
Estaba haciendo ensalada de pasta. Ya saben. Lechuga, manzana, atún, zanahoria rallada, nueces y, por supuesto, pasta. A poder ser lazos de diferentes colores, al dente. Se deben atemperar antes de unir al resto. Para que no se calienten los vegetales y se pierda por lo tanto el crujiente que deben poseer en la mordida. El aliño ya es quizá más complicado, cada uno tiene sus gustos. Puede venir bien una salsa americana, mejor si es con mayonesa recién hecha. Pero si hay prisa lo común puede ser un buen rescate. Primero sal al gusto y después vinagre. Nunca de forma previa al aceite porque este genera una película hidrófoba que luego impide que la mezcla tome sabor. Así que ahí estaba yo, con el vinagre, cuando me quedé quieto para pensar otra vez en El día del tentáculo.
Me rebobiné a los años noventa. Si le viene bien puede sonar en su cabeza la banda sonora de Regreso al futuro. Alan Silvestri se vino conmigo, lógico. Concretamente aterricé en la mañana de un 25 de diciembre mientras sostenía en las manos un regalo abierto con la violencia del que intuye que va a tener suerte. El día del tentáculo, LucasArts y una sonrisa. Una aventura gráfica que me hizo desayunar rápido y huir hacia el PC con procesador 486 que vivía conmigo en la habitación. Comencé a jugar sabiendo que las buenas notas eran mi pasaporte para disponer de todo el tiempo libre que un adolescente puede merecer. Un día es un día. Hacerse adulto es poner en valor estas cosas, rememorar aquello de aniquilar segundos y que sea absolutamente indiferente. El caso es que nos íbamos a quedar en casa y yo iba a estar de pasajero en mi habitación. Intentando evitar que unos tentáculos alienígenas se hicieran con nuestro planeta. Cambiando el pasado y el futuro para que no se viniera abajo un presente fascinante de mentira.
No sé si han tenido la oportunidad de ponerse delante de aquel juego. Protagonistas carismáticos, George Washington con dentadura de madera y varios giros de guion inolvidables. Era otro mundo en el mundo de cualquiera. Una historia estupenda que me atrapó hasta llevarme a un punto sin salida en el que necesitaba vinagre. Sin vinagre no había forma de avanzar. ¿Y de dónde sacaba yo el vinagre? No había respuestas buscando en internet, más que nada porque en mi casa no había internet ni intención de comprar un router. Meter en casa una palabra con apariencia francesa era complicadísimo. Cené ligeramente enfadado, escribo ligeramente porque siempre compensa refugiarse en las sobras de nochebuena. Es como rebobinar en sabores. Me fui a la cama cabizbajo, si quería una solución a aquel dilema del vinagre tenía dos opciones. La primera era esperar a la vuelta al colegio, quizá algún amigo ya era patrón de Módena. La segunda consistía en resolver el acertijo por mí mismo. Hacer ejercicio de falanges pateando las diferentes pantallas de un lado a otro en busca de una pista. No podía ser tan difícil si el juego había alcanzado una fama tan evidente. No hay éxito de ventas que viva de ser inalcanzable e inaccesible (ya llegaría Elder Ring a refutar esto, pero esa es otra historia).
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Tu, autor de este magnifico articulo, y yo, definitivamente somos amigos.
Que tiempos aquellos donde un buen juego, bueno de verdad, era debido a su guion, su historia, o sus detalles como el humor y la musica. Ahora muchos juegos «solo» se basan en exprimir al maximo el hardware, excelente envoltorio, pero sin alma.
Chapó! Que recuerdos jugando al Day of Tentacle, Maniac Mansion, Civ I, Monkey Island e Indiana Jones en el 486 del padre de mi primo. Que tardes programando en Basic nuestro juego de rol conversacional (nunca pasamos del prólogo) pero el GoTo siempre en mi mente. Y mi tía preparándonos Chococrispies con leche calentita para merendar. Ataque de nostalgia en 3, 2, 1.
Gracias Autor
Otro amigo aquí, en mi caso me inicié con las aventuras de Indiana Jones en mi Amiga, y más tarde en el PC con los Monkey y este magnífico Day of the Tentacle … ¡qué buenos recuerdos! Gracias por el artículo.
Con el Day of the Tentacle me tendrán siempre. No es un juego, es un estado de ánimo. Alguien lo menciona, y la sonrisa bobalicona me salta a la cara.
A finales de 1994 lo tenía instalado en mi viejo «Paquito», un 386XS la mar de apañado, y ya me lo había pasado un par de veces, cuando al fin llegó a mi vida una flamante Soundblaster 16.
Así pues, inevitablemente, fue Day of the Tentacle el elegido para inaugurar la tarjeta de sonido y sus nuevos altavoces: El burbujeante sonido que acompañaba al logo de Lucas Arts, y a continuación, los idílicos compases de la Obertura de Guillermo Tell. Y entonces unas toses. Después unas voces.
Estas cosas nunca se olvidan.
Disculpen si me presento como canoso sapo de otro pozo, pero… ¡vinagre!, junto a la pasta. Qué desatino, qué ofensa a la noble y humilde pasta que se nos donó para saborear ese milenario gusto exquisito sin pretensiones, el gusto arcaico de la harina de grano duro de nuestros antepasados. La pasta, con sus salsas primordiales, o sea aceite de oliva o salsa de tomates, así de elemental es el plato principal, luego, a intérvalos viene la ensalada, cuando la tibieza nostálgica y gustosa de nuestra Historia Occidental llega ondulante, inocua pero nutritiva a nuestros recónditos interiores, y por supuesto acompañada con un buen tinto. Disculpen y traten de entenderme, pero temo que con tantos píxeles digitales, que se me ocurren que son como las papilas gustativas, estas, las humanas andarán en vía de extinción. Y vaya mi reconocimiento a lo espectacular de esos juegos en los cuales siempre perdía pero, por lo menos los pibes se quedaban en casa en vez de andar vagabundeando. Todo lo mejor para el autor del artículo y a sus comentaristas tecno-aventureros.