
«No os vayáis sin Locke. Escribidme, mi querida sobrina, tenedme al corriente de cómo estáis. Es un gran placer hablar de lo que se ama y de lo que se aprecia. Habladle, entonces, a vuestro tío, a vuestro amigo, a vuestro padre».
No siguió Voltaire la retahíla que recuerda a la de José Luis López Vázquez en Atraco a las tres en presencia de la imponente Katia Durán (Katia Loritz). No pronuncia Voltaire el «un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo» del entrañable Fernando Galindo, pero básicamente a uno y a otro les movían los mismos resortes y querían lo mismo: seducir a sus interlocutoras. Lo de Voltaire, sin embargo, era una operación de alto riesgo y largo plazo. Esas líneas se las escribía a su sobrina favorita, Marie-Louise Mignot, disculpándose por no poder asistir a su boda y otorgándole los poderes que autorizaban su matrimonio con el oficial con el que se casaba por amor y decisión propia.
De todo ello nos vamos enterando poco a poco a través de las páginas del libro de Cátedra Pasión intelectual y amor prohibido. El libro que el historiador Antonio Gil Ambrona dedica a las relaciones de Marie-Louise Mignot (Madame Denis) y Voltaire. Tío y sobrina tuvieron un poderoso intercambio intelectual y sexual durante las tres décadas que fueron amantes.
La temprana obsesión de «vivir con vos»
Todo comenzó cuando murió repentinamente la hermana de Voltaire, Marie Catherine Arouet, en septiembre de 1726, y su marido, Pierre-François Mignot, unos meses después. Voltaire no se desentendió de la situación. Quiso estar al tanto y desempeñar un papel en el futuro de las hermanas que quedaban huérfanas. Cuando Armand Arouet, el hermano —y enemigo— de Voltaire, mencionó la posibilidad de que entraran a un convento, el filósofo se enfrentó a él y las invitó a París para sacarlas de las presiones familiares. Le interesaba sobre todo el futuro y la educación de su favorita Marie-Louise, que presentaba maneras intelectuales. Un Voltaire orgulloso escribía a un amigo: «Estoy encantado de que mi sobrina lea a Locke».
También le debió de gustar que su sobrina se desentendiera de algunos candidatos a maridos, dando muestras de un parecer propio, poco habitual en la época. Al mismo interlocutor de antes, el escritor Thieriot, escribía Voltaire a finales de 1737: «Solo deseo su felicidad, y pondré de mi parte lo que sea necesario para vivir algún día con ella». ¿Perdón? Esto ya no es el discurso acostumbrado de un tío preocupado por su sobrina. Parece más bien el de un hombre enamorado y dispuesto a luchar por la mujer que ama. Nos saca de dudas Gil Ambrona con este spoiler: «Voltaire no cejó en su empeño. A partir de tan temprana fecha, ese deseo de vivir en el futuro con Marie-Louise se repitió como un mantra: “terminar mi vida cerca de vos”, “alojarnos juntos”, “morir en vuestros brazos”, “vivir con vos”, “mi verdadero hogar está donde vos estéis”, “acabar mi vida en vuestros brazos”, entre muchísimas otras».
Cuando finalmente Marie-Louise se decidió, enamorada como estaba, a contraer matrimonio con el oficial del ejército Nicolas Charles Denis, Voltaire le recordó los tiempos de lecturas y acaso confidencias. El mencionado «no os vayáis sin Locke» era una manera en clave de decir «no os olvidéis de mí».
Imposible hacerlo, por otro lado, porque Voltaire —que muy pronto descubrió las habilidades musicales de su sobrina con el clavecín, especialmente, sus conocimientos teatrales y su don de gentes— confió en ella para «arreglarle» los diversos asuntos, bien de sus publicaciones, bien de sus representaciones teatrales, cuando no de sus líos con las autoridades.
En este sentido, fue decisivo el estreno de la tragedia Mahomet en Lille, donde residía Marie-Louise y que no estuvo exento de dificultades. «Pongo de nuevo todo esto en vuestras manos […]. Ordenad o contraordenad una fiesta que os pertenece. Vos estáis en el lugar, vos podéis saber cuál es la causa de los cambios…». Le escribía su tío, convencido de que todo saldría bien con ella al frente y maniobrando para que así fuera.
