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Es imposible charlar con Nekane Balluerka (Ordizia, Gipuzkoa, 1966) sin recordar aquel temazo de Queen que atronaba: «I want it all… and I want it now». Nekane representa toda una generación de mujeres (o quizás debería decir supermujeres), capaces, literalmente, de todo. Han triunfado en una carrera universitaria tan brillante como la de cualquiera de sus colegas varones, se han atrevido con puestos académicos de la máxima responsabilidad (en su caso ser rectora de la UPV/EHU), han sido profesoras, investigadoras, activistas sociales, ciudadanas comprometidas con su país y su tiempo… y a la vez esposas, madres, amigas, compañeras. Igual que han sido capaces de compaginar las patrias chicas (Euskadi y el euskera, la aldea natal, el apego a un modo de vida) con una vocación universal que las ha llevado a periplos por Europa y Estados Unidos.
Entrevistar a Nekane es como correr a su lado, por los montes de Euskadi, de madrugada (la única hora de la que dispone para el deporte). Hacen falta para ello un corazón grande y tener los ojos bien abiertos.
Quiero que me cuentes quién eres antes de llegar a la universidad: cuáles son tus coordenadas.
Nací en Ordizia, un pueblo industrial en un valle rodeado de montañas. Vivía en un barrio periférico con caseríos cerca. Jugaba al fútbol, me subía a los árboles; tuve una infancia muy clásica, de calle. Somos tres hermanos y todos estudiamos en la ikastola Jakintza de Ordizia.
¿Los estudios eran completamente en euskera?
¡Bai! Estudié en la ikastola, luego dos años en el liceo de Beasain, y después tercero de BUP y COU en el Instituto público Oianguren de Ordizia, también completamente en euskera. De ahí pasé a la universidad.
¿Es posible hablar un euskera académico sin haber sido escolarizada en euskera?
Es muy difícil alcanzar un buen nivel en euskera sin cursar estudios íntegramente en euskera o sin alfabetizarte. Yo nací en una familia euskaldun del Goierri, donde el euskera se parece bastante al batúa. Pero, además, siempre me he preocupado de formarme en el euskera científico. En la universidad cursé optativas de Euskera Científico I y II con Miren Azkarate y Pilartxo Etxeberria, ambas excelentes profesoras. Para mí es importante hablar las lenguas adecuadamente, y el euskera especialmente.
¿Cómo mantienes el euskera como lengua científica?
Es muy importante el esfuerzo individual y el institucional. La Universidad del País Vasco ha publicado libros pioneros en estadística con terminología científica que todavía no existía. Yo he contribuido a la creación de terminología de análisis de datos en psicología junto con otros colegas, siempre apoyados por UZEI, una asociación sin ánimo de lucro creada en 1977 que presta servicios para el fomento del euskera. El euskera es una lengua muy viva que seguimos alimentando. Una de mis líneas de investigación ha sido la metodología para la adaptación intercultural de pruebas de evaluación diagnóstica en psicología, porque adaptar un test a la lengua y cultura vasca va mucho más allá que traducirlo, y todavía existe una gran necesidad de tests en euskera.
¿Cómo es posible que alguien educado en euskera maneje el castellano con tanta perfección como tú?
El contexto que rodeó a mi infancia no era totalmente euskaldún. Todos los medios de comunicación eran castellanos: radio, televisión. En la calle también se hablaba bastante castellano. Y yo siempre me he preocupado de cultivar el castellano y de que mis hijas lo cultiven también. Mi marido no domina el euskera como yo, así que desde pequeñas les decía: con vuestro aita hablaréis en castellano y conmigo en euskera, para que seáis bilingües equilibradas.
En el contexto actual, ¿cómo conviven tan alegremente las dos lenguas?
La teoría de la interdependencia lingüística de Cummins propone que la competencia en un idioma se transfiere a otros idiomas. Si una persona cultiva una lengua tiene más facilidad para cultivar otras. No veo ningún peligro de que la euskaldunización conlleve una disminución en el nivel de castellano.
¿Cómo ves el futuro del euskera?
Con una lengua minoritaria siempre hay que estar alerta. Es muy importante que el uso sea generalizado, porque las políticas lingüísticas impulsan el aprendizaje, pero eso no significa que el uso vaya a ser generalizado. Tenemos que seguir trabajando muchísimo, también en la universidad. Cautela y preocupación, pero no miedo. Y siempre con mucha amabilidad. La gente que hace el esfuerzo me dice: «Habláis muy rápido, no os ponéis a nuestro nivel». Tenemos que tener conciencia colectiva de que si queremos que la gente aprenda euskera hay que hacer ese esfuerzo.
