Minimalismo y el arte de doblar camisetas

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¡A ordenar con Marie Kondo! (2019– ). Imagen: Netflix.

En la década de los sesenta surgía en Estados Unidos el término minimalismo para definir un tipo de arte desprovisto de casi todo. Aunque el concepto no se acuñó hasta finales de aquella década, en arquitectura Ludwing Mies van der Rohe ya diseñó, junto a Lilly Reich, el Pabellón de Alemania para la Expo de Barcelona de 1929. Este edifico cumple con el principio del arquitectónico estilo moderno de principios del siglo XX y con algo que Mies defendió en todos sus proyectos: menos es más. 

En 2016 aparecía un documental llamado Minimalismo: las cosas importantes. Sin embargo, en los setenta y ocho minutos de metraje no se habla ni una vez sobre arte o arquitectura, sino de un estilo de vida. Hoy en día, se conoce al minimalismo como una filosofía que sigue cumpliendo con el mismo principio que la Casa Farnsworth de Mies: menos es más. 

El documental cuenta con los testimonios de varias personas que se han tomado esta doctrina al pie de la letra y viven solo con lo necesario. Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus son dos de esas personas que narran cómo, hastiados por el yugo de una vida basada en trabajar y en un consumismo voraz, fomentado por las despiadadas estratagemas publicitarias modernas, comenzaron a practicar esta filosofía basada en el «menos es más». Su calidad de vida aumentó hasta tal punto que comenzaron a compartir lo que habían aprendido a través de internet. Actualmente se les conoce como The Minimalists, mismo nombre de su web oficial, e imparten charlas, escriben libros y tienen un podcast sobre minimalismo. 

Los estadounidenses han conseguido llegar a más de veinte millones de personas a través de sus charlas, sus libros y, en definitiva, su web. En ella explican qué es el minimalismo sin mucha concreción, ya que esto no tendría sentido. Según lo definen, el minimalismo es un estilo de vida basado en cuestionarte qué cosas, especialmente materiales, son importantes y aportan significado a tu vida. Se trata de vivir con aquello que realmente es útil y olvidar lo demás, no otorgando tanta importancia a lo material. De esta manera, según apuntan desde el sitio online, se tendrán más tiempo, más dinero, mejores relaciones y, sobre todo, una vida más plena. Se trata de buscar el sentido de la vida a través de la sencillez. 

No obstante, algo que dejan muy claro es que no hay una pauta o unas reglas que seguir para ser minimalista. Cada uno debe serlo a su manera y de la forma que más se ajuste a la persona. Si no quieres tener un coche o una casa, perfecto. Si quieres tener un coche y una mansión con piscina, perfecto también. No es más minimalista uno que otro porque no va de eso, sino de ser consciente de lo que uno tiene y por qué. 

A principios de 2019, Netflix ponía sobre la mesa una de sus apuestas fuertes para el inicio del año, su programa ¡A ordenar con Marie Kondo! Esta japonesa se ha convertido en la reina del mainstream en cuestiones de organización de una casa y de cómo es posible ser feliz viviendo con menos cosas. 

Aprovechando con que en enero a todo el mundo se le ocurren nuevas cosas que intentar para mejorar sus vidas, el programa tuvo un éxito brutal. Por todas partes se hablaba de Marie Kondo. Los memes afloraban en los rincones más recónditos de internet. La gente intentaba cumplir con su revolucionario método, pero como con el gimnasio, dejar de fumar y mejorar el inglés, acababan desistiendo a la semana. 

Con su libro, La magia del orden (Aguilar, 2015), Kondo se hizo mundialmente reconocida y llevó el método KonMari a todos los rincones, provocando que Netflix se fijara en ella y la hiciera colarse en cualquier hogar del mundo a la hora de la siesta. 

El método de Kondo no es solo un método para ordenar una casa, como ella misma dice es algo que te ayuda a ordenar tu vida. Esto no es porque el orden sea más bonito o nos haga sentir mejor, que también, sino porque Marie Kondo parte de una fuerte premisa a la hora de instar a las personas que ayuda a reorganizar su vida: menos es más. 

La primera fase a la hora de organizar los objetos materiales según esta metodología es preguntarte si dicho objeto te hace feliz o no. Las cosas que sí te hagan feliz (o aporten cierto significado a tu existencia) las puedes conservar, el resto se puede tirar o donar. 

El siguiente paso sería reorganizar las cosas que sí te vas a quedar. En el caso de la ropa, Marie Kondo tiene incluso un método para doblarla dependiendo de si es una camiseta, una falda, una chaqueta o un pantalón. De esta manera se optimiza el espacio y, sobre todo, se simplifica el armario. 

Este modo de vida se ha hecho popular en los últimos años, gracias en buena parte a The Minimalists y, especialmente, a Marie Kondo, pero no es nada nuevo. En julio de 1845, Henry David Thoreau se mudaba a una cabaña construida por él mismo a orillas del lago de Walden Pond. Estuvo más de dos años viviendo allí y, durante ese tiempo, escribió un libro homónimo con los principios que, probablemente sin quererlo, fundamentan la filosofía minimalista. 

En Walden (1854) Thoreau explica detalladamente cómo era su vida en los bosques. Cómo se organizaba económicamente, de dónde sacaba la comida, a qué dedicaba su tiempo libre (gran parte a escribir el libro) y muchas cosas más mezcladas con disertaciones filosóficas que dibujaban el camino de lo que, ya en el siglo XXI, se consideraría un estilo de vida minimalista. 