Así fue. El asunto salió tan bien que Voltaire pronto se animó con otras tareas y le confió la música del segundo acto de su ópera Pandore, una estrategia «basada en la insistencia», como indica el autor del ensayo, que continuaría aplicando en diversos frentes a lo largo de su relación. Por ejemplo, al hilo de esta petición musical: «Nada me satisface más que tener una gran compositora en la familia», pero también: «Seremos como quienes se casan solo con los de su familia; tendremos, entre los dos, la música, la poesía, la prosa y el álgebra».
Era un momento peliagudo en el que la relación amorosa, y de intercambio intelectual también, de Voltaire con Madame du Châtelet —larga y normalizada hasta el punto de que esta acogió al filósofo en su casa, el castillo de Cirey— hacía aguas. Fue también el momento en el que, aparte de como asesora teatral y musical, Voltaire tomó por confidente a su sobrina y subió el tono cariñoso de las conversaciones. Hoy se llamaría «acoso», tal y como escribe Gil Ambrona, y lo demuestran frases como: «El rey me dará una casa, pero yo querría mejor una cama en la vuestra».
Entonces, el guionista de la vida, que nunca defrauda, hizo una de las suyas y, a los seis meses de casarse, dejó viuda a la esposa de Nicolas-Charles Denis, Madame Denis, como resultado de una enfermedad tan grave como súbita de su marido. Ella tenía treinta y dos años y el apoyo extraño de su tío, que volvía a la carga con bríos renovados. Le concedió una pensión generosa, la nombró heredera universal y le insistía: «Pensad en vivir […]. Id a vivir a París donde yo podré abrazaros en el mes de octubre. Una de mis desgracias es no pasar con vos el resto de días de mi vida».
El que besa «vuestro gentil culo» y el perro del hortelano
Un año y pocos meses después de esa carta, remitida en abril de 1744, el objetivo se cumplió con creces: «Mi alma besa la vuestra, mi pene y mi corazón están enamorados de vos. Beso vuestro gentil culo y toda vuestra adorable persona», escribe Voltaire en italiano… en parte para interponer algún filtro de privacidad ante inesperados lectores de su correspondencia y en parte por ser el idioma del amor.
La relación estaba en marcha, pero se desarrollaba a trompicones y al ritmo de las idas y venidas de Voltaire, que vivía en Versalles y estaba en su prime: autor de éxito, lo nombran historiógrafo real, ingresa en la Academia francesa y su presencia es reclamada en todo tipo de actos culturales y sociales.
Un tanto contrariada o desilusionada, pero adelantada a su época, Marie-Louise Mignot siguió viviendo su vida y su independencia en el apartamento de la rue du Bouloi. Tuvo amantes, propuestas de matrimonio y un tío-novio que reaccionaba al compás de los rumores que le llegaban y de los celos. «¿Se supone que no viviremos juntos y que no podré ocupar el lugar de vuestro comandante de Lille?», le escribe mosqueado al recibir noticias de uno de sus pretendientes. Por el contrario, reacciona así de eufórico cuando Madame Denis lo descarta: «Vuestra carta […] es propia de la mayor filósofa del mundo. Despreciáis las ventajas que no puedo aconsejaros que despreciéis. Depende de vos elegir entre los prejuicios del mundo y vuestra sabiduría, depende de vos esa decisión. Por mi parte, solo puedo amaros, admiraros y respetar vuestra decisión». Era verdad, sobre todo cuando sus decisiones coincidían con los intereses de Voltaire, pues la ambición, más que el amor, era la verdadera pasión del expeditivo filósofo.
La vena de perro del hortelano —en versión «ni ama, ni deja ser amado»— le salió también cuando Madame du Châtelet decidió pasar la página amorosa donde se encontraba Voltaire. Su defensa de la libertad individual se resentía en el momento en el que las mujeres que lo rodeaban la practicaban verdaderamente.
