Sociedad

Bienestar tóxico: cómo el culto a la salud está destruyendo tu paz mental

Bienestar tóxico

El infierno tiene aroma a inciensos

El bienestar tóxico no siempre lleva bata blanca ni receta médica: a veces huele a incienso ecológico y se viste con mallas técnicas de color pastel. Donde el silencio es obligatorio, pero los mantras suenan por altavoces Bluetooth. Donde la iluminación tenue no sirve para meditar, sino para evitar ver con nitidez el reflejo de una piel que no ha dormido bien en semanas porque el sueño REM se interrumpe cada noche al no alcanzar el mínimo de pasos diarios que exige la aplicación. Bienvenidos al nuevo templo del bienestar, donde el estrés por no estar suficientemente relajado produce, paradójicamente, más cortisol que una jornada laboral en una oficina sin ventanas. Y donde el único pecado mortal es no haber reservado tu plaza para la clase de yoga flow detox con aceites esenciales prensados en luna llena.

No es que hayamos olvidado cómo estar sanos, es que hemos convertido la salud en una religión sin herejes. Ya no basta con no estar enfermo: hay que aspirar al cuerpo virtuoso, a la mente plena, al intestino limpio, al sistema inmunológico fuerte pero simpático. Lo que antes se consideraba vivir —comer, dormir, caminar, respirar— ahora exige una app, un entrenador personal, un retiro de fin de semana o un suplemento con envase minimalista y nombre en inglés. No por necesidad clínica, sino por estética moral.

Porque en esta nueva liturgia del cuerpo, la fe no se profesa con misas ni rezos, sino con smoothies de kale, pulsaciones en reposo, ejercicios de respiración que parecen sacados de un parto en diferido y suplementos para «mejorar la versión de ti mismo». Se ha confundido el cuidado con la corrección, la prevención con la vigilancia, y el bienestar con un deber moral. El cuerpo ya no es un templo, es una empresa que debe rendir, y el alma, si aún existe, se monitoriza con una pulsera de silicona que vibra si no has sido feliz durante la última hora. Y sí, por supuesto que el ejercicio físico, dormir mejor o practicar el ayuno intermitente tienen efectos beneficiosos sobre el cuerpo y la mente, aunque eso no convierta en mártir a quien lo hace ni en hereje a quien lo ignora.

En este contexto, no es casualidad que haya prácticas que en ciertos cuerpos se veneren como muestra de fortaleza y en otros se caricaturicen como neurosis. Cuando un ejecutivo de rostro falsamente masculinizado con una barbita abascaliana se salta la cena porque está a dieta espartana, el mundo lo aplaude por su autodisciplina; cuando una mujer con las mismas rutinas pregunta por los azúcares añadidos del hummus, se la observa con ese gesto condescendiente que mezcla diagnóstico y desprecio: neurótica, obsesiva, víctima de las modas. La misma conducta, distinto juicio. Pero eso no se dice, solo se intuye. Como la culpa. O el hambre.

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