En las páginas de este diario tan personal, Thoreau es tajante en todo momento e incita al lector a tener una vida lo más libre de ataduras posible con frases como esta: «Simplificad, simplificad. En lugar de tres comidas al día, comed solo una si es preciso; en lugar de cien platos, cinco, y reducid lo demás en proporción». (Thoreau, 1854: 139). 

Tal y como predica el minimalismo moderno, el escritor de Concord establece una clara relación entre la sencillez y la felicidad. Interpela a los lectores para pedirles que se deshagan de todo aquello que no les deja ver con claridad y dejen de esperar a la muerte para empezar a vivir una vida con sentido. Él quería que la sociedad se centrase en el por qué, en la razón intrínseca, ¿hay realmente una necesidad en según qué casos? Por eso una de las páginas de Walden reza: «Tenemos mucha prisa para construir un telégrafo magnético desde Maine hasta Texas, pero puede ser que Maine y Texas no tengan nada importante que comunicar» (Thoreau, 1854: 105). La filosofía de Thoreau no solo hace referencia, al igual que el minimalismo, a los objetos materiales, sino a cualquier cuestión que se pueda plantear en todos los ámbitos posibles, ya que todo es susceptible de ser más sencillo. 

El pensamiento de Henry D. Thoreau ha resucitado en pleno siglo XXI. Así como el minimalismo es una corriente que está cogiendo fuerza, pero que es desconocida por el grueso de la población, al menos en España, Kondo ha sido capaz de llegar a todos los hogares difundiendo parte de este pensamiento. 

En uno de los capítulos de su serie, la japonesa afirma que la cantidad idónea de libros que debería haber en una casa es de treinta ejemplares. Thoreau seguramente diría que con uno o ninguno es mucho mejor, pero se puede escapar de las garras del consumismo hasta cierto punto. 

Aunque Marie Kondo haya revivido la parte esencial del pensamiento minimalista de Thoreau, no parece que esto tenga un impacto real. Muchas personas siguen a los minimalistas de Millburn y Nicodemus, muchos otros han empezado a seguir la doctrina marcada por Kondo, pero quizá les falte leer Walden para poder entender realmente a qué hacía referencia Thoreau cuando decía «¿Qué es un curso de historia, filosofía o poesía, por bien elegido que esté, o la mejor compañía, o la más admirable rutina de la vida, comparados con la disciplina de mirar siempre lo que hay que ver?». (Thoreau, 1854: 156). 

Estamos tan lejos de tomar en serio esa frase que parece que la hazaña de Kondo, o The Minimalists, no es más que una anécdota seguida por unos cuantos locos espirituales que no tienen nada mejor que hacer. 

No se trata de ordenar tus cosas, de donar tus libros o tu ropa, no se trata de vivir sin comodidades como una televisión, una bañera o conexión a internet. Se trata de mirar donde hay que ver, de ir más allá de lo material para, como bien recuerda el de Massachussets, no darnos cuenta, cuando haya que morir, de que no hemos vivido. 

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4 Comentarios

  1. Siempre supone un drama para mí el tema de ordenar las cosas. Cualquier cosa. Es verdad que odio una casa desordenada y el caos generalizado, pero todavía odio más el hecho de tener que SOLUCIONARLO YO. Ya me molesta, si tengo sed, tener que levantarme del sillonazo reclinable en el que veo mis series o películas favoritas para abrir la nevera y ponerme un vaso de lo que sea. Ahora bien, lo que no puedo hacer de ninguna manera, es lavar luego ese vaso y recolocarlo donde estaba. De manera que poco a poco, mi casa es un barullo de prendas de ropa dejadas al azar, platos y vasos sin lavar, desorden absoluto y no digo mugre porque viene una asistenta muy competente dos veces por semana. a razón de cuatro horas diarias. Claro que el día antes de que venga, recojo todo como buenamente puedo porque si no fuera así, no habría nadie que quisiera venir a limpiar a mi casa. Pero os aseguro que mientras realizo esa penosísima labor, me siento la persona más desgraciada del mundo. La recompensa la obtengo cuando veo mi casa reluciente y ordenada por una profesional que es capaz ¡hasta de cantar! mientras trabaja.

  2. No ordeno porque me la paso mirando
    pasar el mundo, como los perezosos,
    ese mamífero de caminar lento pero
    no como nosotros. Y si la energía no
    se crea ni se destruye, pero se transforma,
    es él, el que siempre gana con el mismo
    resultado de tener siempre menos ganas.
    Algo de Dalai Lama tiene este animal
    con su parsimonia, simpatía y decoro
    que por suerte no sabe que un día
    es posible que termine mal.

    Excelente lectura. Gracias.

  3. Creo que así, esté mejor.

    No ordeno nada porque no hago otra cosa
    que mirar pasar el mundo, como los perezosos,
    ese mamífero de caminar lento, pero no como
    nosotros, y si la energía no se crea ni se destruye,
    pero se transforma, es él quien siempre gana
    con los mismos resultados de tener muchas
    menos ganas.
    Algo del Dalai Lama tiene ese animal con su
    parsimonia, ética, simpatía y decoro que por
    suerte no sabe que un día u otro es posible
    que termine muy mal, como nosotros.

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