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Protestante y rebelde: Luis Cernuda, surrealista

Luis Cernuda. (DP)
Luis Cernuda. (DP)

Al cumplirse los cien años del Primer manifiesto del surrealismo, parece oportuno fijar la atención en uno de los grandes poetas surrealistas españoles, Luis Cernuda, cuya obra bajo la égida de la revuelta preconizada por el grupo francés se hace patente en los libros Un río, un amor y Los placeres prohibidos (el primero de 1929 y el segundo de 1931, pero que, salvo adelantos en revistas y antologías, no vieron la luz hasta 1936, con su aparición conjunta en la primera edición de La realidad y el deseo).

Queriendo huir de la cárcel rigurosa (versos como barrotes exactos) en la que él mismo se había metido al escribir Perfil del aire (1927) y luego Égloga, elegía y oda, dos libros muy encorsetadamente formalistas (aunque con aires simbolistas y por entonces modernos), Cernuda ensanchó el espectro de sus lecturas francesas y miró hacia el nuevo fenómeno venido de Francia, el surrealismo, abriendo sus ojos a André Breton y su grupo (con Louis Aragon ya estaba familiarizado).

En carta de Higinio Capote de 4 de diciembre de 1929, decía a este que quisiera tener en Madrid (es decir, que le enviara desde Sevilla, donde había quedado su biblioteca, confiada a su amigo) Les pas perdus del primero y Les aventures de Télémaque, Le libertinage y Le paysan de Paris del segundo, todas obras publicadas entre el annus mirabilis de 1922 y 1926. De esos libros tenía un ejemplar del primero y del tercero, servidos por la librería de León Sánchez Cuesta. De Le libertinage ya había intentado hacerse en 1926 pidiéndolo también a Sánchez Cuesta, pero sin éxito, y había adquirido el mismo año una obra anterior: Anicet ou le panorama, de 1921. 

De Paul Éluard compró igualmente en 1926 Mourir de ne pas mourir. Y a principios del año siguiente Le laboratoire central, de Max Jacob, escritor también vinculado al movimiento. Pero tan interesante como esto es ver que, también en 1926, pedía la obra de un precedente del surrealismo, Isidore Ducasse, conde de Lautréamont, incluidos los Cantos de Maldoror. Y que Pierre Reverdy, con importantes puntos en común con el surrealismo, ya le era familiar, y perceptible su huella desde Perfil del aire.

Hablando de Paul Éluard, anotó en Historial de un libro (1958): «el surrealismo, con sus propósitos y técnica, había ganado mi simpatía. Leyendo aquellos libros primeros de Aragon, de Breton, de Éluard, de Crevel, percibía cómo eran míos también el malestar y osadía que en dichos libros hallaban voz». Y recuerda a continuación que «no podía menos de sentir hostilidad hacia esa sociedad en medio de la cual vivía como extraño».

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2 comentarios

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