
No trabajaba en El Gran Hotel Budapest, pero un botones tan listo como el protagonista de la película de Wes Anderson fue clave en la carrera de Ingrid Bergman. Los padres del chico, suecos instalados en Nueva York, habían visto Intermezzo, producida en su tierra y protagonizada por una joven actriz que les llamó la atención. Tanto que se lo comentaron a su hijo, y este, en uno de los trayectos arriba y abajo del edificio de oficinas de Manhattan en el que trabajaba, a Kay Brown, asistente del productor David O. Selznick.
Brown fue a ver la película. Y, sí, el rostro, la intensidad y luminosidad de Ingrid Bergman le interesaron. Una llamada y un envío postal más tarde, Selznick echaba un vistazo a la copia de Intermezzo en Hollywood. Subido en esos tiempos en la montaña rusa en la que se había convertido la producción de la película por la que será siempre recordado, Lo que el viento se llevó, encargó que se adquirieran los derechos y se contratara a Bergman con la diligencia de quien hace la lista de la compra. A esas alturas había quedado claro que se podía fiar del instinto de Kay Brown, fue ella la que le hizo descubrir la novela de Margaret Mitchell que le haría leyenda.
La joven actriz sueca, tan joven y tan convincente como la vulnerable protagonista de Intermezzo, despertó su instinto de protección y fue invitada a quedarse en el hogar de los Selznick cuando llegó a Hollywood. Irene, al verla llegar con una sola maleta, se quedó atónita. David tardó un poco más en conocerla. Se atragantó con la cena tardía que comía ávidamente en la cocina. «Quítate los zapatos, por favor». Y ella: «Son planos». La altura, uf, las cejas, los dientes. Y, por supuesto, el nombre. Bergman sonaba muy alemán e Ingrid sería difícil de pronunciar, buscarían otro.
A lo largo de su carrera la actriz no se cansó (o eso parecía) de recordar cómo Hollywood quiso adaptarla a la idea de lo que creían que una estrella de cine debía ser. Lo contaba añadiendo que no sabía de dónde sacó las fuerzas pero que dijo que no a todo, que se volvía a su Suecia natal. Lo paradójico es que, con su «coraje, gusto por la aventura, sentido del humor y un poco de sentido común», los ingredientes que según ella misma la definían, alumbró con esta decisión otro modelo de estrella en los años más dorados de Hollywood.
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Una de las mejores actrices de cine clásico, mi favorita junto a Katharine Hepburn y Elizabeth Taylor.