Llegas a la universidad: ¿qué estudias?
Aunque me produzca cierto rubor decirlo, en el instituto estudiaba mucho y, en consecuencia, sacaba buenas notas. En Secundaria escogí la rama de Ciencias: Matemáticas, Física, Química y Biología, porque tenía dudas entre Actividad Física y del Deporte, Biología y Psicología y pensaba que las ciencias podrían resultarme más útiles para cualquiera de las opciones. Finalmente estudié Psicología, una opción de la que nunca me he arrepentido, pero es cierto que durante la carrera me engancharon las asignaturas de metodología: análisis de datos, psicometría; en definitiva, las que enseñaban cómo investigar en el ámbito de la Psicología. Cuando terminé, Jokin Apalategi, un profesor de Sociología con el que colaboré durante mi época universitaria, me dijo que había posibilidades de entrar en la universidad en el área de Metodología. Me presenté a una plaza de profesora asociada y pude empezar a impartir clases con 22 años.
Te incorporas a la carrera académica prácticamente siendo una cría.
Terminé en junio y en octubre empecé a dar clases, con la misma edad que mis alumnos. Entraba al aula y me decían: «No ha venido la profesora». «Es que soy yo». Tenía aspecto muy joven. Simultáneamente comencé la tesis doctoral y la defendí con 26 años. Durante la tesis conocí a un profesor de la Arizona State University, William Stock, que trabajaba en contextos bilingües inglés-español. Me invitó a realizar una estancia breve en su universidad y te confieso que me resultó muy enriquecedora.
Entras en contacto con el aspecto internacional muy pronto.
Sí. Hice la tesis en el ámbito de la Psicología Educativa, en concreto en la temática de las estrategias de estudio para mejorar el aprendizaje de textos científicos, y William Stock trabajaba lo mismo en Arizona. Le escribí para ver si me podía mandar un par de artículos y me mandó por lo menos cincuenta. Me invitó a ir a su universidad… Tuve muchísima suerte. Mi universidad me apoyó con una beca. Además, le invitamos a venir a nuestra Facultad a trabajar con nuestro equipo de investigación. Publiqué varios artículos con él y aprendí mucho. En la Arizona State University tenían un programa de acción positiva para mujeres latinas y William me animó a presentarme a una plaza, pero yo estaba demasiado apegada a mi tierra.
¿Cuándo sacas la titularidad?
Saqué la titularidad en el 97, con treinta y un años. De hecho, antes de ser madre ya era profesora titular. En agosto del 98 nació mi primera hija y en octubre del 2000 la segunda. Más tarde conocí a dos profesores de la Universidad de California, Emilio Ferrer y Keith Widaman, que me invitaron a hacer una estancia en Davis en 2004. Realicé una estancia breve, de pocos meses, porque tenía que seguir dando clases y ya tenía familia.
Con dos hijas, dando clases, viajando: ¿cómo vivías eso?
Tengo mucho apoyo familiar, de mi madre, pero sobre todo de mi marido, porque lo hemos repartido todo al cincuenta por ciento. Hemos sido buenos socios. De cualquier forma, tengo la sensación de haber vivido para trabajar, no de haber trabajado para vivir. A día de hoy sigo teniendo la misma sensación. A veces me da la impresión de que lo único que he hecho ha sido trabajar. Mi hija menor me dice que nunca le iba a esperar al autobús. Recuerdo cuando estaba en California, hacía videoconferencias todas las noches. Mi hija mayor me contaba su día, pero mi hija menor lloraba. Tenía tres años y no acababa de concebir el tiempo. Cuando volví no se separaba de mí. Era como un llavero que yo llevaba. Tengo la sensación de que para una mujer no es nada fácil hacer una carrera académica si no tiene un buen compañero y unos padres que ayudan.
Detrás de toda gran mujer hay un gran hombre.
¡Bueno, al menos en las parejas heterosexuales! En mi generación y en mi entorno cercano creo que hemos sido muy feministas, ellas y ellos. Teníamos muy claro que había más cosas en la vida que el atractivo físico o la pose. Nos ha importado mucho ser amigos de nuestras parejas, compartir proyectos, educar de manera conjunta a nuestros hijos. En ese sentido, he sido afortunada.