Sororidad, empeño y expolio de escribir
En una de las ocasiones en las que Voltaire desbarató los planes y las citas previstas, instaba directamente a su amante: «Sacrificad a Madame du Boccage, ella no os ama tanto como yo». ¿Quién era esa madame? Anne-Marie du Boccage era una autora y dramaturga de éxito que se había internado por los géneros que se creían reservados a los hombres. También había obtenido premios y logros que, de igual manera, parecían ser solo para ellos. Obtuvo, por ejemplo, el primer premio de poesía que otorgaba la Académie des Sciences, Belles-Lettres et Arts de Rouen y, al leerlo, Madame du Châtelet afirmó: «Me intereso demasiado por la gloria de mi sexo como para no compartir la alegría de su éxito». Lo mismo le pasaba a Marie-Louise Denis, con quien compartía amistades e intereses. Du Boccage se transformó en un referente al estrenar, por ejemplo, en la Comédie Française en julio de 1749 su tragedia en verso titulada Las Amazonas y con una dedicatoria reivindicativa A las mujeres que terminaba diciendo: «El universo es vuestro lugar».
Haciendo gala de su espíritu crítico, Marie-Louise Denis vio defectos y aciertos en dicha obra, pero a la hora de apoyar la labor creativa de las mujeres se mostraba inquebrantable: «Iré a verla tanto como me sea posible y hablaré de ella lo mejor que pueda». Asimismo, sobre la obra Cénie de Madame de Graffigny dijo: «Ya he ido tres veces y quiero que me vean allí». No era postureo, sino firme compromiso sororo y protofeminista de alguien que sabía que lo que le pasaba a una le podía pasar a todas, y ella misma se encontraba trabajando en su propia pieza, una comedia cuya existencia conocía Voltaire y cuya valoración, de alguna manera, se convirtió en piedra de toque de su relación y, más concretamente, del grado de confianza de la misma.
Por un lado, Voltaire la anima entusiasta: «Será la primera vez que una mujer escriba una comedia», lo cual no era cierto, pero quizá era válido a la hora de insuflar confianza: «Supondrá la gloria inmortal para vos y para vuestro sexo». Por otro, se muestra esquivo a la hora de leer y evaluar el manuscrito e intenta que sea otro quien lo haga, el conde de Argental, a quien se dirige en términos cautelosos: «Me gustaría que fuera buena o que, de otro modo, no la entregara […]. Creo que una mujer no debe salir de su esfera para exponerse en público y arriesgarse con una obra de teatro mediocre». ¿Paternalismo, ambición máxima, falta de confianza, miedo vicario al fracaso?
Cuando Voltaire por fin leyó La coquette punie —ese era el título— no salió de la parálisis de esos términos. Declaraba estar «entre el miedo y la esperanza». Encantado por tener una sobrina que «era un genio», pero el público, las camarillas, los actores… Los actores, sobre todo los actores y muy especialmente uno, el influyente Jean-Baptiste Simon Sauvé de La Noue, tuvieron un papel decisivo en que finalmente la pieza no se estrenara en la Comédie. Gracias a la abundante correspondencia que incluye el libro de Antonio Gil Ambrona nos enteramos del relato que Madame Denis hace de lo sucedido a otro actor, Lekain. La Noue había tenido (o retenido) la obra durante cuatro días «con el pretexto de leerla para estudiarla bien. De hecho, la estudió tan bien, que al leerla pasó por alto hábilmente los detalles más bellos y las dos mejores escenas de la obra. En la Comédie, ya sabéis cómo fue leída: hubiera desafiado a un ángel a que intentara comprenderlo […] Estoy segura de que La Noue la ha utilizado». La última frase se refiere al hecho de que dicho actor, que también era dramaturgo, presentó poco después una obra titulada La coquette corrigée que apenas disimulaba el plagio. Como explica el autor de Pasión intelectual y amor prohibido, La Noue la llevó «a escena asumiendo el papel masculino principal, por cuya interpretación fue abucheado».
