
Catalina II de Rusia, quien mostró un firme empeño en ser considerada una dirigente ilustrada y para ello se rodeó obsesivamente de insignes autores y de sus obras, compró la biblioteca privada de Voltaire —con quien la emperatriz mantuvo una intensa relación epistolar— a la sobrina y heredera del escritor nada más morir este en 1778. Tal era la admiración de Catalina por Voltaire que incluso pretendió dedicarle un monumento replicando el castillo de Ferney en los jardines de Tsárskoye Seló donde alojar sus libros y esculturas. No llegó a ejecutarse este proyecto y la biblioteca fue llevada al Palacio de Invierno, actual Museo del Hermitage. Allí siguió a la muerte de Catalina II —aunque permaneció cerrada al público durante el mandato de Nicolás I, que detestaba a Voltaire por considerarle precursor del libre pensamiento del siglo XVIII—, hasta que, en 1861, por orden del zar Alejandro II, fue trasladada a la Biblioteca Nacional Rusa, donde se conserva hasta ahora.
Igual destino tuvo la biblioteca de Diderot, con la diferencia de que esta fue adquirida en vida del autor debido a su mala situación económica y llevada a Rusia tras su muerte, según había acordado con Catalina II. Esta circunstancia no se dio en el caso de Voltaire, que llegó a ser inmensamente rico gracias a, entre otras circunstancias, ganar mucho dinero en la lotería junto a su amigo el matemático Charles Marie de La Condamine, aprovechando un fallo del sistema ideado por el Gobierno de Luis XV.
Tampoco fue igual la relación de ambos pensadores con Catalina la Grande. Mientras Voltaire nunca llegó a viajar a Rusia ni a tratar con la emperatriz en persona, Diderot sí lo hizo. Permaneció en San Petersburgo tres meses durante los cuales mantuvieron intensas conversaciones que el escritor plasmó en el manuscrito titulado Mélanges philosophiques, historiques, etc. pour Catherine II, en el que reflejaba unas expectativas que con el tiempo se desvanecieron hasta convertirse en un feroz crítico de la déspota ilustrada. Sin embargo, Voltaire siempre se excusó para no viajar a Rusia, lo fue dejando y la relación con Catalina se limitó a una correspondencia laudatoria cargada de epítetos como «Estrella del Norte» y a evitar cualquier reprobación a su protectora.

Con distintos caminos pero igual propósito, ambas bibliotecas acabaron formando parte de ese legado francés de libros y obras de arte que Catalina injertó en Rusia. La colección de Voltaire consta de 6814 volúmenes entre los que predominan los libros de historia, especialmente sobre la historia de Francia y Rusia, y los libros de literatura y arte. En menor proporción, aunque numerosas, hay obras de teología y filosofía, que Voltaire utilizó en su lucha contra la Iglesia católica, con representación de los principales pensadores de los siglos XVII y XVIII.
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Culturalmente Rusia está más cerca de Europa que de los EEUU.
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