Ciencias

El editor científico

El editor científico Ilustración de Pablo Amargo.
Ilustración de Pablo Amargo.

Al poco de doctorarme imaginaba al editor de una revista científica como un T. S. Eliot, tras su mesa de nogal en Faber&Faber, construyendo con sus elecciones el corpus de la literatura. No la Literatura, así con mayúscula, sino algo más modesto, la literatura científica. Le imaginaba leyendo varios manuscritos cada día, cómodamente instalado en su sillón en la esquina mejor iluminada de una sala amplia forrada de maderas, mecido por el silencio en el que nace la voz interior, seleccionando bajo el peso de la responsabilidad aquellos textos que merecían ser mandados a los revisores y después a la imprenta para que el resto de los científicos los pudiesen conocer. 

Con el tiempo he llegado a ser uno de los editores de una revista científica muy prestigiosa en su campo, Atmospheric Research, además de editar la colección Ciencia y divulgación de la editorial Renacimiento. En veinticinco años han cambiado muchas cosas, pero aquella idea de cuando tenía veintiséis años sigue clavada en mi mente como una referencia en lo que se supone que tiene que ser el trabajo de un editor científico. Me he dado cuenta de esto al discutir hace unas semanas en Twitter. Una cuenta (@gemagoldie; a saber quién es) se quejaba de que los editores permitimos que los revisores abusen de su poder obligando a que los autores les citen. 

Una de mis taras es que me gusta discutir, incluso con anónimos, así que le dije que eso no era cierto, y que para eso estábamos los editores, para proteger a los autores de críticas injustificadas, chantajes, o de intentos de aprovecharse del trabajo ajeno. El ponerlo así, por escrito, y decirlo en público, me llevó a recordar a Eliot, un poeta al que adoro desde que le descubrí a los dieciséis años y que además de convertir para siempre a abril en el mes más cruel, me enseñó la virtud del ritmo y de las imágenes en el verso libre, así como del carácter metafísico del arte. El tuit también me hizo reflexionar sobre la necesidad de explicar qué hacemos los editores científicos a la gente que no forma parte del mundo académico, porque me da la impresión de que es un trabajo poco conocido y a menudo malinterpretado.

Antes de nada, aclarar que la inmensa mayoría de los editores científicos no cobramos ni un céntimo por nuestro trabajo. Se entiende que es una tarea que alguien de la comunidad tiene que hacer, y uno dedica parte de su tiempo a ella cuando alguien le propone para ese puesto. Para hacer más atractivo el trabajo se le añade una capa de prestigio. Ser editor da puntos entre los colegas —especialmente si la revista es de esas en las que la gente se mata por publicar, como es el caso— y se aprende mucho de la práctica científica y del narrar, pero más allá de eso no recibimos ningún pago ni gratificación por trabajar para las grandes editoriales que, hay que decirlo, ellas sí se forran. 

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6 comentarios

  1. A mi ese mundo me es totalmente ajeno pero me parece interesante lo que cuenta. Me ha gustado. El artículo está muy bien escrito y se ve que este señor «se toma en serio» lo que hace.

  2. Qué chulada, y qué interesante.

    Muchas gracias.

  3. ¿ Que pasaría si en ámbitos en los que se deciden temas importantes a LP para la vida publica un grupo de técnicos funcionase con estos criterios de transparencia, en lugar de politicos que solo ven a CP?.

  4. Muy interesante esta mirada a través del ojo de la cerradura de un mundo que para muchos es opaco. Está bien que se sepa como funcionan las cosas a esos niveles.

  5. Una magnífica descripción de una tarea científica que muchas veces es desconocida, cuando no directamente llena de prejuicios y afirmaciones infundadas. Muchas gracias

  6. Jorge de Burgos

    Muy claro e interesante. Pero no veo crítica al sistema de publish or perish. O es muy sutil.

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