
El segundo tiempo está por empezar y todavía hay demasiadas butacas vacías. No es una imagen excepcional ni una anomalía logística: es el entretiempo en la Major League Soccer (MLS). Desde las gradas, los asistentes aprovechan la pausa y la estiran para buscar una cerveza, un hot dog, algo dulce, algo salado. El juego es parte del plan, pero no lo único. No necesariamente son aficionados al deporte, no son hinchas como los que estamos acostumbrados a ver en los partidos de fútbol; los supporters americanos compran una experiencia completa que incluye music, food, drink, fireworks. Show.
En el campo, el jugador con el número 10 en la espalda y la cinta de capitán en el brazo espera en el círculo central. Las manos en la cintura, la espalda levemente encorvada, la cabeza hacia abajo, la mirada clavada en la pelota. La mira obsesivamente, como lo viene haciendo desde que hizo rodar una entre sus pies en el patio de su casa de Rosario.
Lionel Andrés Messi Cuccitini espera el pitazo del réferi para seguir jugando.
Hay algo que no termina de cuadrar en la imagen, cierto desajuste. La escena dice más de lo que parece: todo alrededor indica que estamos en un espectáculo de soccer pero Messi no es un jugador de soccer. Es otra cosa. Lo suyo es el fulbo, pronunciado así, en rosarino.
Las palabras y las cosas
«Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras», dice el comienzo del capítulo 11 del Génesis. Pero los hombres desafiaron a Dios con la construcción de la torre de Babel y él decidió castigarlos: los hizo hablar idiomas distintos para impedir que se pusieran de acuerdo y así desistieran de su provocadora tarea. Los hombres entonces abandonaron la torre y se dispersaron por el mundo. Ese fue el origen de las diferentes lenguas.
La genealogía de las palabras resulta excitante: la etimología, su recorrido histórico, las deformaciones a partir del uso, las derivas culturales, las apropiaciones, las legitimaciones oficiales. La misma cosa (pero las cosas nunca son idénticas) puede nombrarse de maneras diferentes. O un mismo nombre puede significar cosas diferentes. Fútbol, por ejemplo.
Fútbol puede ser ese deporte que se juega con los pies y una pelota redonda de color blanco. En realidad, cualquier objeto más o menos esférico puede convertirse en pelota: es el deporte más popular del planeta y la mitad de la población mundial lo elige como su preferido. Más de tres mil quinientos millones de personas en todos los continentes lo quieren jugar o ver jugar.
No es así en Estados Unidos.
En la principal potencia, al fútbol se juega con casco, hombreras y una pelota ovalada de color marrón de veintiocho centímetros de largo que se toma con las manos. Es lo que practican los jóvenes universitarios de las películas pasatistas de Hollywood, donde las chicas aspiran a ser porristas y los chicos, mariscales de campo. Es la NFL (la N corresponde a National, la F a Football y la L a League). Es el Super Bowl, el evento deportivo que cada año paraliza al país y congrega a más de ciento veinte millones de estadounidenses frente al televisor.
A eso que en todas partes se le dice fútbol, en Estados Unidos se le dice soccer.
La palabra football tiene su propia historia: era, en origen, una descripción literal de los deportes que se practicaban a pie, en contraste con los que se jugaban montado a caballo. El español intentó traducirla como «balompié», pero el término nunca prendió fuera de algún escudo andaluz. Lo que sí prosperó fue la castellanización fonética del término inglés: football se volvió fútbol, tal como lo oían los cronistas y lo repetían los primeros aficionados. Una apropiación sonora, más que una traducción.
El término soccer, que suele atribuirse al pragmatismo norteamericano, nació en realidad en Inglaterra. Cuando la Football Association fijó sus primeras reglas en 1863, el deporte pasó a distinguirse del rugby football y se llamó association football. En la década de 1880, unos estudiantes de Oxford que tenían la costumbre de acortar nombres empezaron a llamar rugger al rugby y assoccer al association, que enseguida quedó reducido a soccer. El apodo cruzó el Atlántico y encontró en Estados Unidos un terreno fértil. Durante buena parte del siglo XIX, allí también el deporte se llamaba football: los primeros clubes y asociaciones del país usaron ese nombre en sus estatutos. Pero la convivencia con el otro juego —el del casco, las hombreras y la pelota ovalada— volvió necesario diferenciar uno del otro. Soccer ofrecía una solución práctica, y ese fue el nombre que se impuso en Estados Unidos, el país donde se va a disputar el mundial de la FIFA 2026 y el que eligió Messi en 2023 para jugar los últimos años de su carrera.
