
La Reserva Federal es ese personaje secundario de las novelas de espías: callado, riguroso, con gafas de pasta y aspecto inofensivo, pero que siempre sabe algo que los demás no. Cuando las economías tiemblan, el guion habitual dicta bajar tipos, llenar de billetes los mercados y cruzar los dedos. Sin embargo, en Washington decidieron cambiar de libreto. Aunque la guerra comercial entre Estados Unidos y China amenazaba con incendiar el tablero mundial, en la Fed no mueven una ceja. Tipos altos, gesto serio y silencio administrativo. Ni una lágrima por el sector manufacturero.
El motivo, por más árido que suene, es técnico. No porque les falte corazón, sino porque la inflación no entiende de sentimentalismos. Los aranceles, que suenan a política exterior, pero actúan como impuestos internos, encarecen los productos importados. Es decir, el café, los teléfonos, los coches… Suben los precios y con ellos las cejas de los responsables monetarios. La inflación no llega aquí en traje de gala, sino disfrazada de aduana.
Ahí entra en escena un actor con nombre de aparato quirúrgico: el Ratio de Cobertura de Intereses. Mide si las empresas pueden pagar los intereses de sus deudas con lo que ganan. Con tipos altos, el coste de la deuda se dispara. Las empresas tiemblan, los bancos también. Pero en la Fed no ceden. Porque bajar los tipos para aliviar a las compañías sería como inflar un flotador con una bomba de aire caliente: sube, pero no sabes cuándo explota. Y, sobre todo, manda el mensaje equivocado: que toleramos una inflación más alta. Eso es lo que más les quita el sueño a los tecnócratas.
La Fed tiene un mandato dual: que haya trabajo y que los precios no se desboquen. Lo segundo preocupa más que lo primero cuando los aranceles elevan los precios. Porque si se bajan tipos con la inflación en ascenso, no es que no arregles nada, es que lo estropeas. Jerome Powell ya lo explicó con su tono monocorde en el Congreso: «los aranceles son un shock de oferta negativo». Traducido al lenguaje de la calle: provocan subidas de precios y frenazo económico. Y no hay manera fácil de lidiar con eso.
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