¿Y las nuevas generaciones?
Lo mismo que con el euskera, veo con cierta preocupación algunas actitudes y comportamientos de nuestros chicos, y de algunas chicas, de hoy en día. Creo que las redes sociales están haciendo muchísimo daño. Me parece que se está produciendo una involución que me preocupa.
¿Cómo ves el impacto de las redes sociales en los jóvenes?
Me preocupa enormemente. TikTok es muy dañina porque busca una satisfacción inmediata y está produciendo cambios en el cerebro. Está generando muy poca tolerancia a la frustración, poca capacidad de atención, poca concentración, poco esfuerzo… No sé a dónde nos va a conducir. Creo que tenemos que ir hacia una revolución en la que, a nivel social y educativo, seamos muy conscientes del daño que están haciendo las pantallas y el mal uso de las redes sociales. Aunque es muy complicado, hay que poner ciertos límites y ser conscientes de que no podemos dejar esto al libre albedrío de nuestros niños y niñas.
¿Qué estrategias serían posibles a nivel educativo y familiar?
Es muy difícil. En las familias es muy importante que los padres y madres nos formemos, que sepamos utilizar el móvil, las redes y las pantallas al mismo nivel que nuestros hijos y, sobre todo, mucha comunicación. No podemos permitir que nuestros hijos estén encerrados en sus habitaciones, pero para eso nosotros no podemos encerrarnos en las nuestras. En los centros educativos los móviles no se deberían permitir porque dispersan muchísimo la atención. Y en cuanto a la inteligencia artificial, deberíamos tratarla como instrumento de trabajo, no como sustituto de tareas que permiten reforzar nuestra capacidad cognitiva o de otro tipo. La IA tiene muchas cosas buenas, pero una persona joven se puede quedar con lo que le da la IA sin criterio. Puede sustituir ese esfuerzo cognitivo que tiene que hacer, y eso me preocupa mucho.
Hablábamos del uso de la IA y la preocupación por la uniformidad en los trabajos.
Lo que tenemos que fomentar es el uso adecuado de la tecnología, pero está cambiando a tanta velocidad que es difícil. Hoy en día todos los chavales y chavalas escriben igual, con las mismas palabras. Hacen análisis correctos, pero falta la originalidad. Antes el estudiante se equivocaba, pero era original equivocándose. La uniformidad del ChatGPT a nivel sustitutivo me genera gran preocupación.
¿Cómo lo controlas?
A corto plazo, en los trabajos fin de grado y máster tendremos que dar muchísima más importancia a la presentación y a la defensa oral. Vamos a volver a los griegos. Hasta que esto se regule, estaremos bastante desorientados, el profesorado también. En la tradición griega hay cierta venganza poética: si no eres capaz de defender tu trabajo, entonces no sabes nada. La IA está devolviéndonos a esa tradición.
En un momento dado llegas a ser rectora. Cuéntame esa historia.
Yo soy del tipo de personas que lo hacen por vocación de servicio, a su pesar. La primera vez que me impliqué en gestión me lo pidió Arantza Azpiroz, decana de Psicología. Me pidió que fuese vicedecana de innovación docente porque, además de la investigación, la docencia me apasiona. Siempre he tratado de innovar en docencia. Cuando llegó el proceso de Bolonia, Arantza me pidió que hiciese la adaptación de las titulaciones al Espacio Europeo de Educación Superior.
¿Por qué aceptaste?
Me parecía que había que hacer una reflexión sobre la forma en que estábamos impartiendo la docencia. Las clases magistrales desmotivaban al alumnado. Una buena clase magistral es necesaria pero no suficiente. Yo buscaba otras formas de enseñar. En la facultad contribuí a poner en marcha la coordinación docente, aunque había mucha gente que se resistía. Cuando terminé mi mandato de vicedecana, me fui a California a realizar una estancia de investigación porque estaba cansada y necesitaba oxigenarme.
Nunca has querido renunciar a tu parte académica.
No, nunca. Estando yo en California, Iñako me escribió una carta muy larga. Llevaba como año y medio de rector y me pidió que me incorporara a su equipo.
¿Cómo fue eso?
Él me conoció en una reunión donde fui muy crítica con el equipo rectoral porque, a mi juicio, no se estaba implicando lo suficiente en innovación docente. ¡La respuesta de Iñako fue invitarme a formar parte de su equipo! Yo desde California le dije que no, pero cuando volví me reuní con él y me convenció. Le dije que aceptaría si se apostaba por la innovación docente y así fue. Iñako es un hombre de palabra.
