
Viernes, 23 de julio de 1976. En el Shea Stadium neoyorquino cincuenta mil personas se apretujan para ver en directo a Jethro Tull. El escocés Ian Anderson, cabecilla de la formación, está a punto de participar en lo que más tarde calificaría como el peor concierto de su vida. Y aquellas eran palabras mayores en la carrera de un tipo que tocó con su banda en Denver mientras la policía dispersaba a la audiencia con granadas de gas, o que actuó frente a una multitud entre la que se escuchaban disparos de armas de fuego. Alguien que sobre los escenarios había recibido el impacto de cosas tan agradables como una pelota de béisbol o un tampón usado. El Shea Stadium tampoco era la ubicación ideal para un buen bolo. La acústica del lugar era deficiente, y el zumbido de los aviones sumado a los fuegos artificiales y celebraciones de la zona circundante apagaban por completo cualquier posibilidad de ofrecer un concierto decente. Pero el sonido iba a ser la menor preocupación del músico en aquella noche.
Justo antes de salir a escena, con Anderson fresco como una rosa y con ropa recién lavada para afrontar el show, la cosa no empezó bien: desde la grada situada sobre la entrada de los artistas alguien derramó sobre el impoluto Anderson un vaso de cerveza caliente con una precisión fabulosa. El hombre, fastidiado, remojado y sin tiempo para ir a cambiarse, caminó hacia el escenario, agarró su guitarra y comenzó a entonar los versos de «Thick as a Brick». Y entonces lo olió. Y se dio cuenta. Es cierto que la lluvia dorada es lo que una estrella de rock entiende por un lunes aburrido, pero cuando no existe el consentimiento previo la cosa toma una senda mucho menos festiva. A Anderson le habían meado desde arriba, «un bautismo impío desde las alturas» como apuntaría el músico. Diligentemente, el caballero no detuvo el espectáculo y se tiró el concierto entero con toda aquella orina ajena por encima. Y odiando mucho a la raza humana.

Tener un mal día en el trabajo es algo normal para cualquiera. El problema en el caso de los músicos es que una jornada torcida puede acabar degenerando en algo muy anormal para el ciudadano medio: en un desastre presenciado por cientos, miles o millones de personas. Es lo que tiene la vida del artisteo. Un día se te escapan los gallos del corral para destrozar el estribillo y otro patinas en una nota, falla el equipamiento, te riegan con orines, se desata una batalla campal en las gradas o te secuestran en Indonesia para obligarte a tocar a punta de pistola mientras tu mánager está encerrado en prisión acusado de asesinato. Lo típico. El drama bajo los focos, el directo abyecto, el desastre de función. Lo que va a ocurrir en estos artículos es, en el fondo, bastante rastrero e infame, pero históricamente curioso. Una recapitulación del fracasar mejor, que decía Petróleo. Accidentes ante micrófonos, tensiones entre los músicos, playbacks humillantes, Ángeles del infierno homicidas y un rapero con buen tránsito intestinal. Los peores conciertos de sus vidas.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Deep Purple norteamericanos?
Por comentar: Dudo que en la actuación conjunta de Lou Reed y Genesis, Steve Hackett estuviese «presente en el lugar para acompañar al músico americano». Hackett era el guitarrista de Genesis
Delicioso artículo
Hola Diego
Me ha gustado el articulo, lo fácil hubiese sido la lista de los eventos con más «bajas».
Seguramente el comentario sobre Lou Reed lo haría Steve Hunter que era, con Dick Wagner, los guitarras de la gira. Y, para disfrutar, de allí sale uno de los mejores discos en directo «Rock n Roll Animal».
Conectando con el comentario «escoces» de Status Quo la leyenda dice que fue precisamente en aquellos parajes donde se originó el incidente que está en la historia por dar pie a una de esas canciones que ponen la banda sonora a «reportajes moviditos»; la adrenalítica «Ballroom Bliz» de Sweet. ¡Qué año el SetentayTres!
Un saludo, Manuel.
Soy un melómano perdido, sin embargo (por alguna razón) no tengo ni una sola canción de Limp Bizkit en mis discos duros.
Bueno, soy un cinéfilo perdido, sin embargo (por alguna razón) no tengo entre mis aproximadamente 2.600 películas, ni una de Errol Flynn.
Robin Hood
Gentleman Jim
Murieron con las botas puestas
Pingback: El peor concierto de sus vidas (2) - Jot Down Cultural Magazine
Bueno, soy un lector desaforado, sin embargo (por alguna razón) no tengo entre mis aproximadamente 12 millones de libros ninguno de Felix de Azúa. Y ruego que si alguna vez me ven con un libro suyo en las manos, me las corten con una cimitarra turca oxidada.
Permítame recomendarle «Diario de un hombre humillado», creo que le gustará.