
En las revistas digitales son muy conscientes de que una imagen puede pesar tanto como un titular a la hora de captar la atención del lector; de hecho, la combinación de ambas suele ser determinante para interesar a quien se encuentra al otro lado de la pantalla. La buena ilustración no decora el texto, sino que le transmite atmósfera y lo fija en la memoria del lector con una eficacia que la prosa, por afilada que sea, rara vez alcanza sola. Durante mucho tiempo, dar con esa imagen precisaba rastrearla en los bancos de fotografías o, llegado el desánimo, renunciar a ella. Lo que terminaba en la página era un armisticio entre lo imaginado y lo disponible, y en ese reparto pocas veces ganaba la imaginación.
Quien arma una publicación conoce el guion de memoria. El texto está cerrado, la idea es nítida y falta la imagen que la sostenga. La búsquedas por los catálogos habituales suele acabar en una de dos derrotas: la de no encontrar nada que encaje del todo o la de encontrar algo tan visto que provoca rechazo, al menos de quién dsifruta editando. Se acaba tomando un recurso intercambiable, una de esas fotografías que han ilustrado mil artículos antes que el nuestro, y con ese gesto la pieza pierde parte de su rostro. Lo paradójico es que precisamente lo visual define el carácter de un texto; una imagen propia y certera le otorga identidad, mientras que la genérica lo vuelve anónimo, indistinguible del ruido que nos atenaza desde hace ya algún tiempo.
En este punto, la tecnología ha irrumpido con nuevas herramientas que hace unos años nos parecerían mágicas. Un generador de imágenes con IA permite crear una imagen a partir de una descripción, sin horas de búsqueda ni grandes medios de producción. Se escribe lo que se tiene en la cabeza y se obtiene algo fiel a esa visión; de la idea nace, sin intermediarios, una imagen. Para quien elabora contenidos digitales es un avance conel que gana calidad de vida y autosatisfacción. Una escena imposible de fotografiar, una atmósfera muy concreta, una metáfora visual que ningún archivo del mundo guarda, todo eso pasa a estar al alcance de la mano. Ya no se trata de conformarse con lo que otro capturó antes, sino de que la propia imaginación encuentre una vía directa hacia la página.
La libertad que de ahí brota resulta especialmente valiosa, y sería deshonesto fingir lo contrario. Quien tiene una ocurrencia puede ensayarla al instante, comparar variantes, afinar el tono hasta dar con el registro exacto. Las redacciones pequeñas y los creadores independientes, que durante años trabajaron con medios modestos y plazos imposibles, ganan de pronto un margen del que carecían, y el lenguaje visual deja de ser patrimonio de unos pocos. Es justo cuando uno se entrega a ese entusiasmo cuando vale la pena detenerse a preguntar de dónde sale tanta facilidad.
Ninguna de estas máquinas inventa desde la nada. Lo que devuelven con rapidez —según la cuota que se pague— y docilidad es el destilado estadístico de cantidades ingentes de imágenes rastreadas por toda la red, buena parte de ellas obra de ilustradores, fotógrafos y pintores que jamás fueron consultados, ni acreditados, ni mucho menos remunerados. Cuando se pide a un modelo una escena «al estilo de», se le está pidiendo que exprima el trabajo de carne y hueso de autores muchas veces vivos, que asisten a cómo un programa imita su mano sin que medie permiso alguno. La herramienta que tanto alivia nuestra tarea se ha alimentado, en silencio, del esfuerzo de aquellos a quienes antes habríamos encargado la ilustración, y esa genealogía no se borra por el hecho de resultarnos cómoda de olvidar.
De ahí que el editor que dice respetar los derechos de autor no pueda despachar el asunto con un encogimiento de hombros y el «vámonos que nos vamos» del pragmático neoliberal. Declarar que una imagen ha nacido de un algoritmo es un gesto de transparencia imprescindible, aunque insuficiente por sí solo. Lo arduo llega después, al trazar la línea. No es lo mismo generar una atmósfera abstracta para acompañar un ensayo que reproducir adrede el estilo reconocible de un artista al que el mercado todavía podría pagar, ni es igual recurrir a la máquina cuando no existía alternativa que usarla para ahorrarse el encargo a un ilustrador que vive de él. La misma herramienta sirve para ensanchar el oficio o para vaciarlo, y la diferencia no la pone el programa, sino quien aprieta el botón.
Acción Cultural Española, que impulsa y difunde la cultura dentro y fuera de nuestras fronteras, lleva tiempo recordando el valor de la creación responsable y del respeto a la autoría, y esa brújula resulta más necesaria que nunca cuando lo fácil es justo lo contrario. Un editor con escrúpulos puede preguntarse con qué se ha entrenado el modelo que emplea, si existen herramientas alimentadas con obra licenciada o con catálogos propios, si la pieza que tiene entre manos merece de verdad el encargo a un autor antes que un atajo. Ninguna de esas preguntas tiene respuesta fácil, y todas son preferibles al silencio.
Nada de esto convierte la herramienta en un enemigo. La creación visual ya no depende del presupuesto ni del dominio técnico, y eso desplaza el peso hacia donde quizá siempre debió estar —hacia la idea y la mirada singular de cada autor—. La avalancha de imágenes no se detendrá y la competencia por la atención del lector será cada vez más feroz, de modo que renunciar por principio a un instrumento tan poderoso sería una forma de ingenuidad. El reto no consiste en rechazarlo, sino en impedir que su facilidad anestesie el juicio y tener presente, en las decisiones editoriales, hasta dónde podemos llegar.
Queda, eso sí, una incógnita que ninguna herramienta resolverá en nuestro lugar. Cuando cualquiera pueda mostrar exactamente lo que imagina, sin que nada de ello haya sucedido jamás y acaso a costa de quienes lo imaginaron primero, habrá que decidir qué le debemos a esas imágenes recién nacidas y, sobre todo, a quienes las hicieron posibles sin saberlo y como la sociedad les va a compensar. El instrumento que convierte una descripción en una imagen es ya una herramienta indispensable; ahora es el momento de decidir bajo qué reglas queremos utilizarlo. Si la inteligencia artificial va a formar parte del ecosistema creativo —y todo indica que así será—, la discusión ya no puede limitarse a celebrar sus posibilidades técnicas y debe, por tanto incorporar también la cuestión de la autoría, de la trazabilidad de los datos con los que aprende, de la compensación a quienes alimentan esos modelos y de la transparencia con la que presentamos sus resultados. Porque el verdadero desafío no consiste en preguntarnos si debemos usar estas herramientas, sino en construir un marco ético que permita aprovechar todo su potencial sin convertir la creatividad ajena en un recurso invisible y gratuito. Solo entonces podremos decir que el progreso tecnológico ha ido acompañado, también, de un progreso cultural.