Estuviste trabajando con él dos años.
Sí, aprendí mucho de él. Cuando terminó el mandato se volvió a presentar y me pidió que siguiese con él. Yo no estaba muy motivada, pero por lealtad acepté. Perdimos las elecciones, lo que me dio libertad para dejar el equipo rectoral. El siguiente rector fue Iñaki Goirizelaia, pero yo no me incorporé a su equipo en su primer mandato. Como te he dicho, la docencia y la investigación siempre me han gustado mucho más que la gestión y tenía ganas de retomar esas tareas.
En su segundo mandato Iñaki me pidió que me uniera a su equipo.
Yo estaba realizando una estancia en la Universidad de Manchester con Ian Plewis, trabajando en modelos de análisis multinivel. Con esa vocación de servicio que tengo, acepté a condición de poder incorporarme más tarde para terminar mi estancia de investigación. Luego me incorporé como vicerrectora de Estudios de Posgrado y Relaciones Internacionales. A finales de ese mandato Iñaki me apoyó para que me presentase a rectora y decidí hacerlo.
¿Cuántas rectoras mujeres había habido antes que tú?
En la Universidad del País Vasco nunca había habido una rectora electa. Accedí al rectorado en el 2017. Cuando entré en la CRUE era la cuarta mujer rectora en las universidades públicas. Ahora hay diez u once. Estoy muy orgullosa de haber cedido el testigo a otra mujer, a Eva Ferreira. Eso no ha ocurrido en ninguna otra universidad pública del Estado.
Aceptas por cuatro u ocho años.
Mi intención era estar cuatro años, un mandato. Lo tenía muy claro porque ya había dejado demasiado tiempo mi carrera académica. Nunca he querido perpetuarme en ningún sitio.
¿Con qué retos te enfrentas como rectora?
Tenía muy claro que mi mandato no iba a ser el de las infraestructuras. Había heredado una universidad investigadora gracias a Iñako y el parque científico-tecnológico gracias a Iñaki, pero tenía muy claro que había que conseguir un hito: la Facultad de Medicina y Enfermería. Era una demanda desde el año 91 y lo tomé como nuestro objetivo principal a nivel de infraestructuras.
¿Por qué ese objetivo?
Me parecía muy importante para la formación, para la investigación y como servicio a la sociedad. El día más feliz de mi mandato fue cuando lo anuncié con Jon Darpón y Cristina Uriarte, a medio mandato. Aunque te parezca curioso, la primera memoria de la nueva Facultad la redactamos mi vicerrectora Marta Barandiarán y yo, invirtiendo mucho tiempo en vacaciones de Navidad, cogiendo modelos de otras universidades. Era urgente redactar un primer borrador de ese documento, y no dudamos un minuto en hacerlo.
Por otra parte, tenía claro que uno de los objetivos centrales de nuestro mandato debía ser la atracción de talento en los distintos ejes de nuestro programa: formación, investigación, internacionalización. El euskera también fue muy importante en mi mandato, al igual que el compromiso social, el feminismo y la sostenibilidad, porque somos una universidad pública y nos debemos a la sociedad vasca.
¿Qué titulaciones pusiste en marcha?
Pusimos titulaciones que respondiesen a las necesidades de la sociedad: Inteligencia Artificial en la Facultad de Informática, Ingeniería de Automoción en dual y Magisterio Infantil trilingüe en euskera, castellano e inglés. Pusimos en marcha diez dobles titulaciones porque veíamos que en las universidades de alrededor atraían al mejor alumnado. Una de ellas, Double Degree in Business and Economics, en Sarriko, la primera íntegramente en inglés en nuestra universidad. También pusimos en marcha diez titulaciones en dual. Creo que es muy importante acercar al alumnado al ámbito laboral, no para que se adapte sino para que lo transforme.
Eso es bastante especial de la UPV, ¿no?
Sí. Hemos sido pioneras con el Instituto de Máquina-Herramienta. Las titulaciones duales son muy buenas porque el alumnado las demanda y atraen a alumnado de muy buen expediente.
