas gracias, Javier Giner.

  7. Tu articulo me ha tocado el corazón !! Me siento muy identificado en algunas cosas. Bravo por tu sinceridad!!

  8. Qué decir. Qué decir, que no hayas dicho tú mismo. Me ha llegado a lo más hondo, me ha hecho incluso soltar alguna lagrimilla que otra.

    Por descontado queda que este artículo lo estoy pasando a todos mis amigos y conocidos. Vale la pena hacerlo.

  9. EstelaS

    Espero que le hayas podido hacer llegar una copia a tu madre. Me ha encantando.

  10. Sigue escribiendo memorias entre palabras perdidas.
    La capacidad de transmitir siendo elocuente a la vez que informal es algo a destacar de tu texto.

    Emocionar a otro ser humano me hace sentir grande.
    Y tú has conseguido tocarme.

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