Pero Messi no eligió un país sino una ciudad. Miami.
Un desafío con clima tropical y diversidad hispana
El setenta por ciento de sus habitantes habla español, es la tercera mayor comunidad hispanoparlante del hemisferio occidental fuera de Iberoamérica. En la ciudad y en todo el área metropolitana conviven acentos de cada rincón de América Central y del Sur, un mosaico latino que le da a Miami una identidad propia. También hay turismo, mucho turismo. El aeropuerto mueve cincuenta y cinco millones de pasajeros por año y el puerto es la capital mundial de los cruceros. Hay sol, playa, casinos, yates, shoppings, convenciones, hoteles de lujo, arte urbano, vida nocturna, eventos deportivos. En Miami se corre la Fórmula 1 y es una de las nueve ciudades de Estados Unidos que tiene equipos compitiendo en todas las grandes ligas profesionales: Miami Heat en la NBA, Miami Dolphins en la NFL, Miami Marlins en la MLB, Florida Panthers en la NHL y, desde 2020, el Inter Miami en la MLS.
En esa ciudad dinámica, llena de energía comercial y humana, un empresario de origen cubano empezó a proyectar un plan. Jorge Mas, que junto a su hermano José llevaba décadas construyendo negocios en el sur de la Florida, se asoció con la exestrella inglesa David Beckham para crear un club de fútbol (sí, Jorge Mas no dice soccer, dice fútbol) que compitiera en la MLS. En esa alianza se fue delineando un borrador que llevaba un nombre desde el comienzo: Lionel Messi.
En septiembre de 2019, Mas y Beckham viajaron a Barcelona para reunirse con el padre del jugador. Querían contarle que estaban construyendo un equipo desde cero con una idea fija: que Lionel fuera el eje de la revolución del fútbol en Estados Unidos.
Hay que decir que Miami es una de las ciudades aspiracionales de los argentinos, como París, como Barcelona. En diferentes épocas y por distintas razones, desde luego.
París fue el espejo donde se quiso mirar la clase alta porteña, con pretensiones culturales refinadas y ansia de mundo, de finales del siglo XIX y hasta bien entrado el XX; la meca donde buscaban inspiración: en su bohemia, en la arquitectura de los edificios, en los salones de baile y en los cafés literarios.
Mucho más acá en el tiempo, desde la década de los noventa y los primeros dos mil, una intelectualidad urbana más ligada a la clase media encontró en Barcelona el destino perfecto, una ciudad pujante que empezaba a insertarse en el mundo global desde su identidad mediterránea y su pasado épico antifranquista, con los Juegos Olímpicos de 1992 como carta de presentación. Hasta el discurso oficial de la propia ciudad de Rosario (la de Messi, la que no es capital y que rivaliza con Buenos Aires desde los márgenes) procuró identificarse con la potencia europea de esa Barcelona.
Lo de Miami es más prosaico, más kitsch, consumismo frívolo de nuevo rico, ostentación de dólar barato en los setenta y los noventa. La fascinación por Miami que tienen muchos argentinos es vista por otros tantos como vulgar, superficial, mersa. Para las élites progresistas con sensibilidad de izquierda, es la madriguera de los gusanos opositores a la revolución cubana, es la antítesis de lo que representa Barcelona.
Claro que nada de eso le importa a Messi.
En julio de 2023, cuatro años después de esa reunión entre Jorge Mas, David Beckham y el padre de Messi, el mejor jugador del mundo anunció que se pondría la camiseta rosa del Club Internacional de Fútbol Miami (el Inter Miami). Decidió que era el mejor lugar para instalarse con su familia. Europa ya no le ofrecía demasiados desafíos. «Vine a seguir disfrutando», dijo cuando llegó. Sus detractores (insólitamente, todavía quedan algunos) dijeron que se iba a Miami de vacaciones, a jugar a media máquina rodeado de amigos, a preparar el retiro en una liga menor, a percibir una jubilación de privilegio, que ya no le daba para la alta competencia. Lo imaginaban con anteojos de sol, vestido de blanco y conduciendo un descapotable, a lo Don Johnson en Miami Vice.
