Cine y TV

Sobre matar a Disney: Las guerreras K-pop

Las guerreras K-pop. Imagen Sony Pictures Animation.
Las guerreras K-pop. Imagen: Sony Pictures Animation.

Quizá se trate de un ejercicio de arrogancia crítica intentar intelectualizar un fenómeno como Las guerreras K-pop, sobre todo si se tiene en cuenta la reacción tan pasional que ha despertado entre sus fans. Por traer aquí un caso real: cuando una niña de seis años reproduce una de las escenas de la película que ya ha visto más de cien veces, concluyendo con una perfecta imitación del momento en que las Huntrix pronuncian un desdeñoso «buah, ¡hombres!», ¿qué sentido tiene llenarse de argumentos ante tan elocuente y maravillosa reacción? ¿Importa, acaso, lo que el intelecto intente imponer, ejerciendo una especie de mansplaining cerebral sobre un entusiasmo desmedido de corte puramente emocional?

Pero, aunque se podría escribir de este prodigio cinematográfico desde el entusiasmo, existen sobrados argumentos racionales a favor del film dirigido por Maggie Kang y Chris Appelhans. Argumentos que, sin necesidad de recurrir a las estadísticas o datos cuantificables —se trata de la película más vista en la historia de Netflix, con más de trescientos veinticinco millones de reproducciones—, son capaces de convencer incluso al lector o espectador más prejuicioso. La animación es magnífica y poderosa, llena de ideas visuales; el humor salpimenta hábilmente toda la narración; la forma de integrar la mitología coreana con la cultura popular es enormemente sugerente; la cinta funciona a la perfección en su dimensión musical… Pero, además de todo esto, se trata de una película valiosa por cómo utiliza todo esto para construir un discurso feminista que rompe arquetipos y se rebela contra las tendencias más individualistas del mundo actual.

En cada generación…

En los momentos iniciales del film, una voz en off introduce al espectador en la mitología que sustenta Las guerreras K-pop: «Os conocerán como estrellas del pop, pero seréis mucho más que eso: seréis cazadoras. Los demonios asolan nuestro mundo, roban almas y canalizan su fuerza hacia su rey Gwi-Ma. Y hay heroínas que nos defienden con voces que hacen frente a la oscuridad». Esta puerta de entrada a la historia permite, como sucede en los cuentos, conocer de antemano las reglas, la intrahistoria que rige el mundo que está a punto de revelarse. No hace falta mucho más para notar el cambio sustancial que se produce entre los referentes habituales del cine infantil —sobre todo, del protagonizado por personajes femeninos— y los que propone la cinta: demonios acechantes, almas robadas, mujeres cazadoras… En realidad, los cuentos siempre han estado poblados por criaturas mágicas y fuerzas del mal, elementos con los que explicar el mundo, con los que transmitir conocimientos éticos, morales y sociales a los más pequeños. Algo así como un entrenamiento mental de lo que es vivir. Lo sorprendente de un fenómeno como el que han desatado las Huntrix es que ha sido capaz de desplazar a otros referentes infantiles arraigados y perfectamente integrados en lo tradicional. Sin previo aviso, un anime protagonizado por jóvenes guerreras coreanas desbanca a las princesas suspirantes, a los animalitos indefensos y a los niños con un profundo sentimiento de soledad y melancolía. Del mismo modo que la literatura, el cine ha educado a cada generación con modelos de conducta que consolidaban estereotipos de género y un puñado de comportamientos sexistas. Con Disney a la cabeza, se normalizaron las damiselas en apuros para, décadas después, transformarlas en valientes heroínas que necesitaban reafirmarse como mujeres empoderadas ante un futuro que parecía albergar un «amplio» abanico de posibilidades. La vida, tal y como nos la vendieron, ha tenido su mejor campaña de márketing en Disney Corporation. Pero cuando la magia se emplea para fabricar sueños imposibles se obtiene como resultado lo que Betty Friedan denominó «el mal que no tiene nombre»: un profundo sentimiento de vacío y falta de realización personal que sufren las mujeres que no encuentran satisfacción en los roles que, tradicionalmente, les han sido asignados.

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2 comentarios

  1. ¡Y pensar que el héroe de mi hijo cuando era mocoso –y también el mío- fue… He Man… yo tengo el poder!, anunciaba una voz atronadora con tantos destellos. ¡Adónde iremos a parar!. ¿Será esto el salto antropológico que se nos prometía décadas atrás? Vaya uno a saber. “…cambia el pelaje la fiera, cambia de cabello el anciano, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo, cambia, todo cambia…” Deben de tener razón esos que dicen que las cosas no envejecen debido al Tiempo, solo cambiamos. A Disney habría que olvidarlo por dos motivos: uno, por cómo representaba a los africanos en sus primerísimos films; y por esos principitos que andaban besuqueando a niñas dormidas, una burda representación de la “teoría” de la costilla de Adán.

  2. Ojalá fuera así. Me parece contradictorio afirmar que la película supera los patrones culturales que critica, cuando sigue reproduciendo muchos de ellos. Y no, no basta con incorporar algunos supuestos elementos feministas para romper y ser transformadora.

    En la práctica, unas guerreras sobrenaturalmente poderosas quedan reducidas a adolescentes embobadas con los ojos desencajados cuando aparecen chicos atractivos que exhiben sus abdominales.

    Se celebra el paso de la “princesa pasiva” a la “mujer fuerte”, pero se mantienen intactos aspectos del mismo imaginario: la obsesión por la apariencia física, la idealización de cuerpos extremadamente atractivos y la centralidad de la deseabilidad sexual.

    Seguimos con el mismo problema: la obsesión de la industria con la hipersexualización de cuerpos y productos dirigidos a público INFANTIL, insisto, niños y niñas pequeñas. La insistencia en cuerpos perfectos y en escenas construidas en torno al atractivo físico introduce códigos sexuales y estéticos en edades muy tempranas y convierte la película en una caricatura deprimente, en mi opinión.

    Cuando las protagonistas pasan de combatir demonios a quedar paralizadas emocionalmente ante la exhibición de los cuerpos masculinos, no veo la superación del modelo Disney por ningún lado, quizá solo una actualización del mismo esquema: protagonistas más activas, pero igualmente atrapadas en un marco cultural donde la identidad sigue siendo rehén de la apariencia y la sexualización. ¿Esto es empoderamiento?

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