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Cervantes, la veintiuna y el arte de no pasarse

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Rinconete y Cortadillo, 1881. Oleo de Arturo Montero y Calvo

…y, aunque vuesa merced los vee tan astrosos y maltratados, usan de una maravillosa virtud con quien los entiende, que no alzará que no quede un as debajo. Y si vuesa merced es versado en este juego, verá cuánta ventaja lleva el que sabe que tiene cierto un as a la primera carta, que le puede servir de un punto y de once; que con esta ventaja, siendo la veintiuna envidada, el dinero se queda en casa. Fuera desto, aprendí de un cocinero de un cierto embajador ciertas tretas de quínolas y del parar, a quien también llaman el andaboba…

…Y desto hemos de hacer luego la experiencia los dos: armemos la red, y veamos si cae algún pájaro destos arrieros que aquí hay; quiero decir que jugaremos los dos a la veintiuna, como si fuese de veras; que si alguno quisiere ser tercero, él será el primero que deje la pecunia.

—«Sea en buen hora —dijo el otro—…

El pasaje, leído hoy, produce una sacudida casi anacrónica, porque de pronto Cervantes parece hablar en la lengua de los casinos modernos, como si en mitad del Siglo de Oro alguien hubiera entendido ya que el corazón del juego no está en el azar puro, sino en la ventaja mínima, estadística, mental, esa grieta microscópica que separa al jugador que mira las cartas del que las lee, y no es casual que el as, carta dúctil, ambigua, capaz de valer uno u once, sea el centro de la explicación, porque en esa ambivalencia se condensa toda la filosofía del engaño que sostiene «Rinconete y Cortadillo», una filosofía que hoy reconoceríamos sin dificultad en el Black Jack, ese juego que no promete ganar siempre, pero sí ganar a largo plazo si se sabe contar, esperar y retirarse.

Cervantes introduce así, sin subrayarlo, una idea que atraviesa todo el relato como una corriente subterránea: no gana quien se lanza, sino quien entiende la estructura, quien sabe cuándo una carta es un punto y cuándo es once, cuándo conviene arriesgar y cuándo plantarse, y esa lógica, aplicada al juego, se expande de inmediato al mundo entero, porque Rincón y Cortado no son solo aprendices de tahúr, sino aprendices de realidad, muchachos que han comprendido que la vida, como la veintiuna, no se juega a una mano, sino a una sucesión de decisiones pequeñas donde la ventaja rara vez es espectacular, pero casi siempre acumulativa.

Desde ese arranque, el relato avanza como una explicación prolongada de cómo funciona el sistema, no el sistema del juego, sino el sistema social, y Sevilla aparece entonces como un gran casino al aire libre, un espacio donde circula el dinero, la información, el engaño y la fe con la misma naturalidad, donde cada cual juega su partida con las cartas que le han tocado, pero donde algunos, como los protagonistas, han aprendido además a marcarlas sin que se note, a detectar a los arrieros, a los pájaros, a los terceros que entran creyendo que participan cuando en realidad ya han perdido.

La cofradía de Monipodio no es sino la mesa grande donde ese Black Jack social se institucionaliza, donde el juego deja de ser improvisación y se convierte en método, en protocolo, en rutina casi administrativa, y Cervantes se recrea en esa organización con una atención que roza lo obsesivo, porque entiende que ahí está el núcleo de la sátira, en mostrar que el delito no es el desorden, sino otra forma de orden, quizá más honesta en su cinismo que muchas estructuras oficiales que fingen virtud mientras juegan con cartas marcadas mucho más peligrosas.

Monipodio habla como quien ha oído hablar del juego sin haber leído nunca el manual, mezcla términos, confunde conceptos, pero ejerce el poder con una seguridad que no necesita precisión intelectual, solo autoridad práctica, y su lenguaje, torpe y solemne a la vez, funciona como una baraja mal cortada donde, sin embargo, siempre acaba saliendo el as que conviene, porque la jerarquía se sostiene no en la corrección, sino en la eficacia, y Cervantes deja que esa paradoja se despliegue sin comentarios, confiando en que el lector perciba la violencia suave de un sistema que se legitima a sí mismo a base de repetición.

En ese mundo, la moral funciona como el conteo de cartas, no como un código absoluto, sino como una estrategia flexible que permite seguir jugando sin que la banca te expulse, y por eso los ladrones rezan, las prostitutas hacen promesas y los rufianes respetan ciertas normas internas con una devoción casi supersticiosa, no porque crean en la virtud, sino porque saben que incluso el pecado necesita reglas para no colapsar, y Cervantes observa esa convivencia sin escándalo, como si estuviera describiendo un mecanismo natural, inevitable, profundamente humano.

Rinconete, más atento, más silencioso, entiende pronto que la verdadera ventaja no está solo en saber hacer trampas, sino en saber observarlas, en reconocer cuándo uno está dentro de la mesa y cuándo conviene levantarse, y ese aprendizaje, que en el juego del Black Jack sería decisivo para no arruinarse, se convierte aquí en una forma de lucidez moral, una conciencia incómoda que no conduce a la redención, pero sí a la comprensión, y quizá por eso el relato no castiga ni premia de manera clara, porque no le interesa cerrar la partida, sino mostrar cómo se juega.

La prosa de Cervantes avanza entonces como una tirada larga, sin cortes bruscos, acumulando escenas, voces y gestos que generan una tensión constante, una sensación de que algo se decide siempre en el siguiente movimiento, en la próxima carta, y el lector, como el jugador atento, aprende a leer las señales, a anticipar los desenlaces, a reconocer que en ese mundo nadie pierde del todo por accidente ni gana por milagro, sino por una combinación precisa de cálculo, oportunidad y descaro.

Así, Rinconete y Cortadillo se revela no solo como una novela picaresca, sino como un tratado narrativo sobre la ventaja, sobre el arte de sobrevivir en un sistema donde la banca casi nunca pierde y donde la única esperanza consiste en aprender a contar, a esperar, a no pasarse de veintiuna, y quizá también a saber, como el buen jugador de Black Jack, que incluso cuando se gana, la mesa nunca es del todo tuya.

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