También hicimos una apuesta muy importante por las dobles titulaciones internacionales: diez con universidades extranjeras en máster y cinco en grado. Además, pusimos en marcha nueve másteres Erasmus-Mundus, colocándonos entre las tres universidades estatales con más cantidad de másteres de este tipo. Conseguimos el consorcio Enlight, de universidades europeas. Seis de ellas están entre las cuatrocientas mejores de Shanghái y tres entre las sesenta y seis mejores. Un consorcio muy importante. Y durante nuestro mandato, la Universidad del País Vasco pasó de estar entre las quinientas mejores universidades del mundo a estar entre las cuatrocientas mejores. Estoy orgullosa de nuestra comunidad universitaria.
¿De dónde surge esta apuesta por la internacionalización?
Teníamos muy claro que la internacionalización era buena para atraer talento y para mejorar las competencias de nuestros estudiantes, y el Gobierno Vasco también lo demandaba. En Euskadi existe esa doble vocación. El tronco aquí, pero las ramas hacia fuera.
Tu opinión sobre lo público-privado.
Si me circunscribo al ámbito educativo, lo que más me preocupa es que se permita poner en marcha universidades con ánimo de lucro. Hay que estar alerta porque el marketing que se hace desde las universidades privadas es mucho más potente que el de las públicas. Todavía hay personas que creen que las universidades privadas son mejores. Lo que hace buena a una universidad es el nivel del alumnado y el nivel del profesorado. Nuestras notas de corte son públicas, accesibles para toda la ciudadanía. Creo que atraemos a muy buen alumnado y tenemos buen profesorado.
Desde el punto de vista científico, la UPV ha mejorado mucho en los últimos veinte años. ¿Qué dinámicas hay?
Lo que Echenique llama la periuniversidad me parece que ha sido muy beneficioso. Tenemos algunos BERC (centros de investigación de excelencia) muy vinculados a nuestra universidad con dobles afiliaciones. Siempre que exista una colaboración real entre grupos de nuestra universidad y de un BERC, yo impulsaría las dobles afiliaciones. Además, Ikerbasque (programa de contratación de personal propio de Euskadi) también ha sido muy positivo. Aquí echo en falta más perfiles en Ciencias Sociales y Humanidades. Tengo una Ikerbasque en mi grupo y ahora quiero que se incorpore conmigo como co-IP del grupo consolidado, que participe en el relevo generacional. Y, por supuesto, el profesorado de nuestra universidad también tiene una tradición investigadora muy arraigada en algunas áreas y tratando de emerger en otras. Todo ello ha contribuido a la mejora científica de la Universidad del País Vasco.
¿Qué pasa después del rectorado?
Vuelvo a mi actividad docente e investigadora, pero no consigo quitarme el lastre de la gestión porque mi condición de exrectora me obliga a estar implicada en tareas de menor nivel, pero que me llevan mucho tiempo. Esa vocación de servicio que me caracteriza me lleva a colaborar en muchas tareas que me piden personas cercanas y que considero positivas para Euskadi. Por ello, mi actividad como profesora e investigadora se me hace dura. Imparto muchas horas de docencia, más que muchos jóvenes. Con la LOSU los jóvenes tienen dieciocho créditos y nosotros partimos de veinticuatro. Yo tengo cinco sexenios de investigación y uno de transferencia y ello me permite rebajar hasta dieciocho créditos, que sigue siendo mucho para una persona de mi perfil, implicada en tantas cosas. Estoy en distintos patronatos, soy presidenta de la Asociación Española de Metodología de las Ciencias del Comportamiento, estoy en el Comité Europeo de Metodología, en varios comités científicos, en distintos comités asesores, de evaluación… Y sigo dirigiendo mi grupo de investigación, que es un grupo de buen nivel dentro del sistema universitario vasco. No puedo con todo. Aunque los fines de semana invierto menos horas, sigo trabajando siete días a la semana. Se me hace cuesta arriba.
Hay un efecto de penalización a los más entregados: el sistema te explota inconscientemente.
Sí, te acabas quemando. Si yo me liberase parcialmente de docencia —me encanta dar clase, pero no tantos créditos con tantos alumnos—, podría compaginarlo con todo lo demás. Pero llega un momento que dices: está claro que no puedo liberarme de docencia, quiero seguir publicando y por ello tengo que ir dejando todo lo demás. Me he hecho una planificación para poder dejar todo lo que no sea docencia o investigación en dos años.
Tu plan es seguir siendo una humilde trabajadora: dar clase y hacer investigación.
Sí, me gustaría eso. Volver a mis orígenes.
¿Sigues sintiendo la pasión por la investigación y la docencia? ¿Te sigue haciendo ilusión?