Ya deberían saber a qué se refiere Messi cuando dice disfrutar: a entrenar todos los días, a competir, a intentar ganar, a mejorar a sus compañeros, a ser el más profesional, a conservar el espíritu amateur. Con esa receta —la misma de siempre—, en ochocientos sesenta y nueve días ganó tres títulos con el Inter Miami.
La revolución
El primer trofeo que ganó fue el primero que jugó: la Leagues Cup 2023. Es una competencia relámpago que se disputa desde 2019, pero recién a partir de esa edición empezó a considerarse como un certamen oficial. Fueron cuatro semanas (entre el 21 de julio y el 19 de agosto), tres países (Canadá, México y Estados Unidos), dos ligas (MX y MLS) y un campeón (Inter Miami). En siete partidos, Messi convirtió diez goles.
El segundo título que ganó fue en 2024, se llama MLS Supporters’ Shield y es un reconocimiento que se otorga desde 1996 al mejor equipo de la temporada regular de la MLS. El Inter Miami obtuvo setenta y cuatro puntos, la mayor cantidad en la historia del torneo.
El tercero, la MLS Cup 2025. El capitán argentino fue el goleador de la temporada con veintinueve goles y fue elegido como el mejor jugador de la final. Y también como el mejor jugador del torneo, al igual que había sucedido el año anterior, lo que lo convierte en el primer jugador desde que existe la liga en ganar el premio en dos temporadas consecutivas.
El éxito deportivo no sorprende, es lo que se esperaba de él. Aunque el almanaque siga corriendo y la biología sea inexorable para todos, Messi también es el mejor en la lectura de su cuerpo, en la administración del esfuerzo, por eso puede mantenerse en la competencia de alto rendimiento sin resignar calidad. Lo que sí sorprende es lo que generó en el ecosistema del deporte norteamericano. Las megaestrellas de otras disciplinas también quieren verlo de cerca: LeBron James, Pat Mahomes, James Harden, Serena Williams, Tom Brady, Mookie Betts, Clayton Kershaw, Luc Robitaille, Magic Johnson. Messi llegó a la MLS y el deporte profundizó el ritmo ascendente de crecimiento en el interés del público y ya superó al béisbol en cantidad de aficionados. Eso sí, le siguen diciendo soccer.
Otro dato revelador de su impacto se conoció en diciembre de 2025, cuando el popular diario canadiense Le Journal de Québec lo ubicó en el primer puesto en la lista de mejores deportistas del siglo XXI, por encima de Tom Brady, Michael Phelps, Serena Williams y Usain Bolt.
El plan de Jorge Mas y David Beckham para que Messi fuera el eje de una revolución desde el Inter Miami parece estar funcionando. El club fue concebido con él como emblema, pero, cuando se puso la camiseta, todavía no estaba preparado. Ni deportiva ni estructuralmente. Entrenamientos desbordados, instalaciones justas, un plantel que debió armarse sobre la marcha. Messi no llegó a potenciar un proyecto consolidado: obligó a construirlo. A su alrededor se ordenaron refuerzos, decisiones, prioridades. El club empezó a vivir en función de su ritmo. Y la liga, de a poco, también. En los partidos que juega él, son cada vez menos los segundos tiempos que arrancan con butacas vacías. Los asistentes se apuran a volver con sus hot dogs porque aprendieron que la magia puede llegar en cualquier momento.
En la MLS, Messi juega como siempre jugó: pide la pelota, acelera cuando hay que acelerar, frena cuando hace falta, encara cada jugada como si fuera decisiva. No traduce su juego para el público norteamericano. No lo adapta. Desde que llegó a Miami, Messi ha ido arrastrando a ese público hacia su propio campo de juego.
En definitiva, se dedica a jugar al fulbo, el idioma que lo volvió universal.