Pero no se acaban aquí las historias de expolio literario que tuvo que enfrentar Marie-Louise Mignot. Le faltaba ser testigo de cómo su pieza iría a engrosar, con otro título, las obras completas (póstumas) de otro señor escritor, Joseph-François-Édouard de Desmahis. Recuerda Gil Ambrona que tanto el hecho de no haber sido presentada en público como el azar tuvieron su papel en este sainete. La culpa fue de los habituales intercambios que se daban en los salones literarios entre quienes se intentaban abrir paso en el mundo de las letras. Tanto eso como el hecho de que Desmahis hubiera sido protegido y amigo de Voltaire (y de Madame Denis) podría explicar que el manuscrito de La coquette punie se encontrara entre los papeles de su revuelto escritorio cuando, tras su fallecimiento, el editor Pierre-Ignace de Trésseol se propuso publicar sus obras completas aderezadas con algunos inéditos. La obra de Mignot se incluyó con el título La veuve coquette. Voltaire no dijo nada o no lo detectó cuando recibió los tomos y se consignó un ejemplo más «de cómo, históricamente, se ha materializado la supresión del papel desempeñado por las mujeres en el ámbito de la literatura». Su nombre iba a engrosar una lista donde se encontraban autoras como Marie-Anne Barbier o Catherine Bernard, de entre las citadas en el ensayo de Cátedra.
Ilustración y violación
Mientras todo esto sucedía en el plano literario, en el personal las novedades tampoco se detenían. La principal: Voltaire y su sobrina se encontraban de nuevo separados tras un intento de convivencia en modo de (extraña) pareja que había durado seis meses. En julio de 1750 el filósofo pasaba a ingresar en la corte de Federico II, que lo había fichado a mayor gloria de la reputación de su reino, y Marie-Louise Mignot se concentró en los asuntos literarios propios… y de su tío. Para él siempre resultó una gran ventaja contar con alguien en París de toda confianza y solvencia en defensa de sus intereses.
La estancia de Voltaire en Prusia no estuvo exenta de contratiempos y polémicas. Al final, una de ellas tuvo como resultado el accidentado regreso del filósofo a su país, después de que el rey le reclamara una copia de un poemario que podría resultar comprometedora. El filósofo fue retenido en Fráncfort, donde llegó su sobrina, siempre al tanto y al cuidado de su tío. También fue inmovilizada. Y seguramente violada, según sugería el escrito de quejas que Voltaire dirigió al rey Federico II un mes más tarde.
Marie-Louise Mignot se expresó por carta también a otro destinatario refiriéndose a lo sucedido allí como de una «violencia atroz». No confirmó ni desmintió la violación, pero el mero recuerdo de lo que pasó en «esa horrible Fráncfort que detesto» le perturbaba hasta instar a que no le hablaran de aquello ni se lo recordaran. Era algo que deseaba «olvidar para siempre».
Es muy interesante el pequeño estudio que Gil Ambrona dedica en esta parte de la obra al rastreo de textos —correspondencia, sobre todo— ilustrativos de la cultura de la violación, una conducta —un colegueo o compadreo— naturalizada e incluso promovida. De entre todos los escritos resulta quizá el más llamativo el del propio Voltaire, en unas líneas posteriores a los hechos de Fráncfort. En De la violación escribe:
A las muchachas y las mujeres que se quejen de haber sido violadas, simplemente habría que contarles cómo una reina evitó en otros tiempos la acusación de una denunciante. Tomó la vaina de una espada y, sin dejar de moverla, demostró a la mujer que no era posible meter la espada en la vaina. Con la violación pasa lo mismo que con la impotencia: hay algunos casos que nunca deberían llegar a los tribunales.
La idea no era solo de Voltaire. Escribe Gil Ambrona en su libro que la noción de un consentimiento oculto era compartida por ilustrados como Montesquieu, Rousseau o Diderot, que dudaban de «que una mujer pudiera ser violada por tan solo un hombre, debido a las supuestas capacidades de las mujeres para defenderse contra lo no deseado».
Una pareja, al fin
Pasión intelectual, amor prohibido es una biografía doble y un retrato de la época. Transmite cómo era la vida para las pocas mujeres que decidían tomar las riendas de su destino, como es el caso de la protagonista, y ofrece planos muy cercanos y facetas muy desconocidas también de Voltaire. Si antes lo encontrábamos firmando esas líneas —tan chirriantes ahora, tan injustas siempre— sobre la violación, poco después lo vemos desatado de instinto paternal: Marie-Louise estaba embarazada y el filósofo asumió que la criatura era suya, aunque podría haber sido también efecto de los relatados hechos de Fráncfort o fruto de las relaciones de su sobrina con otro amante. Sea como fuere, Madame Denis, sin ilusión alguna y con preocupación por su estado de salud —tenía en la cabeza el antecedente de Madame de Châtelet, que había muerto pocos días después de alumbrar a su hija— perdió al bebé o abortó voluntariamente. Este hecho, unido a la posibilidad de que ella se fuera a vivir con un viejo amigo de la pareja, que siempre anduvo enamorado de ella, hizo al filósofo pensar en una nueva vida juntos.