Sí, me sigue haciendo mucha ilusión. Me enfado cuando no consigo sacar tiempo para escribir tranquilamente. Llevo con un artículo en el que tengo que hacer la introducción no sé cuántos meses. Tengo a una parte de mi equipo esperando y me da mucha rabia.
Cuando he sido rectora he visto con más claridad lo que se necesita en la sociedad, también a nivel de impacto de la investigación, y he dejado de dar tanta importancia a lo estrictamente metodológico. He visto que lo aplicado es tan importante como lo metodológico. En mi proyecto actual tenemos muchos subproyectos metodológicos —adaptación intercultural de tests, evaluación longitudinal intensiva, estrategia de optimización multifase, metaanálisis—, pero hay unas líneas súper aplicadas: bienestar socioemocional en todas las edades, prevención del suicidio y apoyo en posvención, envejecimiento activo, psicooncología. Estamos abordando temas combativos hasta más no poder.
Es brutal la labor frente al desamparo social.
Tenemos una sociedad demasiado empastillada. Mi hija mayor, que es residente de medicina de familia, me dice que muchos de los pacientes que acuden a atención primaria con problemas de ansiedad o de otro tipo podrían tratarse mejor si hubiese psicólogos en atención primaria, pero como no los hay, se les prescriben fármacos y esa no es la solución. El Gobierno Vasco se ha dado cuenta de que es necesario que haya psicólogos generales sanitarios en los centros de salud en primaria. Hay mucha gente que puede salir adelante teniendo una terapia, teniendo un apoyo que le permita adquirir recursos personales para afrontar problemas emocionales o de otro tipo. A esto le tenemos que dedicar recursos por el bien de la ciudadanía.
Esta parte de tu carrera es un círculo que se cierra: sales de lo puramente metodológico para centrarte en lo aplicado.
Sí, porque en mi área de conocimiento, aunque hay muchas cosas por hacer, yo siento que no necesito hacer mucho más. Sigo trabajando en cuestiones metodológicas porque tengo personas metodólogas en el equipo y porque soy metodóloga. Pero en los años de actividad laboral que me quedan quiero profundizar en líneas aplicadas y quiero que la gente joven de metodología tenga muy claro que tenemos que establecer puentes entre lo aplicado y lo metodológico.
Alguien como tú, que está todo el día trabajando, ¿cuánto tiempo tienes para hacer otra cosa y qué haces?
Tengo poco tiempo. Me gusta hacer deporte. Salgo a correr a las seis menos cuarto de la mañana. Antes corría todos los días; ahora dos o tres días a la semana. El resto salgo a andar. También voy una hora a la semana al gimnasio a hacer un poco de fuerza, y a veces salgo a pasear a la noche con mi marido.
Antes dedicaba más tiempo a la lectura. En mi trabajo leo mucho y llego cansada. En verano trato de retomar la lectura.
¿Qué lectura?
Muy relacionada con la psicología. Los renglones torcidos de Dios, el libro es bastante mejor que la película. La soledad de los números primos, escrito por un físico, Paolo Giordano, de lectura fácil y muy interesante. Aborda de forma original los traumas en la infancia. El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks.
¿Ficción?
Antes leía libros de Stephen King, pero la ficción nunca ha sido lo mío. Me ha gustado más el ensayo. Cosmopolitas domésticos, de Javier Echeverría, me impactó cuando era más joven. Javier me parece un visionario. He leído varios ensayos de él que me han gustado mucho.
¿Has tenido tiempo para el cine?
Sí, soy cinéfila. La última película que vi y me gustó mucho fue Un misterioso asesinato en las montañas, de humor francés. Con un componente psicológico de la picaresca, de la humanidad, de las contradicciones en las que todos caemos. Me divertí muchísimo.
¿No te planteas escribir algo? Un libro de ensayo, una memoria…
No me ha dado por eso hasta ahora, pero sí me gustaría. No lo descarto.
Representas una generación magnífica de cambio, de feminismo radical sin propaganda, de capacidad formativa como académica y rectora. Alguien que corre a las seis de la mañana, que ha tenido dos hijas, que se va a pasear con el marido y que de pequeña jugaba en los manzanos. Hay una síntesis bastante bonita que representa toda una trayectoria muy humana y conecta muy bien con Euskadi. Sería bonito escribirlo, ¿no?
Sería bonito, pero no sé si llegaré a hacerlo. Puedo decirte que no lo descarto.













