
Hay algo casi hipnótico en la palabra minimalismo, un susurro que nos llama a despojarnos de lo accesorio para buscar la esencia, como si allí estuviera la salvación. Es fácil rendirse a su promesa de pureza, a esa línea limpia, a la blancura casi religiosa de los espacios que parecen recién ventilados, listos para recibir una vida mejor. Pero en su sencillez se filtra también la trampa de clase, el susurro orgulloso de quien puede renunciar porque ya tiene bastante. El minimalismo, convertido en estética dominante, se presenta como moralidad aspiracional, una virtud encarnada en muebles de roble claro y en casas donde no sobra ni una arruga, y que hace de la renuncia un nuevo signo de estatus.
Una mesa vacía, un jarrón con una única rama seca, cajas de almacenaje: todo ello dice sin decir, proclama sin estridencias. Habla de control, de contención, de una capacidad para decidir qué se elimina y qué se conserva. «Menos es más», repetimos, como si eso nos elevara espiritualmente. Pero menos, a veces, es más solo para quien ya tiene de sobra. Hay en el minimalismo contemporáneo una tensión entre la ética y el privilegio. Porque la pobreza no elige vaciar su casa de objetos superfluos: simplemente no puede llenarla. La austeridad, romantizada, se vuelve entonces un juego estético que solo unos pocos pueden costearse.
De protesta a producto: el giro comercial del minimalismo
Y, sin embargo, el minimalismo nació de un grito de protesta, no de un catálogo de escaparate. Era la rebeldía de los artistas que querían eliminar la retórica para llegar al hueso de la experiencia. Se propuso como una ética de la claridad, como una forma de devolver dignidad al objeto, de rechazar la mercancía innecesaria y el ornamento impostado. En muchas de aquellas primeras obras —lienzos monocromos, esculturas geométricas, instalaciones casi vacías— incluso los marcos se despojaban de ornamentación, reducidos a su función más básica: sostener sin distraer.
Recordarlo incomoda, porque obliga a confrontar lo que se ha convertido hoy: un producto rentable, otra tendencia a explotar. La Revista Mercurio, que dedicó su número de junio a este tema, lo sugiere con un pellizco crítico: el minimalismo que surgió para cuestionar los excesos ha terminado sirviendo como coartada para la misma maquinaria de consumo que prometía frenar.
El consumo se transformó hace tiempo en narrativa, y la publicidad dejó de vender atributos para vendernos historias. El minimalismo encaja ahí como un guante: su relato de autenticidad, de armonía y paz interior, encandila a quien ya está harto de ruido. Nos hace creer que la belleza se encuentra en la renuncia, sin preguntarnos si en esa renuncia no hay también un gesto de vanidad. Hay algo incómodo en la mirada limpia de los espacios minimalistas cuando la pensamos al lado de un planeta saturado de desechos, de barrios donde la acumulación es necesidad y no vicio.
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