Arte y Letras Historia

Veinte segundos hace dos mil quinientos años en Esparta

Jóvenes espartanos ejercitándose, Edgar Degas, 1892.
Jóvenes espartanos ejercitándose, Edgar Degas, 1892.

Este texto es un adelanto de nuestra trimestral Jot Down  nº 46 «Rupturas»

Una mañana de primavera del año 464 a. C., una liebre se adentra en Esparta, trota hasta el centro de la ciudad y se detiene exactamente en el umbral de la puerta del gimnasio. Si era un dios benevolente o una liebre de verdad, en eso no vamos a entrar. 

A esa hora, el gimnasio está lleno de muchachos. Los niños y adolescentes espartanos viven acuartelados y dedican sus días a fortalecer el cuerpo y aprender el arte de la guerra. Es la agogé, la famosa educación espartana. Unos cuantos, cinco o seis, divisan al animal en la puerta y se proponen darle caza. La liebre echa a correr y los muchachos se pierden tras ella por las callejas que llevan hasta el mercado de la ciudad. La chiquillada les salva la vida. En aquel momento se desata el mayor terremoto que se recuerda en la historia de Esparta. El gimnasio se viene abajo y todos los jóvenes que había en su interior mueren sepultados.

Eso cuenta Plutarco, uno de los autores que repasan el acontecimiento con más detalle1. Eso y que todavía en su época, varios siglos después, existía la tumba colectiva donde se había dado sepultura a los efebos de la polis. Se llamaba Sismacía, un nombre que aludía al seismós, al gran terremoto de Esparta. El temblor, según él, solo dejó cinco edificios en pie. Diodoro Sículo, otro historiador, habla de veinte mil personas muertas. Estas cifras no deben tomarse a pies juntillas, pero podemos tener claro que fue un verdadero cataclismo. Algunas investigaciones modernas estiman que el epicentro fue una falla bajo el monte Taigeto, en cuyas mismas faldas se levanta la ciudad, y que el terremoto pudo alcanzar un valor de 7,2 en la escala de magnitud de onda superficial, más que suficiente para provocar derrumbes generalizados en decenas de kilómetros a la redonda2. Su duración debió rondar los veinte segundos.

Hay alguien a quien el temblor no afecta demasiado: los ilotas. Casi todos viven fuera de Esparta, en los campos de labor que rodean la ciudad. Sus casas, muy humildes, son de adobe, cañas y paja. No tienen nada que ver con las suntuosas viviendas de la polis, muchas de las cuales incluso tienen pisos, techos de teja y patios columnados. Tampoco se les viene encima alguno de los imponentes edificios públicos de la ciudad: ellos se mueven entre silos para el grano, establos para el ganado y poco más. Los ilotas son esclavos. Son, concretamente, esclavos campesinos. Y son propiedad del Estado. Son los únicos esclavos del Peloponeso que no pueden comprarse ni venderse y los únicos que pertenecen a una misma etnia. La leyenda dice que ellos estaban antes, que aquellas tierras eran suyas, pero que luego llegaron los espartanos y los convirtieron en esclavos. Hasta entonces, su capital era Helo, una ciudad que estaba cerca de allí. Fue fundada por Heleo, el cuarto hijo de Perseo y Andrómeda. Por eso ellos se llaman (h)ilotas. Ahora, la ciudad ya no existe y el gentilicio ha perdido el sentido. Ahora, ilota solo significa esclavo3.

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2 comentarios

  1. Impecable. Gracias

  2. Hacía demasiado tiempo que no disfrutaba con un artículo de Jotdown, ¡gracias!

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