Primero fue en el château de Saint-Jean, en Ginebra, rebautizado con el nombre laico de Les Délices, donde ambos volcaron sus afanes. Los dirigieron sobre todo a la construcción de un teatro que funcionara como un lugar de preestreno y valoración antes de que las obras llegaran a París. Pero desde Ginebra llegaron restricciones y prohibiciones a las manifestaciones escénicas y Voltaire decidió regresar a Francia.
En la actualidad el sitio se denomina Ferney-Voltaire, en atención a los cambios que el filósofo propició allí. En ese lugar, muy cercano a la frontera suiza, el pensador compró un château y sus tierras, donde en adelante levantaría un auténtico poblado con casas, hospital y escuelas para las gentes que le daban servicio, por las que se preocupaba sinceramente. El corazón de la vida en común que llevaban juntos en ese lugar tío y sobrina, de nuevo, fue el teatro: un antiguo granero remodelado en auditorio con capacidad para trescientas personas. Allí, Madame Denis fue actriz e intérprete de clavecín. Allí, en esa época, Voltaire —que también participaba directamente en las representaciones, como lo muestra el óleo de Huber titulado Voltaire sur scène théâtrale— fue el Voltaire que conocemos, el que levantó la voz contra la tortura y el ajusticiamiento de Jean Calas, acusado por error de haber asesinado a su hijo temiendo que se hiciera cristiano, el mismo que escribió el decisivo Tratado sobre la tolerancia (de las religiones y contra el fanatismo).
Allí, por fin, uno y otro llevaban la vida de una pareja de largo recorrido con su confianza, sus miserias, con su cariño y una buena proliferación de malentendidos, tensiones y conflictos. También habían acogido a una niña que cumplía las funciones de hija adoptiva y por cuyo cariño y atenciones rivalizaban. Un día, después de una fuerte discusión, Madame Denis abandonó Ferney, pero desde París, donde recaló, siguió haciendo lo que siempre había hecho: cuidar a su tío y los asuntos de su tío, sus libros, sus representaciones, lidiar con sus enemigos y sacarle las castañas del fuego.
Volvió, sí, tras pactar las condiciones de su regreso y acompañó a Voltaire en su último gran viaje. Fue en febrero de 1778, tras casi treinta años de exilio más o menos voluntario, cuando el filósofo marchó a París: «La corte no lo recibiría, pero cerraría los ojos…», escribe Gil Ambrona. Allí pudo ser testigo del revuelo que causó su presencia y del ensayo de su obra Irène. Muy enfermo, como estaba, no pudo asistir al estreno en la Comédie Française, donde su sobrina acudió en su nombre. La obra fue un enorme éxito. ¿Hay alguna manera mejor de morir para un hombre de letras, de pensamiento y de teatro?
Marie-Louise Mignot intentó rehacer su vida casándose por segunda vez. Quienes la habían criticado por la extraña pareja que formaba con Voltaire no perdieron la ocasión de seguir haciéndolo. Lo consideraron «una debilidad ridícula, un insulto a la memoria de su tío, como una especie de adulterio espiritual», consigna el historiador en el libro. Madame Denis murió el 20 de agosto de 1790 y ni siquiera en sus últimas disposiciones olvidó a aquel a quien había acompañado toda la vida: «Como no puedo ser enterrada junto a monsieur de Voltaire, mi tío…».








Vaya con Voltaire!
Propongo que se quemen todas sus obras, se destruyan sus imágenes, estatuas o toda representación de su persona y sus ideas.
Así estará en buena compañía con tantos intelectuales, artistas y escritores con una vida privada que molesta a los biempensantes actuales. Neruda, por ejemplo.
(Modo ironía, por si acaso aparecen cucarachas).